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viernes, 2 de julio de 2010

'Dinamita' Villa

Por Cristian Naranjo

El 'Guaje' Villa siempre tuvo la ambición como sexto sentido, la avaricia como tercer apellido y el amor propio como camino. Era de esperar que no se arrugara en el Mundial. No lo haría ni compitiendo frente a todo el Sistema Solar. Si alguna vez te ves en problemas, busca la uve en tus contactos. Allí estará Villa, dispuesto a mancharse las manos.

PLF Vintage...
Junio de 2008. Suecia-España. Eurocopa, Primera fase:
http://piensoluegofutbol.blogspot.com/2008/06/david-ambicin-villa.html

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jueves, 3 de junio de 2010

De cómo la Roja ya no sonroja

Por Albert Valor

Cuentan las malas lenguas -y la historia, y la realidad- que la selección española siempre fue un equipo perdedor. Decepcionante. Afligido. Se recuerda un cuarto puesto en el Mundial de Brasil, en el lejano 1950, y una Eurocopa ganada en pleno apogeo del Franquismo a la Unión Soviética, allá por los sesenta. Ambos logros aparecen en los anales de la historia de la RFEF, pero a duras penas la televisión en blanco y negro puede dar fe de ello.

Desde entonces, el fútbol español vivió en un difuso barbecho. Los fracasos se acumulaban, y cómo muestra fehaciente tenemos el célebre error de Cardeñosa en el '78 o el gol fallado por Julio Salinas cuando España ya se asomaba a las semifinales en USA '94. Se apeló durante aquellas generaciones a la famosa furia. Y aunque es lógico que cuando un futbolista se enfunda la camiseta de su nación afloren la pasión y el ímpetu, la realidad es que la testosterona pareció ser más propia de combinados como el teutón o el albiceleste.

Pero llegó un buen día llegó un hombre, un sabio dicen algunos, que decidió cambiar -para siempre y en todos los aspectos, para bien y para mal- el porvenir de la selección. Respondía al nombre de Luis. Luis Aragonés. Decidió, en primer lugar, cambiar el patrón de juego. Si teníamos a los mejores jugadores en el medio campo, había que poseer el balón. Y no sólo poseerlo. También dominarlo. E incluso admirarlo. Mimarlo. Tratarlo bien. El cuero, actor principal de esta superproducción que es el fútbol, debía ser nuestra arma. También ocupando las bandas. No era capital jugar con extremos. Simplemente ocuparlas con gente válida. Así, con una idea clara de juego, se podía ganar o perder. Pero se creía en algo. Y el lema tenía, por fin, una razón de ser. Cabe decir que el primer intento, en el Mundial de Alemania en 2006, resultó fallido. Pero, claro está, los proyectos necesitan tiempo.

Otro punto delicado fue prescindir de los servicios de un mito. De una leyenda como Raúl González Blanco. Aunque nunca alzó ningún trofeo con la casaca roja, se convirtió en el máximo goleador de todos los tiempos y en un significativo capitán. Una buena temporada en el Real Madrid a pesar de superar ya la treintena, hizo que la prensa capitalina se echara encima del seleccionador por tal acción. Pero si de algo no se podía tachar a Aragonés era de cobarde. Él decidió que jugadores como Villa o Torres eran ya mejores futbolistas y en consecuencia actuó. Y para tener en el banquillo a Raúl, prefirió segundos espadas como Dani Güiza o Sergio García. Gente que sabría que jugaría poco. Pero gente que con el hecho de ocupar el banquillo durante un campeonato internacional ya se sentiría como un palomo buchón.

Luego están Xavi e Iniesta. También Silva, Cesc o Xabi Alonso. Pero el quid de la cuestión está en ellos dos. Por aquel entonces, en 2008, el Barça venía de dos temporadas malas. Muy malas. Xavi había sido una sombra de sí mismo, e Iniesta parecía estancado en su juego a pesar de sus retales de magia. La línea discontinua que había trazado el equipo culé durante aquellos dos cursos parecía haberles afectado demasiado. Además, se les acusaba de no defender. Pero una vez más, Aragonés mostró su personalidad. Creyó en ellos y les animó a dar un paso al frente durante la Eurocopa de naciones. A dominar el centro del campo haciendo lo que mejor sabían hacer, que era mover el esférico. Pero también a defender con y sin la pelota y a tener más verticalidad y protagonismo directo en el juego de ataque. Así se erigieron en líderes durante aquel torneo y del glorioso Barça que Guardiola forjó a continuación.

Se dice que la selección de hoy le debe mucho al Barça. Y es cierto, le debe muchos jugadores y gran parte de su excelso nivel. Pero también el Barça le debe algo al combinado nacional. Ahí fue dónde Xavi e Iniesta se creyeron que podían ser dos centrocampistas de referencia mundial. Apostando por la asociación permanente. Y hasta las últimas consecuencias. Todo ha sido hasta ahora una perfecta simbiosis que los aficionados del Barcelona y de la selección han gozado de lo lindo.

Durante la Euro conquistada en Viena, tuvimos a gente enganchada al equipo desde el minuto uno. También a los oportunistas que se engancharon progresivamente, a la vez que España enamoraba con el balón como argumento. Están los que obviaron, obvian y obviarán a la Roja hasta el fin de los días. Y no debe ser algo criticable. Es algo lícito, de hecho. No se pueden borrar de un plumazo los referentes históricos y sociales. Cada ser humano puede tener su punto de vista. Y razonado con argumentos sólidos siempre será respetable. Pero esta selección ya no tiene tintes sociales ni políticos. Es, simplemente, puro fútbol.

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lunes, 29 de junio de 2009

Gloriosa efeméride

Por Albert Valor

Ayer Brasil se proclamó campeona de la copa Confederaciones con Kaká y Luis Fabiano como puntas de lanza. Mientras, la Selección nos ofreció ayer un partido agridulce: agrio porque no es lo mismo jugar una final de verdad que una de consolación y porque un equipo como Sudáfrica, creemos, no debería poner contra las cuerdas a los suplentes de la campeona de Europa; y dulce porque pese a la baja de Iniesta, reapareció otro sweety, David Silva, y Güiza demostró que cuando un jugador con calidad se enfunda una camiseta por la que daría la vida el resultado puede ser… encuentren ustedes mismos la palabra. El caso es que, con el jerezano y con Fernando Llorente, la dupla Torres-Villa tiene recambios de garantías.

Otra cosa sería hablar del planteamiento de Del Bosque, que ha permutado un mediocampo de jugones por un juego de bandas asimétrico que no ha dado el resultado esperado. De nada servirá criticar al seleccionador porque, guste o no, dirigirá a la Roja en la Copa del Mundo. Además, hay que tener claro que los indiscutibles en las bandas siguen siendo Silva e Iniesta, dos hobbits excelsos que no han llegado esta vez en condiciones de ayudarnos a encontrar el anillo. Sólo hay que esperar recuperarlos para cita mundialista sabiendo que Cazorla y Cesc Fábregas han sido unos dignos recambios. Pero a veces el balón no quiere entrar.

Hoy hace un año que España se elevó a los altares del fútbol del europeo, del fútbol mundial, del fútbol total. Desde hace ya meses tenía pensado publicar este artículo -que no es más que la reproducción total de la crónica que publiqué en Tiempo de Fútbol, un excelente blog con geniales colaboradores, ya extinguido por la voracidad de la actualidad- sin saber que sería lo que depararía hoy el presente, sin pensar que para dar paso a esa crónica escrita hace ya un año me daría para escribir casi otro artículo delante, sin pensar por un momento que en el calendario del fútbol los días y los meses envejecen casi tan rápido como los gatos. Valga como ejemplo la final de la Champions en Roma. Se disputó hace hoy un mes y dos días. A mi me ha parecido mucho más. Con todos los movimientos del mercado, las renovaciones de jugadores, la rumorología de fichajes y, por supuesto, esta Copa confederaciones, el triplete del Barça ya ha quedado muy atrás. Algo que por otra parte puede ser incluso bueno para los intereses azulgrana, pero de esto ya se hablará en otra ocasión.

El presente es el que es. Está claro que no se puede vivir del pasado, pero sí hay que respetarlo y si se puede, disfrutarlo. Se lo dice un servidor que lleva cuatro días sin poder parar de ver los conciertos de Michael Jackson –con su increíble moonwalk- y escuchar sus canciones, con esa inevitable sensación de que se ha ido un grande y de que su voz y sus bailes ya son eternos. Ya se que este blog pretende ser ‘delicatessen’ futbolística, pero permitan por favor estas pequeñas líneas para el Rey del Pop. Los medios de comunicación hablarán estos días de su autopsia, de su vida privada y de sus miserias, sin darse cuenta por un momento que la palabra música y, sobretodo, la palabra ritmo no se definen mejor que con este nombre y este apellido: Michael Jackson. Él es la música; él fue, es y será el ritmo. El tiempo lo pondrá en su sitio. En el olimpo, o sea. Descanse en paz.

Y ahora, vayamos al fútbol. Espero que esto les sirva para revivir aquel 29 de junio de 2008. Gloriosa efeméride.

¡Va por ustedes! (ese fue el títul0 que le puse al artículo)

Alemania - España, 0-1

Alemania (4-2-3-1): Lehmann; Friedrich, Merstesacker, Metzelder, Lahm (46' Jansen): Hitzlperger (58' Kuranyi), Frings; Schweinsteiger, Ballack, Podolski, Klose (79' Gómez). Seleccionador: Joachim Löw.

España (4-1-4-1): Casillas; Ramos, Puyol, Marchena, Capdevila; Senna; Iniesta, Xavi (63' Xabi Alonso), Cesc, Silva (66' Cazorla), Torres (78' Güiza). Seleccionador: Luís Aragonés.

Árbitro: Roberto Rosetti (ITA), amonestó a Ballack, Casillas, Torres y Kuranyi.

Goles: Torres (33').

Lo vieron nuestros abuelos. Nuestros padres, nuestros tíos y nuestros suegros eran niños o quizá ni habían nacido y los padres de Cesc ni siquiera habían pasado la varicela. Las imágenes del 64 eran tan añejas que hasta hace poco no sabíamos si había centrado Amancio o Pereda. La vieron pasar Sarabia, Maceda o Gordillo. A Arconada se le escapó. Igual que a Amor, Caminero, Hierro o Raúl. Pero ahora ya no importa. 44 años y 44.000.000 de lágrimas después la Eurocopa volvió. Como la echábamos de menos. Hasta ella nos echaba de menos. Tanto que remodeló su aspecto para la ocasión, como si supiera de antemano que sería Casillas quien la alzaría en el palco del Präter. Un palco, como no, lleno de VIPs en el que cada uno desenvolvió a la perfección su papel. Al Rey y a la Reina sólo les faltaba botar, Zapatero mostraba su sonrisa de joker, Sergio Ramos recordaba a Puerta –y, desde la eternidad, él asentía guiñando el ojo- y hasta Platini –verdugo de Arconada- dio la talla, sobretodo cuando vio que Palop llevaba la camiseta con la que el infravalorado meta fue ajusticiado por el azar en la final del 84. Incluso Angela Merkel, haciendo gala de la hospitalidad y deportividad teutona, enseñó al mundo lo que significa saber perder. Fernando Alonso, por su parte, celebraba su otro Gran Premio de Europa, y Ramón Calderón era un hincha más. De Laporta es mejor no hablar. Torres sonreía como lo que es, El Niño feliz, el del gol, mientras Luis, su padre deportivo, sacó el señor que lleva dentro mientras pensaba: “Disfruten ustedes”. Por cierto, que Senna tiene aún una tarea pendiente: demostrarnos que nació en Río de Janeiro y no en Burgos.

Todo esto era para celebrar que el gol a Yashin ya tiene relevo. Zoco, Rivilla, Iríbar, Suárez, Pereda y compañía han encontrado sucesores. No hay que desmerecer a aquellos gladiadores, sólo hay que lamentar que el régimen los utilizara para autoproclamar sus excelencias, más aún cuando los rivales eran los soviéticos. La generación del gol de Torres tiene otros tintes. Esta es la selección de todos. Ayer todas las ciudades y pueblos de España se echaron a la calle: Madrid, Sevilla, Málaga, Granada, Salamanca, Cáceres, Lugo, La Coruña, Valencia, Logroño, Palma de Mallorca… Todas. Y por supuesto, Bilbao, San Sebastián, Gerona, Tarragona o Barcelona no quisieron omitirse de una fiesta de tal calibre. Este equipo no entiende de ideologías políticas, lo único que ha desprendido ha sido fútbol. Fútbol del bueno. El mejor de Europa, para ser más exactos.

Lo cierto es que la mejor Eurocopa en muchos años ha coronado a España. Y la final estuvo a la altura de lo que ha marcado el torneo. Empezó mordiendo Alemania, que en los primeros minutos parecía que iba a sujetarse en la historia para meter el miedo en el cuerpo a los nuestros. Pero tras los 10 primeros minutos, España se soltó. Empezó el tiqui-taca, el meneo, y cada minuto que pasaba, los germanos eran más perdiz mareada. El primer aviso fue de Iniesta, que calcó la jugada del gol inicial a Rusia, aunque esta vez el rematador fue Metzelder, pero Lehmann reaccionó a tiempo. Acto seguido, centro de Ramos y cabezazo de Torres a la cepa del poste. Poco a poco, se empezaba escribir el principio del final para la Mannschaft. El final a la historia de siempre. Porque no siempre deben ganar ellos. Y entonces, llegó el momento. Corría el 33’. Xavi recibe entre líneas, gira sobre sí mismo y envía un balón al hueco para Torres. Tras un toque en el pie de The Kid, parece que el balón se acabará perdiendo ante la presión de Lahm. Pero sólo era una desilusión óptica. El toque da lugar a un autopase, y Torres, como correcaminos ante el coyote, pasa por detrás del menudo lateral, lo avanza y ¡zas! toque sutil por encima de Lehmann. Antes de que el balón entrara, media España ya cantaba gol. Cuando entró, Torres merodeó la portería y se fue a la banda. Poco a poco fueron llegando Xavi, Ramos, Puyol, Silva… Todos. Villa saltó del banquillo. En el palco, sus Majestades apretaron los puños. Zapatero botó como si hubiera vuelto a ganar las elecciones. Y España entera gritó ¡gol!

A partir de aquí, podríamos decir que el partido siguió con su curso, que España siguió manteniendo su apuesta por el fútbol de quilates, que Alemania quemó todas sus naves en el segundo tiempo dando entrada a Jansen, Kuranyi y Gómez, ese alemán tan español. Podríamos decir que Senna siguió dando lecciones de manual, que Iniesta, Xavi y Cesc son los mejores timones que un equipo pudiera tener, que Cazorla y Güiza refrescaron mucho al equipo, que Ramos, Iniesta o Senna tuvieron el 0-2 y que Alemania nos mantuvo con un nudo en la garganta y otro en el corazón hasta que Rossetti pitó el final. Pero lo cierto es que el partido acabó ahí, en el gol de Torres. La historia ya se había escrito. Después del gol de Marcelino, estará el de El Niño.

Alemania, con Ballack a la cabeza –desgracia la suya, 0 de 4-, se mantuvo con la cabeza alta hasta que Casillas alzó la Henry Delaunay. Saber perder también es importante. Pero saber lo que es ganar es muy bonito. La Roja se acordó de muchos, pero especialmente de Arconada, a quien este mismo torneo le menospreció, y de Antonio Puerta, a quien el destino jugó una mala pasada. Tras muchas pesadillas, llegaron los dulces sueños. La maldición ya ha terminado. Ya nos podemos despertar sin miedo. Esto es real. ¡Podíamos! Pero ahora hay que ir a por el siguiente objetivo: Canarinhos, albicelestes; nos vemos en Sudáfrica.

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Michael Jackson: el Ritmo. Rest In Peace.

jueves, 3 de julio de 2008

Bienvenido, Míster Fútbol

Por Albert Valor

El fútbol ha vuelto. El del bueno, para ser más exactos. Lo dábamos por muerto tras años de sopor con pequeños oasis en el desierto. Entre Capello, Mourinho y Benítez nos habían empezado a hacer creer que ahora lo que se llevaba era el choque, los achiques, el sacar provecho de los fallos ajenos. Unos ganaban Ligas, otros Copas de Europa; incluso combinaban ambas. Si a eso unimos que en los grandes torneos de selecciones de los últimos años, Grecia en 2004 e Italia en 2006 habían salido victoriosas con sus rácanas propuestas, las previsiones para esta Eurocopa no eran muy halagüeñas. Incluso Brasil ganó la final del Mundial 2002 ante Alemania el día en que Brasil jugó como Alemania y Alemania jugó como Brasil.

Todos estos precedentes empezaron a crear un estilo a nivel internacional, y en el fútbol europeo de hoy en día proliferan los sistemas con 5 centrocampistas y un solo delantero y son más bien escasos los equipos que se salen de este guión. En este último lustro, me pasan por la cabeza únicamente tres propuestas de fútbol atractivo a gran nivel: el Barça de Rijkaard que maravilló a Europa, el Olympique de Lyon que se quedaba cada año a las puertas de llegar a los partidos importantes y la Roma de Spalletti, que casi por accidente dio con un sucedáneo de fútbol total, un 4-6-0 en que todos sus centrocampistas podían convertirse en delanteros; la apuesta más bonita del Calcio. También podríamos destacar estilos como el del Getafe o el del Nancy, pero están en otro escalón.

Y entonces llegó la Euro ’08. Tras dos días de competición –en los que también podríamos incluir el Francia-Rumanía de la tercera jornada- en los que sólo destacaron los 25 minutos finales de Portugal ante Turquía, nos temíamos lo peor. Equipos como Suiza, Austria o Polonia ponían atrevimiento sobre la cancha, pero los puntos eran para otros. Pero entonces, cuando menos lo esperábamos, el fútbol resucitó. Primero fue Holanda, que le recordó a Italia que si quería volver a subir a lo más alto, no sería precisamente con catenaccio, y luego España, con esa mezcla entre tiqui-taca y contras perfectas. A partir de ahí, el espectáculo ya no se olvidó de nosotros. El primer beneficiado fue el espectador. El segundo, esta España mía, esta España nuestra. Decían que nos faltaba músculo, altura, mala leche. Pero el torneo que vio renacer al fútbol se olvidó de todos esos conceptos, tan arcaicos ellos. No podía haber otro campeón. Nadie apostó por los conceptos más básicos y románticos del balompié que nuestra selección. La campeona en 2004 vio que su propuesta ya había caducado, y los suplentes de España se encargaron de recordarles a los helenos que ese tipo de fútbol no les serviría para sumar ni un punto. Luego le tocó comprobarlo a Italia, que casi se sale con la suya. Pero la lotería tuvo esta vez conciencia y se acordó de los que más lo merecían. A partir de ahí, desatados por la superación de complejos que ya parecían históricos, los chicos de Luis entendieron que el título les pertenecía. Y el título entendió también que pertenecía a esos locos bajitos.

Ahora haremos un paréntesis y hablaremos de los otros equipos que también dieron rienda suelta a la fantasía hasta las semifinales. Porque está bien claro, a partir de la penúltima ronda el único equipo que existió fue la Roja –con permiso del Alemania-Turquía, más que nada porque Xavi y Cía no estaban sobre el césped-.

Tras España; Rusia, Holanda, Croacia, y Portugal, Turquía y Alemania en algunas fases, han sido los otros equipos que han entendido que el enfermo debía recuperarse. Los de Hiddink han sido, sin duda, la sorpresa del torneo. Tuvieron la desgracia de enfrentarse dos veces a España –donde sumaron sus dos únicas derrotas- pero en el resto de sus partidos, con el balón en su poder se comieron a sus rivales. Tras dejar destellos en la primera fase, la exhibición llegó en cuartos ante Holanda. Se habla mucho de la prórroga en la que Arshavin destrozó a la Oranje con dos cuchillazos sobre mantequilla neerlandesa, pero lo cierto es que el tiempo reglamentario ya fue todo un recital. Al final, la inexperiencia les costó el empate cuando se cumplía el tiempo, pero el partido podría haber acabado tranquilamente 1-3 sin prórroga. Junto al pequeño Joker, Pavlyuchenko, Zhirkov, Zyrianov, Torbinski o Saenko, se encargaron de poner al balompié del este de nuevo en el mapa.

Holanda quedó eliminada ese día, pero lo cierto es que durante la primera fase dio realmente miedo. Además de jugar de manera vistosa, con una gran contención y unos contragolpes de manual en el que salía a relucir la calidad de hombres como Sneijder, Robben, Van Persie o Van der Vaart, el gran aval de los de Van Basten fue la manera que tuvieron de machacar a Italia y Francia, campeona y subcampeona del mundo respectivamente. Quizá fue aquí cuando se vio que algo empezaba a cambiar para el fútbol amarrategui.

Hablemos ahora de Croacia. Los balcánicos eran junto a Rusia, uno de los combinados que apuntaba a tapado en el torneo. Y lo cierto es que en la primera fase empezaron intimidar. Primero ganaron a Austria con algo de suerte, pero en la segunda jornada, ante Alemania, sacaron el rodillo. Guiados por un genial Luka Modric, que dominaba el centro del campo a su antojo, y escoltado por hombres como Rakitic, Pranjic –izquierda-, Srna o Corluka –derecha- en las bandas, los de Bilic borraron a la Mannschaft del campo. Sin duda, su mejor partido en esta Euro. Incluso ya clasificados, con un once plagado de suplentes, tuvimos tiempo de ver a jugadores como Vukojevic o Klasnic. A cuartos con 3 de 3. Pero llegó Turquía y les demostró que creer es poder.

Turquía. Menudo equipo. Puso la magia al campeonato y fue capaz de lo mejor y de lo peor: remontadas, coraje y golazos combinados con errores imperdonables y detalles feos. En el primer partido, no ofrecieron nada, y Portugal acabó pasándoles por encima. En el segundo, estaban eliminados al descanso. Y ahí empezaron a forjar la leyenda. Tras la reanudación, sin ser superiores a los suizos, acabaron ganando por casta con goles de Senturk y Arda Turan, postrero este último. En el tercero se lo jugaban todo ante Chequia. Si ganaban, a cuartos. Si perdían, a casa. Y si empataban, penaltis por primera vez en una liguilla. Tras ir perdiendo 0-2 a un cuarto de hora para el final, acabaron volteando el marcador en un partido que ya está en la Historia Contemporánea del Fútbol. Pero aquí no acabaron los milagros. En cuartos, contra Croacia, se llegó al 28’ de la prórroga con empate a 0. La selección ajedrezada marcó entonces. Cuando los croatas ya se veía en ‘semis’, llegó el empate turco. En ese momento, los de Terim debían creerse ya invencibles, y los penaltis premiaron su fe. Pero en la siguiente ronda ante Alemania, con una alineación plagada de suplentes por las numerosas bajas, tras conseguir el empate a 4’ del final, Lahm acabó con el sueño. Lo sigo pensando, si Turquía se hubiera plantado en la final, todo podría haber pasado. Habiendo llegado a la orilla tras nadar tantas veces a contracorriente, su autoestima hubiese estado por las nubes.

Llega el turno de citar a Portugal. Los lusos llegaron como favoritos al triunfo final, más aún después de ser los primeros en clasificarse para cuartos. Ganaron con suficiencia los dos primeros partidos, en los que vimos a un Deco sublime y a un Pepe que sigue su carrera hacia la cima, mientras Cristiano mostró la misma línea que durante la temporada de clubes. Pero en cuartos se derrumbó el castillo de ilusiones. Alemania se les plantó enfrente. Con su fútbol de siempre, basado en un par de puñetazos sobre la mesa y en aprovechar otros tantos errores del rival, selló la eliminación portuguesa. La verdad es que la falta de un ‘9’ y de un arquero de garantías, así como el afán de protagonismo de Cristiano en los momentos clave, acabaron de hundir el barco. En la hora de la verdad, Deco se quedó solo ante en peligro.

Si hablamos de Alemania poco más hay que añadir, porque hablando de sus víctimas hacia la final –Portugal y Turquía- ya hemos cantado sus excelencias. En la primera fase aburrieron bastante, y ganaron a Polonia y Austria basándose en su oficio y en la falta de éste en su oponente. Su mejor partido fue en cuartos, donde llegaron como víctimas, un papel en el que son trucha en el río. Jugando su mejor media hora del torneo, se pusieron 0-2 e hirieron de muerte a los de Scolari. En ‘semis’, fueron inferiores a Turquía pero, otra vez materializando las llegadas y rapiñando cual buitre los errores del rival, se plantaron en la final.

Otros equipos como Suiza o Austria, quizá empujados por el imperativo de ser los anfitriones, mostraron un fútbol atrevido y siempre fueron a por sus partidos, pero la falta de pegada les condenó.

Y ahora hablemos de lo que pasó a partir de las semifinales. Alemanes y turcos tuvieron la suerte de no enfrentarse a España, lo que les dio la oportunidad de jugarse un puesto en la final. Como ya sabemos, la balanza fue teutona. Y en la otra semifinal, a los rusos les llegó su propia ruleta. Tras sorprender a todo un continente, se encontraron con un revólver en la mano. El primer tiro no trajo consecuencias y la pistola pasó a la sien española, pero Pavlyuchenko se olvidó de rellenar los dos siguientes huecos del cargador. Tras una tregua, el arma volvió a Rusia, que esta vez se la puso en la frente. Quedaban tres disparos. Y como todos sabemos ya, en los tres había balas. Y las tres fueron para Rusia. Evidentemente, ahí se acabó el torneo para los orientales.

Tras una primera parte en la que las fuerzas estaban igualadas, España finiquitó a su rival en el segundo acto. Los rusos no lo sabían, pero el choque de fuerzas en la primera parte les iba a pasar factura. España quizá tampoco lo supiese, pero siguió moviendo el cuero y cansando a su rival hasta que rompió el cántaro. Tras abrir la lata, lo que vino después cayó por su propio peso y la tropa de Aragonés jugó los mejores minutos del torneo. Tras una exhibición y más de dos décadas, España estaba en una final. Y enamorando.

Una vez ahí, sólo quedaba esperar a que la justicia y la lógica, al servicio del buen hacer durante todo el torneo, hicieran su última acción. Y ésta llegó. No hace falta explicar el gol de Torres. Todos lo tenemos grabado en la retina y lo vemos cada noche antes de que el calor nos deje dormir. La Eurocopa castigó la falta de ambición y obsequió a los osados. Y en eso, España no tuvo rival. Ahora sólo hace falta que, por el bien del deporte rey, este estilo tenga continuidad en el futuro. De momento, celebremos su regreso. Por fin has vuelto. Ya te echábamos de menos. Bienvenido.

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martes, 1 de julio de 2008

Gracias viejo, perdona Sam

Por Albert Valor

Luis Aragonés. Desde el 29 de junio de 2008 en la historia del fútbol español. El mejor seleccionador de la historia –el que más partidos ha ganado y el que tiene un porcentaje más positivo entre victorias, empates y derrotas- y uno de los más criticados. Quizá alguna vez le critiqué, pero la única verdad es que muchas más lo defendí, creyendo en su cabezonería, postulando que uno debe ir siempre a muerte con sus ideas. Y así ha sido siempre Luis.

Primero le llovieron críticas por llevar a Raúl al Mundial, luego por dejar de convocarlo, y más recientemente por prescindir de otros pesos pesados como Guti o Joaquín. De lo que la gente no se ha dado cuenta hasta hace bien poco es que el extremo gaditano siempre hubiera querido jugar –no se puede decir lo mismo de Guti, eterno jugador número 12 en el Real Madrid hasta este último curso-, mientras que gente como Cazorla o De la Red –además de tener más proyección- esperaría su oportunidad –si es que llegaba- sin rechistar. Luego está lo de Eto’o. O lo del azul, como El Abuelo le llama haciendo gala de su peculiar sentido del humor. Samuel –del que me declaro incondicional en todos los aspectos, sería feo no admitirlo; y ¡qué error sería venderlo!- es un tipo que, para bien o para mal, dice siempre lo que le pasa por la cabeza. Y nunca ha dudado en afirmar que adora a Luis, a quien quiere como a un padre. Éste, ejerciendo de progenitor futbolístico cuando lo entrenaba en el Mallorca, bien hizo en inculcarle que como realmente se aprende en la vida es a base de ‘palos’ –a las retinas de muchos llegarán ahora las imágenes de Luis zarandeando al africano en los banquillos de la Romareda después de que este le retrajese que le hubiera sustituido-. Algo parecido ha sucedido también en esta Eurocopa con Fernando Torres, e incluso con Sergio Ramos. Por eso y por muchas otras cosas, Luis Aragonés siempre me ha parecido fiable en un banquillo.

Tras la debacle en los octavos de Alemania, todos pedían la guillotina para El Sabio. Nadie se daba cuenta del error que se podía cometer matando al cocinero cuando aun no había terminado su manjar. Un plato único, sólo comparable a concepciones del fútbol como las que tuvieron las selecciones de Brasil en el 70 y en el 82, y que no se cuece en dos días, ni siquiera en dos años. Apuesta por el fútbol de verdad, en el que corren el balón y los contrarios, no los propios jugadores. La verdeamarelha de Pelé ganó el Mundial, la de Zico se quedó en semifinales. Pero las dos ganaron, porque la verdadera victoria –y con esto estoy citando a Santiago Segurola- está en quedar en la cabeza de los aficionados, los trofeos sólo son un adorno en una vitrina.

Y eso es lo que ha conseguido Aragonés. Quedar en la memoria de todos por el juego que han desarrollado sus chicos sobre el tapete. Ese ‘tocar, tocar y tocar’ hasta que el rival caiga rendido por aburrimiento, desconcentración o mareo. El fútbol más puro de hecho. El que se juega a ras de césped con pases milimétricos y para el que hacen falta especialistas con pies de seda. Y ese tipo de jugadores sobran en España. Todos los grandes equipos han sido campeones apostando por un estilo. Normalmente por el que más definía genética futbolística. Los brasileños trasladan la samba al terreno de juego, los italianos el cerrojazo y las contras, mientras que los alemanes emulan cita tras cita a la legión cóndor. Y España siempre ha presumido de furia. Y siempre se ha preguntado porque su apuesta salía mal. Quizá porque no la llevaba en las venas. Y ese ha sido el verdadero éxito de Luis -que ha vuelto a demostrar porque le llaman El Sabio-, trasladar nuestro ADN al campo. Si somos inferiores físicamente, ¿para qué vamos a ir al choque? Aprovechemos nuestra virtud, que es tener la pelota, mimarla y darle brillo.

Y secundado por actores de lujo como Cesc, Iniesta, Silva, Alonso o Senna, Xavi ha sido el principal valedor de este patrón durante el torneo que por fin nos ha coronado. Y es en este punto, cuando después de alardear entono el Mea culpa. Yo he criticado a Xavi hasta la saciedad. ¡He criticado al -según la UEFA- mejor jugador de la mejor Eurocopa que hayan visto mis ojos! Creo haberlo criticado con razón, pues en sus últimas dos temporadas en el Barça, pese a su indiscutible visión de juego y su gran calidad en el pase, me ha parecido un jugador que abusaba del pase horizontal y que defendía poco y mal, más que nada por sus carencias físicas. Si a esto le unes que un medio del campo formado por tres jugadores, de los otros dos sólo uno –como mucho- sea una roca defensivamente, el equipo acaba haciendo aguas. Y sí, siempre le he echado la culpa a Xavi, más si he considerado que Iniesta era una versión mejorada del egarense y que por tanto no hacía falta tener dos cromos repetidos. Pero como decía, mi boca se ha ido cerrando a medida que avanzaba este mes de junio.

Xavi ha sacado su escuadra y su cartabón, su compás y su lapicero, se ha apretado los machos para defender como el que más y se ha visto ayudado por un jugador más –dos en ocasiones- que en Can Barça en su parcela del campo. Con todos estos ingredientes se ha empezado a erigir como la brújula de la Roja. A medida que ha avanzado el torneo, el barcelonista ha ido creciendo –y con él el equipo-. Y poco a poco todos hemos emulado a Andrés Montes, que al más puro estilo de Humphrey Bogart le suplicaba en el pasado Mundial: “Tócala otra vez, Sam”. Y Xavi, reencarnando a aquel músico que tocaba ante el enemigo en Casablanca, ha tocado sin miedo las mejor de sus sinfonías, enamorando a un país y reconquistando todo un continente. El de Terrassa ha demostrado que los mediocampistas que no ven puerta con regularidad también tienen cabida en el fútbol actual –aunque tampoco sería este el año para hablar de su falta de gol, en el que ha sostenido al Barça en muchos momentos y en el que abrió el camino hacia la final contra los rusos-, sobretodo si tienen guantes de seda en vez de metatarsianos y empeines.

Ahora sólo me queda pedirle a Guardiola que considere la opción de cambiar el sistema del Barça pasando de tres a cuatro centrocampistas, o bien que lo blinde con dos perros de presa no exentos de buen fútbol. Pero entonces Iniesta sólo tendría cabida en uno de los dos flancos de ataque –jugando en la posición que antaño tuvo Ronaldinho y en la que este año ha rendido a gran nivel- o en el banquillo. Y Andrés no puede mirar los partidos desde la banda. Visto lo visto, lo más inteligente sería ganar gente en la media. Precedentes hay. Y son exitosos. España ha sido campeona de Europa. Pep es inteligente, seguro elegirá una buena opción. Lo que seguro no hará será renunciar a ese estilo, un estilo que Cruyff promovió desde el banquillo y del que Guardiola fue su extensión en el césped en los gloriosos años del Dream Team. No olvidemos que el ‘toca, toca y toca’ lo ha rescatado el Sabio del Camp Nou, que con la Masia siempre ha tenido una escuela en la que proliferaban este tipo de jugadores. Primero disfrutamos de Milla, Guardiola o De la Peña. Hoy lo hacemos con Cesc, Iniesta, o el propio Xavi. Y en el futuro, seguro lo haremos con Marc Crosas.
·
Llegado a este punto me hago dos preguntas, de las cuales podré –y deberé- responder una: ¿Dónde están ahora los que criticaban a Luis? Pues no lo sé ¿Y a Xavi? ¡Presente! Quien quiera pedirles perdón para redimirse de su pecado que lo haga. Mientras tanto, España seguirá feliz. Será en parte gracias a ellos. Gracias viejo. Gracias Sam. Y perdona.

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lunes, 30 de junio de 2008

Resaca personal del 'pudimos'

Por Cristian Naranjo


Sevillistas, béticos, atléticos, merengues, culés, pericos, valencianistas, racinguistas, ovetenses, sportinguistas… Hoy todos somos del mismo equipo y compartimos triunfo por obra y gracia de la selección del “toquen, toquen” de Aragonés. Es francamente bonito. Es francamente sano. Era una necesidad casi imperiosa en un país acostumbrado a vivir en la fracturación política. En parte es una victoria contra los que promueven esa crispación. Gracias al fútbol todos hemos sido España. Desde A Coruña a Tenerife. Desde Bilbao a Barcelona. El triunfo ha abierto una caja de sentimientos que buscaban motivo para ser expresados. Yo soy de Barcelona, de un barrio de tradición independentista. Sin ir más lejos, mi madre está más próxima a serlo que a lo contrario. Mi hermana ídem. Incluso yo, que ante todo me siento barcelonés, tengo inquietudes en ese sentido. No obstante, en mi barrio y en los contiguos se instalaron pantallas para seguir la final. Como debe ser. Sucede que hay un Estado que por el momento aúna a todas las comunidades. Es España, y todos formamos parte, pese a quién pese.

Por eso es mágico un día como hoy, porque hace saltar las caretas de muchos y las destroza, dejando una gran alegría al descubierto. Entiendo las tendencias políticas de cada uno siempre y cuando respeten las demás. Creo que ese es el camino a seguir. Nuestros políticos podrían tomar nota. Ciertos sectores de nuestra ciudadanía, también. Podrían tomar nota porque gracias a una selección de jóvenes traviesos todos hemos cantado victoria. Algunos lo habrán sentido más que otros. Obvio. Algunos lo habrán exteriorizado con entusiasmo y otros no. Lógico. Pero en cualquier caso es una gran noticia sentirnos unidos entorno a algo. Sea lo que sea. Estas líneas surgen como crítica hacia ciertas imágenes que tengo almacenadas: ¿Qué pretendía simular Laporta en el palco, más pendiente del móvil que del partido? ¿Acaso se cree omnipresente, capaz de estar en misa y repicando? En la vida, o se está o no se está. Nunca entenderé las medianías ni las paradojas de esa naturaleza. Laporta podría haberse quedado en casa como otros muchos, alegrándose de la victoria a escondidas. Al menos no habría metido la zanca públicamente.

En mi opinión la coherencia es un valor a tener en cuenta. Por eso critico a Laporta. Por eso critico a Montilla, cuya columna en La Vanguardia tampoco termino de entender: ¿Tiene sentido que el President de la Generalitat de Catalunya –socialista además de nacido y criado en Córdoba– justifique el por qué quería que ganara España? ¿Es de recibo que ponga por delante a los catalanes simplemente por el hecho de serlo? En fin…

Me ha gustado que el triunfo se haya celebrado a lo grande en una ciudad como Barcelona. No me ha gustado que algunos aprovecharan el contexto para dar rienda suelta a sus proclamas retrógradas e intolerantes. Nada que objetar al profundo sentimiento nacional mientras no atente contra las opciones alternativas. Ayer sentí vergüenza ajena cuando por culpa de cuatro analfabetos quemacontenedores los Mossos d’Esquadra tuvieron que evacuarnos a la fuerza de Plaza España. ¡Viva el fútbol valiente! ¡Viva la selección que ha apostado por ese modelo! ¡Y viva España! Con todas las autonomías que la articulan y todas sus gentes. Finalmente sí pudimos.


[*] A modo de homenaje, el 'himno' de La Roja:



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domingo, 29 de junio de 2008

¿Juego de niños en Viena?

Por Cristian Naranjo


Restan apenas 13 horas para la final cuando termino este texto. El minutero avanza ya inexorable. Es imposible conciliar el sueño ante una cita de tal magnitud. Cierto es que nosotros no jugamos, pero moralmente todos formamos parte del equipo que saltará al Ernst Happel esta noche. Los jóvenes de la generación de los 80 no nos hemos visto en una igual. Algunos no habíamos siquiera nacido; otros no tenían todavía uso de razón. El caso es que hasta ahora toda nuestra memoria conectaba con despedidas tan tempranas como amargas. Pudimos echar a Italia en el '94. Perdimos. A Inglaterra en el '96. Caímos. A Francia en el 2000. Palmamos. Debimos proclamarnos campeones en 2002 tras eliminar a Alemania en 'semis' y comernos a Brasil en la final. Teníamos a un Joaquín y a un Morientes estelares, pero un robo coreano y una tanda de penaltis donde Casillas no paró nos devolvieron a casa. De 2004 no se puede salvar nada. Iñaki Sáez no dio con la tecla, Torres fue una escopeta de fogueo y a Raúl Bravo le superaron más veces de las que le encararon. Fue un desastre España y una calamidad la Eurocopa, que coronó la especulación griega por encima del jogo de Portugal. En 2006 más de lo mismo, con el atenuante de que nos echaron los últimos compases de Zidane, así como “la menor condición física de base y tal…” –según Aragonés.

Y así llegamos hasta hoy, con la sensación de que esta Eurocopa le está devolviendo a España algo de lo que le ha ido quitando a lo largo de cuatro desérticas décadas, y al fútbol lo del catenaccio grecorromano de 2004-06. Una vez aquí hay que cerrar el círculo en nombre de Arconada, Maceda, Señor, Camacho, Gordillo, Santillana, Sarabia… En definitiva, hay que hacerlo para redimir a la tropa del '84. También para refrescar la emoción a los veteranos del '64; para honrar al resto de generaciones lacradas por infortunios e injusticias… Hay que rematar “el tema y tal” por Aragonés, sus hijos y su camada de nietos. Todos ellos se lo merecen en la misma medida que nosotros.

Noventa minutos para cerrar una brecha de 44 años. A un lado, la España de los pesos pluma. Al otro, la Alemania de los pesados. La baja de Villa puede quedar compensada por la de Ballack. Juegue quien juegue, el plan de ataque de ambas es de sobra conocido. La Mannschaft se decanta por el veneno de los alacranes: inesperado, fugaz y efectivo. La Roja, en cambio, procede a la hipnosis antes de deleitarse en aplicar una muerte parsimoniosa y dulce. La fiabilidad de otra histórica como última prueba para el tuya-mía de la selección. Más allá de los estilos, las finales son para valientes y descarados. El corazón nos dice que los 'pequeños' se han soltado las riendas definitivamente. De confirmarse nuestras sospechas, el Ernst Happel va a convertirse en el perfecto marco para un lienzo goyesco: Juego de niños.

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viernes, 27 de junio de 2008

Ingeniería alemana

Por Albert Valor

El 16 de junio de 1954, Alemania reaparecía en los grandes torneos. Era la Copa del Mundo de Suiza y los teutones aparecían en escena por vez primera tras la Segunda Guerra Mundial. Previamente, habían sido vetados en los JJOO del 48 y en el Mundial del 50. Nadie hablaba de ellos, es más, eran señalados como unos apestados, y precisamente fue ese rechazo lo que empezó a forjar su leyenda.

El día del debut, se enfrentaron al último rival que han tenido hasta ahora –es decir, Turquía-. Como el pasado miércoles, los otomanos tomaron la delantera en el marcador, pero de nada les sirvió, ya que los germanos acabaron ganando por 4-1. En la final, Alemania derrotó a uno de los mejores equipos que se hayan visto sobre un terreno de juego, la Hungría de Cañoncito Puskas y compañía. Pero como Alemania siempre tiene un plan, la historia de ese partido empezó a forjarse en la primera fase. En la segunda jornada de la liguilla, alemanes y magiares se enfrentaron por vez primera en un día muy caluroso. El seleccionador, Sepp Herberger alineó al capitán Fritz Wälter junto a otros 10 suplentes. Hungría aplastó a la Mannschaft: 8-3. [Walter era el mejor jugador alemán del momento –actualmente el estadio del FC Kaiserslautern lleva su nombre-, pero tras contraer la malaria se hizo muy vulnerable a los partidos disputados bajo el calor y la humedad]. Nadie lo sospechaba entonces, pero ese resultado puso la primera piedra para construir la gloria. La competición fue avanzando y ambos combinados alcanzaron la final. Aquel día, Berna amaneció lluviosa y fría. Hacía un día Fritz Walter. Evidentemente, los dos equipos mostraron sus onces de gala, y una vez más las húngaros eran favoritos. Más cuando a los 9’ el marcador era ya de 0-2. Pero entonces afloró el orgullo alemán. Tras sacar de centro, una jugada dirigida por Walter, la remachó Morlock a la red. Eso espoleó a los teutones, que antes de los 20 minutos ya habían empatado. El desconcierto se apoderó de los magiares, que quedaron intimidados por el ímpetu de su oponente. Tras la reanudación el área alemana era bombardeada una y otra vez, pero una fuerza desconocida impedía que los ataques fueran culminados. Entonces apareció Rahn, que tras un rechace de la defensa magiar recogió el balón en la frontal, buscó el hueco y ¡zas! Corría el minuto 84 y la tropa de Herberger solo tuvo que aguantar el resultado. Esa tarde nació la leyenda alemana. Ellos fueron los primeros exponentes de la fiabilidad que atesoran los germanos cuando la cosa va de fútbol. Aquel partido se recuerda desde entonces como El Milagro de Berna, un hito que fue el punto de inflexión para un país que gracias al fútbol se vino arriba y creyó en salir adelante y reconstruirse.

La siguiente hombrada alemana llegó en el Mundial que organizaron en 1974. Otra vez tras un camino con altibajos –llegaron a perder un partido contra sus vecinos comunistas de la RDA-, los alemanes se plantaron en la final. Y otra vez les esperaba el mejor equipo del momento, en este caso la Holanda de Cruyff. Y otra vez el rival se avanzó bien pronto. Al minuto de juego, Berti Vogts cometió penalti sobre El Flaco tras una jugada en la que ningún alemán tocó el balón. La pena máxima la transformó Neeskens. Beckenbauer, Breitner, Hoeness y compañía estaban hundidos y no sabían como hacer frente al Fútbol Total. Pero como Alemania siempre tiene un plan, decidió pagarle a Holanda con la misma moneda y sus jugadores empezaron a ocupar todas las zonas del campo sin importar su demarcación. Primero fue un penalti y luego una jugada culminada por uno de los mejores definidores de todos los tiempos, Torpedo Müller. Todo antes del descanso. En la segunda parte, la tropa teutona se dedicó a neutralizar a La Naranja Mecánica –el marcaje que Vogts le hizo a Cruyff está hoy en todos los manuales- y sólo hubo que esperar al pitido final.

El triunfo en Italia ‘90 es algo diferente. Contando con una de las escuadras favoritas al triunfo final –en sus filas estaban Voeller, Klinsmann, Matthaus, Kohler o Brehme - la Mannschaft se vengó de la Argentina de Maradona, que la había derrotado en la final de México ’86, en una de las peores finales que se recuerdan.

Visto lo visto, la leyenda que Alemania se ha forjado a través de la Copa del Mundo es para tener en cuenta. Pero en la Eurocopa la cosa cambia. Los tres títulos conseguidos han sido siempre ante rivales a priori inferiores. En 1972, víspera del Mundial ’74, destrozaron a la URSS por 3-0 –hasta ayer no se había visto nada parecido a esas alturas en un Europeo- guiados por un magnífico Gunter Netzer. En el 80, la terna formada por Rummenigge, Schuster y Hrubesch se impuso en la final de Roma a una de las mejores generaciones que ha dado el fútbol belga. Y en el 96, la víctima fue el equipo sorpresa del torneo, la República Checa. Sin contar con un equipazo, la Mannschaft se impuso por oficio y por acierto en los compases decisivos.

Pero si analizamos las dos derrotas que han sufrido los alemanes en el partido final de una Eurocopa llega el lugar para la esperanza. En el 76, cayeron ante Checoslovaquia tras el famoso penalti de Panenka y después de comprobar que en el fútbol del este había nacido otro muro: el meta Ivo Viktor. En la Euro ’92, disputada en Suecia, los tricampeones mundiales sucumbieron ante uno de los campeones más inesperados de la historia. Dinamarca no se había clasificado, pero Yugoslavia tuvo que renunciar a participar tras la guerra. La plaza fue para los nórdicos, que con una columna vertebral formada por Schmeichel, Olsen, Jensen y el hermanísimo Brian Laudrup, se plantaron en la final, donde borraron del campo a los alemanes para acabar ganando 2-0.

Ambas fueron ocasiones en las que Alemania, pese a no enfrentarse al mejor combinado del momento, sí tenía enfrente al equipo que había desarrollado una propuesta más atrevida. Y a diferencia de la Copa del Mundo, cuando se ha encontrado con la generación dorada de un país poco acostumbrado a la victoria en la competición continental, Alemania sí ha mordido el polvo.

‘No importa que sea un vehículo, una lavadora o un equipo de fútbol. Un producto alemán siempre es fiable’. Algo así dijo Alfredo Relaño el pasado día 8, cuando Ballack y compañía saltaban al césped para debutar contra Polonia en este Europeo. Quizá su derrota ante Croacia en la segunda jornada hizo creer a muchos que no bastaba sólo con ser fiables. Pero Alemania ha vuelto. De hecho está a la vuelta de la esquina. Y como decíamos, siempre tiene un plan. Su primer mazazo fue despertar a Portugal del sueño de redimirse de la decepción que supuso perder ante Grecia el primer y el último partido de su Eurocopa. Löw vio que la formación utilizada en la primera fase, con dos delanteros y cuatro centrocampistas, mermaba las cualidades de Ballack, que jugaba demasiado retrasado. Por eso decidió cambiar ante los lusos. Rolfes y Hitzlspelger –a la espera de recuperar al mejor Frings- cubrían las espaldas del crack del Chelsea en la medular mientras éste, escoltado en la izquierda por Podolski y en la derecha por Schweinsteiger, hacía, deshacía y dirigía a su antojo en la mediapunta. Por delante de él, Klose hizo de cazagoles. En la semifinal ante Turquía repitieron. Pero el juego de violines desarrollado por la Roja está haciendo meditar al guaperas Löw, que está barajando la opción de volver a colocar dos puntas para aprovechar mejor las ocasiones que puedan concederles los pupilos del Abuelo. Sea como fuere, seguro que tendrán un plan.

Pero hablemos de los puntos débiles de la Mannschaft. Si de ¾ en adelante cuentan con jugadores resolutivos, tras la medular se esconden las carencias de este equipo. Mertesacker y Metzelder se asemejan más a la competencia de Nowitzki y Jagla –ambos sobrepasan el 1’90- que a una pareja de centrales convencional. Por ende, son eficientes en el juego aéreo, pero si España echa el balón al césped lo pasarán mal. Los laterales dan una de cal y otra de arena, sobretodo Lahm. Si el menudo carrilero del Bayern es un delantero más en las jugadas de ataque –ya lo demostró con su decisivo gol ante Turquía-, sufrirá para defenderse de las internadas y/o combinaciones de Ramos e Iniesta. Friedrich, por contra, pese a no ser tan ofensivo, es mucho más defensa, aunque tampoco es un portento físico. Qué decir de Jens Lehmann. Con unas manos de mantequilla, unos reflejos más bien escasos y una agilidad poco privilegiada es, junto a Rüstü, uno de los peores arqueros que hemos visto durante estas tres semanas. Nadie se explica como puede ser aún el portero de la selección –quizá la respuesta esté en que su sustituto es el ex azulgrana Enke-, y muchos creen que algún día, un error suyo –no porque no los haya cometido ya- le costará un buen disgusto al equipo.
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En todo caso, el partido está ya listo para servirse. A los alemanes, que ganan una de cada tres Eurocopas, les toca ya por estadística, pero a los nuestros -24 años sin final, 44 sin título- la historia les debe una –y unas cuantas más les debe el fútbol-. Y aunque Alemania haya rebuscado en los anales de su historia para recordarnos en estos últimos partidos la esencia de la frase que un día pronunció Gary Lineker, España se está reivindicando como el mejor equipo del torneo, por los menos como el más diferente al resto. Seguro que Alemania llevará su estilo –ese que le ha dado tanta gloria- hasta las últimas consecuencias. España, como ha hecho hasta hoy, no podrá ser menos. Todo campeón surge de la creencia en un estilo. El domingo, el único imperativo debe ser el choque de filosofías, de estilos, de ingenierías. A partir de ahí, que gane el mejor.

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La España de los 'bajitos' se doctora con matrícula ante Rusia

Por Cristian Naranjo


Sigue la fiesta española en Viena y en la península. Continúa el jolgorio merced a la exhibición de los 'pequeños'. Rusia sobrevivió un tiempo entero. Demasiado según lo visto tras el descanso. Gozó de vida mientras la selección se lo permitió. No hay que olvidar los méritos de la tropa bolchevique de Hiddink. Se plantaron en 'semis' destrozando a la gran Holanda de Van Basten con un juego que impresionó. Situaron su fútbol en el mapa comandados por Arshavin, del cual no hubo noticias esta vez. Pavlyuchenko fue el único capaz de inquietar a Casillas, en una mera demostración de su papel de boya en el mar. El delantero ruso es un jugadorazo, un tanque del Este dotado de la mejor tecnología, pero solo y desasistido quedó reducido a poco más que nada. Si además Puyol y Marchena siguen obstinados en ser la pareja perfecta tenemos dibujado el naufragio ruso.

Cuando un equipo tiene alma, calidad, coraje, cuajo y fe es que está diseñado para el éxito. El sexto factor es la suerte, pero suele derivar de los demás. España completó ayer un ejercicio de precisa humillación. En la primera parte, como si de un gran púgil se tratara, midió sus fuerzas y las del oponente. Vaciló masticando en exceso el juego, huérfana de último pase. Le dio a Rusia motivos para seguir soñando con la machada. En el segundo acto, simplemente arrasó cualquier duda sobre el partido. La Roja fue un vendaval de fútbol.

Y todo coincidió con la entrada en escena del más liviano de la tropa. Iniesta sacó el compás y solucionó la cita. Apareció por la izquierda –flanco en el que se muestra más dañino–, le hizo el ovillo con naturalidad a Anyukov y sirvió un balón con lazo para la entrada de Xavi, que remató ante el orgullo de un país y la admiración de un continente. España se ha doctorado a lo grande. Iniesta, Xavi, Cesc y Silva: ligeros, inteligentes, generosos, descarados y sobre todo talentosos, extremadamente talentosos. Ellos son el ADN de la selección. Entre los cuatro fabricaron una goleada de bellísima factura en las semifinales de una Eurocopa. Casi nada.

Tras el 0-1 la Roja se dedicó a gustarse. Estaba sola en el campo, recreándose en su propia calidad. Poco importaban ya la lluvia, el cambio de Villa o el desacierto de Torres. Todo el partido giraba entorno a un solo equipo. En esas condiciones, Rusia se vio obligada a dimitir sin rechistar. Y con ella se despidió Arshavin, una merma para el espectáculo coral.

El 0-2 fue la obra maestra de dos diestras de seda. Cesc puso la bola con mimo al interior del área para el desmarque de Güiza, que la acarició antes de guardarla en el cajón. El arquero demostró que sus flechas también riman en la poesía de la selección.

Y qué decir del 0-3. De nuevo Iniesta, esta vez trazando por arriba, y de nuevo Cesc, utilizando el cartabón al servicio del pase a Silva, que cerró la jugada con categoría: control con la derecha y definición con la izquierda. Un broche dorado –el color anoche de la selección– para un deslumbrante partido.

Es lógico que una victoria de tal calibre haya desatado la euforia. España va a disputar la tercera final de su historia. Hace 24 años que no se da la circunstancia y por ende hay que celebrarlo. Pero no demasiado. La selección sigue estando en deuda con su hinchada. Tiene los mejores jugadores y sobre todo el mejor equipo del torneo. En lo más alto espera la Legión Cóndor alemana. Ballack, Klose, Schweinsteiger y Podolski son los estandartes de un equipo avalado por su exitosa historia –3 Mundiales y 3 Eurocopas–. El equipo actual tiene los centímetros y el vigor de siempre, más las dosis justas de calidad. Como mandan los cánones, la final será el duelo en mayúsculas del torneo. Será un reto durísimo para España, más pedregoso incluso que el de Italia por la relevancia del choque y la variedad del arsenal alemán.

Holanda fue la primera en asombrar tras dejar secas a Italia y Francia. Cuando se antojaba como favorita recibió el severo correctivo de Rusia. Ahora los de Hiddink han caído sin oposición ante España, cediéndole así el testigo. La Roja tiene ahora la ocasión de romper la línea lógica derrotando a Alemania. La Mannschaft es al fútbol lo que el granito a la naturaleza. Es un grupo rocoso y cuenta con la experiencia que dan los triunfos. Esta vez, delante va a tener a una selección surgida de la necesidad de ganar, de esa escasez que agudiza el ingenio según el refranero. Aragonés ha repartido con criterio la escuadra, el cartabón, el compás y el medidor de ángulos entre los capacitados para delinear el juego. Geometría al servicio del fútbol. Esos pequeños genios saben bien que a Alemania es más fácil rodearla que rebasarla por arriba. Por eso pondrán el balón en el piso y se arrancarán a jugar. La fórmula conocida; la fórmula del éxito. Es cierto que no estará Villa para sellar la producción de los jugones. Visto lo visto, apuesto a que Löw no sabe quién le da más miedo, si Cesc o Güiza.

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jueves, 26 de junio de 2008

Siempre gana Alemania

Por Albert Valor

Se acabó el sueño turco. Tras creer hasta el último segundo, los pupilos de Fatih Terim doblaron la rodilla. Poco se le puede objetar a estos guerreros, que han dado la cara en todo momento y que han encadenado un milagro tras otro. Todos los entrenadores que quieran adquirir durante el verano algún jugador que garantice lucha, entrega y compromiso durante 90 minutos –o los que sean necesarios- ya sabe que en la selección turca tiene un buen abanico para elegir. Junto a ese derroche de corazón, habría que destacar a algunos jugadores como Sabri Sarioglu, un pequeño y escurridizo hombre de banda que ha jugado donde le ha exigido el guión, Hamit Altintop, que ha refrendado que aúna clase, temple y polivalencia, Mehmet Aurelio –que junto a Senna ha demostrado que si Brasil no cuenta hoy en día con un mediocentro de garantías es porque no quiere-, Ugur Boral, un desconocido e irregular extremo que ha mostrado su mejor versión en este europeo, Semith Senturk, que ha ejercido de ‘9’ tal y como le exigía su dorsal, Kazim Kazim, el interior que vino de Londres, o Arda Turan, que pese a no estar disponible hoy –al igual que Nihat o Tuncay- ha aprovechado este torneo para darse a conocer.

Si había un equipo que pudiera hacer frente a la imprevisibilidad turca ese era Alemania. Y así fue. El duelo empezó con los germanos demasiado relajados, como si creyesen que el partido se iba a ganar sin dejarse la piel sólo por el simple hecho de que alguien diga que en este deporte siempre ganan ellos o porque los otomanos estuvieron jugando diezmados por sus numerosas bajas. Y claro, los turcos, además de fe, tienen orgullo y decidieron que si se quedaban sin final no sería por no haberlo intentado. Primero avisó Kazim Kazim con un trallazo al larguero, y acto seguido una jugada de carambola acababa con un empalme de Ugur Boral que se le escurría al siempre inseguro Lehman. Por primera vez en esta Eurocopa la selección de los milagros se veía por delante en el marcador. Y evidentemente, como eso no es lo suyo, tras acribillar a la Mannschaft durante unos minutos más, concedieron el empate en la primera jugada de peligro creada por sus rivales. Bastian marcó a pase de Podolski. La primera parte acabó en tablas, sin ofrecer mucho más que una contra marrada por el ‘polaco’.

El segundo acto empezó como acabó el primero, con sopor, y así fue casi todo él. Cuando el telespectador ya pensaba en disfrutar de uno de estos últimos instantes de Eurocopa con treinta minutos más de propina llegó el epílogo. En los últimos 11 minutos se vendió todo el pescado –no podía ser de otra manera con Turquía sobre el green-. Minuto 79; centro siniestro desde la izquierda de Lahm, parecía que Rüstü iba a llegar, pero para no manchar su reputación cantó, y Klose, ave de rapiña donde los haya, aprovechó el regalo. 2-1. La tropa de Terim tenía 11 minutos para jugar al milagro, que es lo que le gusta. Y para no variar con su táctica, siguió creyendo. ¿Qué es un gol de desventaja con 11 minutos por delante? Para ellos bien poco. Y evidentemente empató, a los 86’, cuando el partido agonizaba. Centro raso de Sabri desde la derecha al palo corto y Senturk, avanzándose a su marcador bate a Lehmann por debajo de las piernas. Probablemente medio mundo estuviera frente al televisor con la certeza de que lo que acababa de pasar ya lo esperaba. Pero tres minutos después Alemania, fiable donde los haya, verdugo entre verdugos, asesina a sangre fría, dio de beber a los turcos de su propio elixir. Quedaba un minuto más los tres del alargue. Evidentemente Turquía seguía creyendo. El problema para ellos fue que Alemania ya tenía demasiado claro lo que podía pasar si concedía un solo milímetro. De hecho, Turquía tuvo última opción en una falta que botó Tumer Metin. El jugador del Larissa griego mandó el balón a la grada y con él, toda la proeza al limbo. Tras el saque de puerta Busacca pitó el final.

Turquía puede estar orgullosa de lo que ha hecho. Sin contar entre los favoritos al título, ha demostrado que con fe, testosterona y, evidentemente, algo de fútbol, se puede optar a todo. Terim –el indiscutible parecido razonable de Robert de Niro-, ha comandado un grupo sobradamente preparado para competir aun cuando la guillotina les rozaba el pescuezo. Es para estar orgullosos. Si siguen creyendo así, el futuro estará lleno de dulces. Para nada deben estar tristes. Ya se sabe, en el fútbol, siempre gana Alemania ¿o quizá no?

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lunes, 23 de junio de 2008

¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!

Por Albert Valor

22 de junio. El día en que Diego metió El Gol a los ingleses. Hasta ayer, día fatídico para la selección. Desde anoche, el día en que se superaron todos los malos farios. El de los cuartos. También el de los penaltis. Y hasta el de que Italia siempre se salga con la suya.

España está en semifinales. Allí se encontrará con un viejo, conocido y reconstruido rival. Tras la caída del muro de Berlín, la URSS se desmembró. Aquella selección, siempre competitiva, también sufrió las consecuencias en lo deportivo. La competitividad soviética se la tuvieron que repartir entre Rusia, Ucrania, Letonia y un largo etcétera de selecciones. Todas ellas han sido durante un largo tiempo equipos menores. Si acaso el combinado liderado por Shevchenko, que llegó hasta los cuartos en Alemania 2006, sea la única excepción, la que confirma la regla.

Tras esas dos décadas de sequía, el fútbol del este se ha ido reinventando poco a poco a sí mismo. Podría decirse que el holandés Gus Hiddink, el hombre milagro de los banquillos –llevó a Corea del Sur a las semifinales de una Copa del Mundo y a Australia a los octavos- ha sido en gran artífice. Pero no, ni mucho menos. Tras ir dando tumbos con más pena que gloria por algunas fases finales –lo más destacado sería el 6-1 ante Camerún en USA ’94, con 5 goles de Oleg Salenko, uno de los récords de la Historia de los Mundiales- el fútbol ruso ha dado con una generación excelente de futbolistas que han empezado a despuntar en el momento justo para coincidir con los nuevos talentos. Es curioso el caso de Arshavin y Zyrianov, que con 27 y 30 años respectivamente, han explotado de modo un tanto tardío para unirse así a los Bilyaletdinov (23), Zhirvov (24), Sychev (23), Anyukov (25) o Akinfeev, el meta (22). Un tanto diferente es el caso de Pavlyuchenko, que con 26 años ya lleva varias temporadas destacando en el Spartak de Moscú. Y sí, sería injusto no reconocer la aportación del ex entrenador del Real Madrid con sus resolutivos sistemas tácticos y su receta para que no se cortara la mayonesa.

El partido ante Holanda -aquella que presumíamos como La Naranja Metálica- fue un recital ruso. Quizá era el partido perfecto para la resurrección de los zares. En el 88, se habían despedido de los grandes partidos precisamente ante la Holanda de Van Basten, en aquella final en el Olímpico de Munich. El fútbol de aquella Holanda era enorme. El de Rusia para meterse en la ‘semis’ de este Europeo -con Arshavin haciendo las veces de faro guía, mientras los suyos lanzaban misiles desde cualquier parte del campo a la par que combinaban para llegar al área hasta que llegó un momento en el que la Oranje sólo podía mirar- fue sublime. A estas horas, Hiddink será el villano predilecto de los Países Bajos.

Como decía, el jueves se enfrentan en las semifinales de la Eurocopa España y Rusia. “Jugamos contra los soviéticos”, dirá mi abuelo. Y es que el duelo despertará la nostalgia de los más mayores, aquellas épocas lejanas –sobretodo para los nuestros- en que ambas se enfrentaban en las grandes citas. Como la final del europeo del 64 en el Bernabéu. Ese día, una España anfitriona, llena de talento e ilusión, se medía a un combinado que contaba con Lev Yashin, el mejor portero del mundo por entonces –para muchos, con permiso de Zamora, el mejor de todos los tiempos; de hecho es el único arquero que tiene el Balón de Oro-. Desde entonces -con la final del 84 en el Parque de los Príncipes como paréntesis- España no está entre la flor y nata. Rusia, aunque hace menos, también tiene amnesia triunfal.

Seguro que el jueves, desde Villa hasta Akinfeev, de Arshavin a Casillas, pasando por Xavi o Zyrianov, habrá momentos en los que se evocará a aquella vieja rivalidad. Marcelino se acordará de su gol. Y Pereda de su centro. Y Yashin, desde algún lugar, sonreirá. Y muchos pensarán: “¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!”. Y el fútbol, como antaño, supurará por todos los poros.

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La noche en que 'la Roja' sometió a Italia

Por Cristian Naranjo

Ante la insistencia de su nieto, el abuelo pasó a relatarle una vez más su cuento favorito. Siempre le explicaba la misma historia, la de aquella selección que eliminó a Italia en los penaltis. El viejo detallaba el contexto ante la expectación del niño. Hacía 24 años que no sucedía algo parecido. Eran vísperas de San Juan y la victoria se celebró con el debido estruendo: cláxones, gritos y pirotecnia. La alegría inundó los hogares y las calles en una noche histórica para la hinchada española. El abuelo hablaba de un partido agónico, resuelto por las paradas de un tal Casillas. El nieto, cada vez más emocionado, atendía con los ojos como platos. Además de al portero español, el viejo recordaba a Fàbregas por marcar el último penalti, y a Villa por ser la estrella de aquella Eurocopa. Por parte italiana, el abuelo tenía palabras para sus dos torres: “Su delantero era un gigante vestido de corto y su portero más largo que un domingo sin dinero”. El nieto disfrutaba al mismo tiempo que sin darse cuenta cimentaba sus pasiones y sueños futuros.

En la mente de todos quedó fijada la emoción de los penaltis y la victoria. Ocurre que la memoria es selectivamente traicionera, y sólo permite almacenar pasajes concretos. Lo mejor de aquella noche se perdió por el camino de la historia. El viejo no lo recuerda con nitidez, pero España jugó al billar a costa de la cuatro veces campeona mundial. Echó el balón al tapete, lo multiplicó y se puso a bailar al son de una panda de enanos traviesos. Por desgracia el abuelo olvidó cómo los bajitos se asociaron mil veces para alcanzar la portería rival y cómo un hispano-brasileño se bastó para barrer el mediocampo. Lamentablemente los años hicieron que sólo quedaran los datos, pero aquella noche la selección aunó la belleza con los valores del juego. Puyol, Marchena y Ramos se partieron la cara por cerrar la trinchera; Xavi, Silva, Iniesta y Cesc se conjuraron entorno al balón sustentados siempre por las espaldas de Senna, que dio un recital de percusión y armónica –13 recuperaciones por sólo 3 pérdidas; arriba, contenidos por el oficio de los centrales italianos, Torres y Villa se desfondaron en cada ataque; en la otra orilla, Casillas fue Casillas, el de los milagros cotidianos. Fue una noche de fe, valentía, coraje y orgullo por un patrón de juego. Se anunciaba un duelo a tumba abierta y lo fue. Se escenificó un igualadísimo choque de culturas, donde acabó triunfando a la ruleta rusa quien lo mereció por voluntad y vuelo.

Como siempre tuvo Italia el partido donde lo quiso en muchos instantes del partido: balón parado, balón volando, balón para Toni. La azzurra se mantuvo fiel a su perfil de arisco felino a pesar de contar con talento a grandes cucharadas. Cassano, Aquilani, De Rossi, Di Natale, Del Piero… todos supeditados al manual del catenaccio: balones por alto, contraataques, rebotes, últimos minutos y penaltis. Así se ganaron un nombre entre los todopoderosos y así cayeron aquella noche, ejecutados por su propia mezquindad. En contraste, España hizo algo más que cruzar la alambrada de cuartos. Triunfó en nombre del fútbol, aunque el abuelo no lo recuerde.

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sábado, 21 de junio de 2008

El héroe circense

Por Albert Valor


El fútbol ha vuelto a demostrar que no se rige por ninguna ley. ¿Cómo es posible que el mejor jugador de un partido –con una abismal diferencia sobre el resto– tenga que irse con la cabeza gacha como uno de los responsables de la eliminación de los suyos y que el peor del partido –también con bastante diferencia- salga a hombros como un héroe? Ayer Rüstü Reçber, ese portero que le endosaron a Laporta para que empezara a construir el Barça postgasparista, tras evocar en cada acción a la madre de Forrest Gump y recordarnos en cada acción del partido que la vida es una caja de bombones y que –con el ex azulgrana– nunca sabes lo que te va a tocar, alternó paradas de mérito con actuaciones circenses –como la del gol. Hasta que llegaron los penaltis. Ahí el meta turco se miró en el espejo de otros cancerberos con más sombras que luces que también se han erigido en héroes después de las fatídicas tandas –su compañero de selección Volkan Demirel, el ahora madridista Dudek o el portugués Ricardo.

Esa es la primera impresión que deja el partido. La segunda viene tras una breve observación. En el descanso de su segundo partido en esta Eurocopa, Turquía estaba fuera, con las maletas por hacer para regresar a casa. Ahora mismo, está en semifinales, con la moral más alta después de cada partido; no por el qué sino por el cómo. Tras el gol postrero de Arda Turan contra Suiza y el ejercicio de creencia demostrado ante Chequia, pensábamos que un mismo equipo de fútbol ya no nos podía enseñar nada más, que en el libro de los milagros Turquía ya lo había escrito todo.

Al partido de ayer le sobraron 118 minutos –excluyendo, claro está, a Modric, que estuvo exquisito, cruyffesco por momentos, maradoniano incluso; la pena es que apareció con cuentagotas en un partido huérfano de talento. De hecho le sobraron los 120 –si acaso un balón enviado al larguero por Olic tras genialidad de Modric y algún chut envenenado de los hombres de segunda línea turca, pero poco más–, pero el caso es que en esos dos últimos se empezó a configurar la balanza psicológica del encuentro, esa que tan bien dominan los pupilos de Terim y que sería decisiva en la lotería final. Faltaba un minuto para que se cumpliera la totalidad de la prórroga cuando Modric llegó por los pelos a un balón que parecía perderse por la línea de fondo. Eso creyó Rüstü, que salió a proteger el balón. Al verse entre la portería y el crack croata, ya con el balón junto a la bota, el meta reculó. Mientras, el '14' centró para que Klasnic hiciera más grande su hazaña tras la operación de riñón. El balón entró tras tocar en Rüstü, que lo tocó a contrapelo. La selección ajedrezada se veía ya en 'semis'. Pero, ¿acaso alguien creía que con 3 minutos de alargue Turquía no seguiría creyendo? Con el tiempo cumplido –mientras Bilic pedía un cambio–, Rüstü envió el cuero desde su campo directo hasta el área croata, y tras un par de segundos de incertidumbre –y de falta de contundencia croata–, Senturk la empalmó directa a la escuadra de Pletikosa para después mandar callar a la afición balcánica. De locos. Bilic se mostraba entre atónito e indignado –sobretodo con Mejuto- con lo que veían sus ojos. A Croacia entera le parecía una película de terror. A los turcos les resultaba ya de lo más normal.

Luego llegó la tanda. La estupefacción de unos y la fe de otros acabaron por finiquitar la eliminatoria. Turquía ha llegado ya al penúltimo escalón. Su siguiente rival será Alemania. Eso ya les da igual. Lo único que les compete es seguir creyendo.

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jueves, 19 de junio de 2008

Balas en la recámara

Por Albert Valor


España siempre ha sido un país con tendencia a la crítica fácil. El día que Luis dio la convocatoria para la Eurocopa, hubo división de opiniones. Ya casi nadie discutía sobre la ausencia de Raúl, pero muchos echaban en falta a extremos puros como Capel o Joaquín, y Riera o Navas en segunda instancia. A última hora, el Sabio supo que no podría contar con Bojan. Eso, unido al mal tramo final de temporada realizado por el extremo manacorí, dio entrada a Sergio García y Cazorla en la lista final.

Aunque ahora extinguidas, hubo críticas respecto a la inclusión de este último. Que si ‘ya tenemos muchos como Cazorla’, que si ‘para llevarme a Cazorla me llevo Joaquín aunque no esté al 100%’… Zanjado el 'tema Raúl', por algo había que discutir. Pero parece que ya ningún detractor se atreve a alzar la voz. El asturiano ha tenido suficiente con dos ratitos y un partido de trámite para mostrar sus credenciales como revulsivo de lujo: capacidad de sobras para llevar el balón cosido a la bota, gran visión de juego, buen cambio de ritmo para romper entramados defensivos, incursiones tanto por el centro como por las bandas... Quizá el sistema de la Roja necesite un jugador polivalente y que a la vez se distinga en algo de los demás jugones.

Luego está Güiza, el hombre que un día decidió que cuando marcara un gol emularía a su ídolo Kiko Narváez. Cuando el mallorquinista estaba enrolado en las filas del Ciudad de Murcia, su presidente dijo en una ocasión: “Hemos fichado al delantero con más talento de España, pero también al más golfo”. El hombre se refería al idilio que el jerezano mantenía con la noche, puesto que en más de una ocasión llegaba con resaca a los entrenamientos. Poco se imaginaba el joven Dani que un lustro después estaría en un torneo internacional de selecciones, tras haber encontrado el equilibrio personal gracias al matrimonio con la antaño polémica Núria Bermúdez –que también es su representante–, una mujer que estaba más cerca de la farándula que del fútbol profesional cuando su esposo era un fiestero y que también le ha dado dos retoños –y van camino del tercero–. Pero así es la vida, y a veces las mezclas explosivas dan estos excelentes resultados.

Hoy Güiza está en Austria –apoyado en todo momento por su cónyuge– tras haber completado una campaña espectacular con el Mallorca, que además le ha encumbrado como pichichi –27 goles–. No ha debutado en el torneo hasta que se ha resuelto la clasificación, pero de no ser por las exhibiciones del Guaje, puede que muchos hubieran pedido su entrada, porque si algo asegura el arquero actualmente, es gol. Y compromiso. Que nadie olvide que prefirió debutar como internacional en un amistoso antes que ver nacer a ¡su hijo! Atentos, porque si nuestra dupla no tiene el día –Dios no lo quiera–, puede tener su momento.

Otro tema es el de la media. Quizá sea esta la zona más definida del equipo, ya desde la fase de clasificación. Pero si algo le falta a esta medular, más allá de si hay que discutir la facilidad para entrar por las bandas, es el atrevimiento a chutar de lejos. Y hoy Xabi Alonso y De la Red nos han demostrado que descaro para ello precisamente, no les falta. Sensacional el remate a bote pronto de Pumuki para empatar el duelo –también sensacional la dejada de Güiza, y eso que su mejor arma es el gol–. Además, sería una baza importante para el juego aéreo. No creo que Donadoni lo tenga muy estudiado. De Xabi hay poco que decir en ese aspecto, no vamos a descubrir ahora su facilidad para el zapatazo después de sus años en Anfield y en su casa de Donosti. Hoy ha dado varias muestras de su repertorio.

Luis ha recibido muchas críticas desde que está en este banquillo y se le puede acusar de muchas cosas. Pero al César lo que es del César. Él ha sabido ver el talento de muchos jóvenes emergentes y ha llevado de forma equilibrada el cambio generacional al combinado nacional. Si ha dejado algunos fuera es porque hay que llevar a 23. No a 45. Se puede ganar o perder, pero lo que seguro tenemos son mimbres para dar la cara. Y acabo: no es por desmerecer a Capdevila, está haciendo un papel aceptable, pero el momento de forma que vive Navarro es sensacional. Lo de los centrales es otra cosa.

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miércoles, 18 de junio de 2008

El verso libre contra el teletipo

Por Cristian Naranjo


España e Italia son dos países acostumbrados a mirarse de cerca. Muy próximos geográficamente, no son escasos los paralelismos históricos, sociales, culturales y económicos que mantienen. El fútbol de selecciones tampoco es ajeno a esa longeva relación. Desde 1920, la Roja y la azzurra se han enfrentado en 9 partidos oficiales –Juegos Olímpicos, Mundiales y Eurocopas– y 18 amistosos. El balance de victorias es abrumador a favor de Italia en los grandes torneos: seis victorias por una de España –1920, JJOO de Amberes, casi en la prehistoria. Con cuatro trofeos mundiales y uno europeo en sus vitrinas, la capacidad de los transalpinos a la hora de batirse el cobre está más que probada.

Para los jóvenes que nacimos a mediados de los ochenta, USA '94 supuso nuestro primer contacto con las desgracias de la selección. Yo tenía 9 años y el fútbol aún no formaba parte de mis prioridades. Me recuerdo junto al televisor a la hora del partido, tras haber apurado hasta la noche un intenso día de piscina. No tengo presente el gol de Caminero. Sí el de Baggio. Sí la sangre de Luis Enrique sobre el blanco perla de la segunda equipación. En suma, sí la impotencia. La misma de todas las decepciones posteriores.

Catorce años después, España vuelve a verse las caras con Italia, la squadra azzurra de toda la vida, con su concepción del fútbol a medio camino entre lo admirable y lo mezquino. Como siempre ha llegado a la cita sin encandilar, a trompicones y generando dudas a periodistas y aficionados. Pero ya la tenemos aquí. Con su Panucci, su Luca Toni, su Buffon y su Donadoni, que en el '94 estaba en el campo y ahora está del otro lado de la línea de banda.

La selección italiana es criticada y odiada porque siempre busca sacar el máximo provecho de la mínima propuesta. En un ejercicio de negación de los propios azares del juego, la azzurra suele destruir mucho más de lo que produce. Se trata del famoso catenaccio, un concepto tan arraigado en la selección como en el calcio; un fútbol en las antípodas del de Brasil y Holanda. Lo cierto es que siempre jugaron y ganaron así, con lo que tienen motivos para seguir cultivando su dañino modelo. Pero que no cuenten conmigo para la causa. Yo soy de Iniesta, no de Perrotta.

De hecho, el contraste de estilos está servido en la zona ancha: De Rossi, Ambrosini, Aquilani, Perrotta y Camoranesi frente a Senna, Xavi, Iniesta, Silva y Cesc. No voy a perder tiempo en pronósticos. Es un duelo en las alturas: o cal o arena, o azul o rojo, o tú o yo. Los contendientes se conocen a las mil maravillas. Saben a qué hora y para qué están citados. Hay muchas cuentas pendientes de ser saldadas. Es tradición contra ilusión; guerreros curtidos contra imberbes descarados; el fútbol de toque contra el directo; el verso libre contra el teletipo; rosas y revólveres. La camada de Luis tiene lo propio de los poetas, excelsos cuando encuentran la inspiración y condenados a sufrir ante el blanco nuclear cuando se desconectan. Lo contrario es Italia, un revólver que te mata si te giras, una batería de teletipos: un fútbol pragmático, uniforme y repetido en serie. Se trata de la belleza del juego contra la pura mercancía. Hasta ahora ya sabemos quién se impuso, pero hay que volver a dirimirlo. Va a ser un choque a cara de perro en cualquier caso. El verbo ágil se ha de imponer a la proteína. Es un España-Italia en los cuartos de una Eurocopa. Palabras mayores.

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La importancia de 'San' Buffon

Por Albert Valor


Lubos Michel y Massimo Busacca pitaban casi al unísono el final del Francia-Italia y del Holanda-Rumanía, respectivamente. Al final no hubo tongo rumano-holandés. Italia estará en cuartos. Y lo estará porque el cuadro que dirige Van Basten ―que jugó muchos años en el calcio― no tuvo pensamientos de futuro ególatras y sí amor por el fútbol, y resolvió en el segundo tiempo con un once plagado de suplentes pero no por ello poco competitivo. A todos nos gustaría que nuestra delantera reserva la formaran Robben, Huntelaar y Van Persie. Por otro lado, está claro que en Italia todo el mundo se acuerda ahora del penalti que San Buffon le paró a Mutu el pasado viernes.

El partido empezaba ya segundos antes de que el trencilla pitara, y en el duelo de los himnos, Italia tomaba ventaja, sobre todo por el ímpetu con el que Talentino entonaba el final, ese 'Siam pronti alla morte L'Italia chiamò' que dejaba a La Marsellesa en un canto de segunda fila.

Todo esto pareció un presagio, ya que a los 7 minutos Francia se quedaba sin el único hombre capaz de cambiar el ritmo del partido. Franck Ribéry se lesionaba solo después de cometer falta sobre Zambrotta y dejaba su puesto a Nasri, que debía ejercer de Mesías entre tanto músculo. Demasiada presión para el joven de origen argelino. Sin quererlo, Domenech, que había cambiado a media defensa, había hecho ya el relevo generacional que tanto pedía la afición gala. Sólo Makélélé y Henry representaban a aquella vieja guardia que tanta gloria dio a nuestros vecinos.

Poco después, el equipo del gallo empezaba a doblar la rodilla. Corría el minuto 24 cuando Abidal, de improvisado central, cometía penalti sobre un Toni que demostró que un buen delantero no sólo es decisivo por sus goles. No sólo forzó la pena máxima, sino también la expulsión del lateral culé. Segundos después, Pirlo anotaba mientras Buffon, girado hacia la grada, no quería mirar. No recordaba que detrás de su portería ―la misma en la que cuatro días antes había rescatado el último aliento italiano― estaba una de las pantallas del Letzigrund, así que también lo vio en directo.

El pobre Nasri, que había sustituido a Scarface 15 minutos antes, se tenía que volver a sentar en el banco para que la entrada de Boumsong reestructurara la defensa. Demasiados desajustes para un equipo ya de por sí confundido y que ahora debía jugar con uno menos.

De aquí al descanso hubo más bien poco, si acaso un chut de Henry que se marchaba cerca del poste y una falta botada por Grosso ―provocada por un De Rossi que aprovechó la oportunidad para reivindicarse como todocampista muy fichable― que sí pegaba en la madera. En ese momento, en el otro duelo, Codrea enviaba al limbo una ocasión cocinada por Mutu. Tras un último achuchón francés, Michel enviaba a los contendientes camino de los vestuarios. No significaba que por andar escaso de fútbol de alto postín, al partido le faltase emoción, más que nada por lo que se jugaban los dos gigantes contendientes.

Al poco de reanudarse el choque, mientras Italia veía que si llegaba a cuartos, además de Pirlo, perdería a Gattusso ―ambos por acumulación de tarjetas―, Huntelaar avanzaba a los Oranje en el otro duelo. A los 61', tras el lanzamiento de una falta, De Rossi hacía el 2-0 después de que el cuero rebotara en la barrera. Italia veía factible, después de nueve enfrentamientos y treinta años, volver a ganar a les bleus en el tiempo reglamentario.
Pero cuando parecía que Francia se empezaba a despedir de la Eurocopa con un fútbol lento, cansino y previsible, Benzema hacía volar a Buffon para que la extremaunción de los suyos fuera con la cabeza alta. Las noticias que venían de Berna seguían siendo satisfactorias para los azzurri, puesto que Rumanía no podía con los suplentes de Van Basten.

A los 81', Donadoni quitaba a Gattusso y daba entrada a Aquilani para que el romanista se fuera aclimatando a la posición que ocupará desde el inicio contra la Roja. No sería de recibo celebrar las ausencias de Andrea y Genaro, puesto que si los transalpinos juegan el domingo con Aquilani y De Rossi, que sustentan a la media más jugona del calcio junto a Perrotta –que también podría ser de la partida―, más Ambrosini haciendo de perro de presa, Italia seguirá contando con una medular de garantías.

Mientras el grupo de la muerte agonizaba, Van Persie ponía la puntilla a Rumania para que la parte azzurra ―que no azul― del estadio Letzigrund de Zurich empezara a festejar el pase a cuartos. Corría el minuto 86. Pero aquí no habría milagro al estilo turco, ni héroes ni villanos de última hora.

Habrá duelo hispano-italiano en cuartos. Villa querrá ganar por Lucho. Casillas y Buffon se medirán por un lugar en el olimpo de los '1'. Habrá duelo de Santos. Y en la media, por exigencias del guión, de jugones.

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lunes, 16 de junio de 2008

Y Turquía sigue creyendo

Por Albert Valor

Hace unos días hablaba con unos amigos de la alarmante falta de goles, emoción y buen fútbol en esta Euro’08. Hoy me tengo que callar. Es posible que, más allá de los buenos momentos que nos han regalado Portugal, Holanda y España, haya visto, concentrado en 20 minutos, todo lo que no he visto durante toda la temporada; la porción de fútbol más pura en lo que llevamos de Eurocopa. Turquía, que se veía en la calle, ha apelado a la pasión que lleva su gentilicio para dejar fuera a los checos a base de ímpetu, fe y calidad, sobre todo la de un Nihat que se iba a ir de vacaciones con más pena que gloria y que se ha convertido en héroe en 3 minutos. Empieza a ser el del Villarreal.

Teniendo a sus órdenes a una de las peores defensas del campeonato, Fatih Terim habrá pensado que ya daba igual perder por 2 que por 4 y ha lanzado a sus chicos al ataque quemando todas las naves. En estos últimos minutos hemos vivido de todo. Fútbol en estado puro: errores de bulto, golazos, destellos de calidad, detalles feos ―como el de Demirel con Koller― y sobre todo, la pasión con la que 22 jabatos, 11 por cada bando, defendían a su patria con el cuchillo entre los dientes. Eso que quizá le falte a España.

El partido se ha decidido, no obstante, por un simple detalle: la creencia en uno mismo. En este caso la creencia de un equipo, de todo un país que vive el fútbol como una religión, en sí mismo. Allá por el minuto 60 Plasil anotaba, tras una triangulación perfecta de los centroeuropeos, el 0-2. Koller había hecho el primero antes del descanso. Los checos ya se veían en cuartos e incluso Polak pudo finiquitar el encuentro, pero su disparo pegó en la madera. Aún así, Turquía seguía creyendo. Un cuarto de hora después, Arda Turan, uno de los tapados del torneo y que ya fue héroe hace 4 días frente a Suiza, recortaba distancias. Los checos se echaban entonces atrás para contener los ataques otomanos. Turquía, por su parte, seguía creyendo. A los 88’, Nihat, tras un error garrafal del gran Cech, empataba el partido. Las radios y las televisiones de medio mundo ya anunciaban los morbosos penaltis, los primeros en la historia de una Eurocopa en su primera fase. Cech pensaba ya en redimirse con los 11 metros mediante y algunos de los jugones checos ya veían inevitable emular a su gran antepasado futbolístico, Antonín Panenka, para salvar los muebles. Pero Turquía seguía creyendo. No le bastaba con haber forzado los penaltis. Y tan grande fue el corazón de los turcos, que al final Nihat la rompió en un mano a mano con el meta del Chelsea, resuelto de forma inapelable.

Fue entonces cuando Chequia, un tanto superada por los acontecimientos, se lanzó al ataque para volver a igualar la balanza, la del electrónico y la psicológica. Pero ya era demasiado tarde. Turquía había creído demasiado como para venirse abajo. Tanto, que a Volkan no le importó tocarle la cara a Koller para dejar a los suyos con diez, y a Tuncay rezando bajo los palos de improvisado cancerbero. Un minuto después, se confirmaba la hombrada. Después de creer hasta el final, Turquía alcanzó los cuartos y la gloria del que nunca desfallece. La República Checa, un buen conjunto pero que ha sido algo rácano en este europeo, se va a casa porque le faltó tesón y le sobró conformismo en los minutos decisivos.

El buen fútbol es como la pasión, siempre vuelve a nuestras vidas. Y hoy toda Turquía, el final de Europa o el principio de Asia, empezando por Nihat y acabando por Volkan, pasando por Fatih Terim o por los que estaban en la grada, todos, nos lo han demostrado. Ahora les espera Croacia, una selección que, con el toque rockero de su entrenador Slaven Bilic, juega ―y lucha― los 90 minutos. Pero Turquía sigue creyendo.

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