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miércoles, 8 de junio de 2011

Obrigado

Por Albert Valor

Ayer se fue definitivamente la bomba nuclear con botas, que diría Segurola. La manada, que diría Valdano. Aún se recuerdan tus primeras estampidas en España. La celebración del avión, coetánia a la del zaragocista Rambert, forma parte ya del museo de las delicias. Eres leyenda, Ro.


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lunes, 22 de marzo de 2010

Se acaban los calificativos

Por Albert Valor

'Messirato'. 'Infinito Messi'. 'Messi, patrimonio de la humanidad. Todos los equipos del mundo deberían poder disfrutarlo al menos durante un partido'. 'La dictadura de Messi'. Esos sean, quizá, los titulares más originales que se han escrito sobre el incalificable '10' del Barça. Vaya por delante que el cuadro de jugadas que nos brindó el azulgrana no se da siquiera en construcciones oníricas. Es imposible incluso soñar con algo parecido. Y la verdad es que tanto hechizo acumulado, tanto en tan poco tiempo, va a secar las plumas de todos los redactores y se va a acabar cayendo en enunciados ordinarios.

Le escuchaba decir el otro día Santiago Segurola que la principal cualidad de Messi es sorprender. Sorprender al rival. Sorprender al público. Sorprendernos a todos. Cuando ya creíamos que el gol a los ingleses era cosa exclusiva de Diego Armando Maradona, llegó Leo para sacarle la mejor fotocopia -incluso anotó unas semanas más tarde uno con la mano-. Cuando aún no le veíamos como un especialista en el juego aéreo, marcó un gol de cabeza en una final de la Copa de Europa. Cuando creíamos que el guante lo tenía en la zurda, ayer nos descubrió que tiene otro en la testa y, sin saltar, cabeceó con dulce de leche, como a cámara lenta, un centro no menos liviano de Pedro. Y, por si no era suficiente, nos dejaba otra obra de arte en el 0-2. En Rac1 se acordaron de Ronaldo y de su gol al Compostela. Olía a desenlace el gol que completaba el hat-trick diez minutos después. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque sea la realidad de Messi. Tras dos chispazos zaragocistas, el argentino cercenó la remontada maña provocando un penalti.

Petón decía en la Ser que nunca vio una actuación tan completa de un futbolista en un partido. Que si la prensa deportiva puntúa a los jugadores sobre 3, él le pondría un 6. Y todo esto, con un flemón. Y como de citas célebres va la cosa, ahí queda la de Alfredo Relaño en su columna de hoy en As: "Messi sería bueno hasta con apendicitis". La verdad es que todo ello colma los límites de esa realidad tan vulgar que vive por momentos la Liga española. Dos tripletes en competición doméstica en una semana y, entremedio, la exhibición europea ante el Stuttgart.

Parece que el fin de semana ha sido monopolio de Messi. Parece difícil hablar de otra cosa. Pero en PLF sacamos pecho por otro personaje que nos dejó el duelo de La Romareda. Se hablaba antes de esa remontada abortada por el rosarino. Una reacción que tenía nombre y apellido. Adrián Colunga, que apenas jugó media hora, tendrá el honor de decir que marcó dos goles en aquel encuentro. Aquél que aún elevará el recuerdo de Leo Messi dentro de tres o cuatro décadas, cuando los abuelos expliquen batallas a los nietos. El asturiano mostró ayer que habitar a la espalda de las defensas y romper fueras de juego es para él un modo de vida. Su estilo para hallar el gol, sutil y eléctrico a partes iguales, tendrá pronto un reconocimiento en la elite. Mientras, la Liga seguirá viviendo del presunto hijo de Dios. 'Messirato', titulan algunos. Una fantasía. Un mito. Y viviente.

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viernes, 11 de septiembre de 2009

Íntimo y personal

Por Cristian Naranjo

Llevo siguiendo al Barcelona desde el 20 de mayo del '92, aunque de Wembley sólo recuerdo el destello de la indumentaria oranje. Tenía 7 años. La televisión quedaba a varios metros de la cama y el sueño me venció. Quizá me desvelara el gol, pero no podría asegurarlo. Tras proclamar al Barça campeón de Europa por vez primera, el Dream Team continuó en pleno apogeo y me enganchó definitivamente en el '94, con el memorable 5-0 al Madrid. Aquel histórico repaso, indeleble para todos por el coletazo de Romario a Alkorta, me inyectó para siempre el fútbol en las venas. O Baixinho era la estética al servicio del gol, y Laudrup la elegancia que le completaba. El deporte rey no ha vuelto a generar un bazooka como el de Koeman, mientras que a Stoichkov siempre lo idolatré por su raza. Guardiola era lento, enclenque y débil, pero jugaba con el kit del delineante: compás, escuadra y cartabón. El actual técnico trazaba la geometría de un equipo gourmet, donde los foráneos marcaban la diferencia. Aquel Barcelona se diluyó por sorpresa en Atenas, y la marcha de Cruyff tuvo tantos defensores como detractores. Fue Sir Bobby Robson, ya en el '96, quien acudió a enyesar aquella fractura social. Núñez no escatimó en gastos y le regaló al jugador más caro de la época. Ronaldo se convirtió bien pronto en el estandarte de aquel fugaz proyecto. El astro sólo disputó una temporada de azulgrana, pero tuvo tiempo de causarme el asombro equivalente a un siglo. Mi abuelo siempre comenta que no había visto nada parecido desde Pelé. Yo rallé la cinta de sus goles y lamenté la pérdida con la nostalgia propia de lo que pudo haber sido. Nunca entendí aquella venta.

Se dice que los clubes están por encima de cualquier jugador. Es cierto que a pesar de todo el Barcelona no se detuvo. Pero quedó huérfano de embrujo. Sin Ronaldo, como escribió Sabina, la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Tras el 'Fenómeno' han triunfado con rotundidad Rivaldo, Figo, Ronaldinho, Eto'o y por supuesto Messi. El salto cualitativo sigue corriendo a cargo de los extranjeros, aunque la cantera ha evolucionado hasta el punto de producir primeros espadas. Iniesta, Xavi e innegablemente Messi tienen hoy en día una categoría reconocida a nivel mundial. La historia reciente demuestra que Barcelona es el ecosistema propicio para incubar a los mejores. No hay duda de que nací en el momento y el lugar idóneos para degustar buenos manjares. Pero no es menos cierto que me perdí a Kubala y a Luis Suárez; a Di Stéfano, Gento, Puskas y Kopa; a Eusebio; a Pelé, a Garrincha y a Zico; a Beckenbauer; a Platini; a Sir Bobby Charlton y a George Best; a Cruyff y a Van Basten. Y también a Maradona. A cambio he disfrutado de una saga de brasileños incomparables, de jugadores de casta y genio a los que realmente he idolatrado, y de una cantera exquisita. Paralelamente, en Madrid también han explotado grandes futbolistas que he seguido con atención. Los primeros años de Raúl fueron deslumbrantes. Roberto Carlos era una especie única. Zidane simplemente bailaba claqué. Sobre aquellos que sentaron cátedra en el pasado, ya sea aquí o en el extranjero, apenas puedo opinar. De la humilde porción de fútbol que he consumido en 15 años, me quedo con el temperamento de Stoichkov, Luis Enrique y Eto'o. Con la pareja de ases que formaban Rivaldo y Figo. También con Ronaldinho. Por supuesto con Guardiola, Xavi, Iniesta y Messi. Pero por encima de todos ellos, con enorme diferencia, siempre estará aquel Ronaldo venido del espacio exterior.

En la actualidad, dejando al Barça de lado, hay otros jugadores jóvenes y/o consagrados que me fascinan. En Italia, Alexandre Pato destaca sobre el resto. Es técnico, rápido, potente y versátil. Le sobra talento para derivar en figura mundial. El estado de su equipo y Dunga ya son harina de otro costal. De Alemania es imposible no señalar a Ribéry, que engrosará la nómina de galácticos en 2010, y al paraguayo Haedo Valdez, que la pasada madrugada le hizo un roto aún mayor a Argentina. De la Premier me quedo con el talento puro de Arshavin y la prematura veteranía de Fàbregas. Con la fantasía de Robinho y la suavidad de Adebayor. Con la velocidad de vértigo de Defoe y la calidad que esconde Modrić. Con la jerarquía de Rooney, la pegada de Valencia y todo lo que apunta Macheda. Y qué decir de la Liga, que este verano ha disipado cualquier duda sobre su estatus: Kaka', Xabi Alonso y Granero son garantía de calidad; Villa, Silva, Banega y Mata, todos juntos, equivalen a mimbres de categoría; Kanouté y Luis Fabiano ya son tiradores clásicos del campeonato; De Marcos en particular y el Athletic en general son mi apuesta personal; Nakamura asegura último pase para el Espanyol, mientras que Ben Sahar tiene buenos detalles. Y en el Atlético, Forlán y Agüero contra el mundo. Nunca dos delanteros tan brutales habían formado parte de un once tan maloliente. Asenjo ha sido un hallazgo, pero la línea defensiva tiene más huecos que un jersey de punto. El centro del campo conduce directamente a la depresión.

Aunque su plantilla no dé para más, Abel Resino pasa por ser el peor entrenador de Primera. Por no hablar de propietario, presidente y secretario técnico, que han vuelto a convertir el club en un polvorín. Con todo y con eso, Forlán y Agüero se bastan para competir. Clasificaron al equipo para la previa de Champions y lo han colocado en la fase de grupos. No se le puede pedir más al mejor dúo atacante de Europa. Tener a Forlán supone un contrato vitalicio con el gol, porque domina por igual el arte del desmarque, el posicionamiento y el remate. Es fuerte, potente, va fenomenal por alto y tiene un revólver en cada bota. Sin embargo mi debilidad es Agüero. Messi, Kaka', Iniesta y Xavi son un lujo para los sentidos. Son jugadores prêt-à-porter. Pero ninguno llama tanto mi atención como lo hace Agüero. El Kun tiene demasiados días grises porque casi nunca se generan huecos para él. Ni en el Atlético ni en la albiceleste. Puede asociarse con Forlán o Messi, pero de nada sirve sin gozar de espacios y un buen pasador. Lo que distingue al Kun es que cuando aparece acostumbra a hacer ruido. Sus conducciones y recortes siempre llevan electricidad y encabezan su repertorio. Son esos enormes recursos técnicos los que le permiten fabricar un pase peligroso o inventarse una maravilla de la nada. Siempre que puedo sigo al Kun con la esperanza de ver en directo alguna de sus gambetas. Desvalijados como están sus equipos no suelo obtener premio. Anoche me llevé otra desilusión con el Paraguay-Argentina. Salió de titular pero nunca conectó con Verón. A la 'Brujita' ya no le alcanza el físico para ser el enganche que pide a gritos la delantera argentina. Si algo caracteriza a Agüero es que jamás se esconde. Es más, suele aparecer en los días señalados. Madrid, Barça y Panathinaikos pueden dar fe. Al sucesor de Romario sólo le falta saltar a un grande para hacer buena la comparación. Del mismo modo que Torres encontró su mejor nivel emigrando a Liverpool, Agüero sólo sacará lo mejor de sí mismo cuando fiche por un equipo exquisito y ganador.

Como no se cansa de repetir el gran Joaquín Caparrós, el fútbol es de los futbolistas. Ellos originan el espectáculo y la pasión por unos colores. Cada club tiene su estandarte y cada país su jugador bandera. El aficionado también siente predilección por unas figuras u otras. El criterio es libre, y la mochila de favoritos ilimitada. Elegir un equipo también es condición sine qua non para el hincha. Todos nos debemos a un escudo. Son múltiples los factores que determinan una decisión que no tiene vuelta a atrás. La ciudad en la que se vive, el entorno donde se crece y la influencia de la familia suelen marcar la identidad del nuevo amante del cuero. El tiempo huye y la vida cambia. Algunos amigos no continúan el viaje. Por contra se incorporan otros. Por el camino también se pierden amores, y hay matrimonios que quiebran. El dinero dibuja parábolas. La salud va empeorando. Junto con la familia, sólo las propias convicciones permanecen. El nexo de unión entre el aficionado y sus colores no tiene fecha de caducidad. Cada cual escoge libremente su escudo y sus emblemas. La oferta es infinita, de modo que el mosaico de culturas está asegurado. Yo me decanté en los 90 por el Barça de Stoichkov. Vi en directo la hecatombe de Atenas. Me decepcioné con el fallo de Salinas y la contra magistral de Baggio. Gocé del Ronaldo original. Me identifiqué con Figo y lo maldije por su traición. Contemplé con asombro la impecable trayectoria de Rivaldo, así como la hechicería de Ronaldinho. Quedé prendado para siempre de Eto'o y en su ausencia no tengo más opción que seguir vibrando con el Barça de Guardiola. Siempre nos quedará el fútbol para mitigar la soledad. Esta ha sido la pequeña historia de una desmedida pasión.
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jueves, 9 de julio de 2009

El viejo Ronaldo; el Ronaldo de siempre

Por Cristian Naranjo

Aún resuenan los ecos de la fastuosa presentación de Cristiano Ronaldo. El acto, opulento hasta el ridículo, significó el aterrizaje en la Liga del nuevo primer espada de los galácticos. Uno de los símbolos más interesantes que se dio a conocer fue la elástica. En España, como en la Premier, Cristiano será simplemente Ronaldo. El detalle sería poco menos que anecdótico de no ser por el dorsal escogido finalmente por el portugués. El 9, asociado a la inscripción 'Ronaldo', pertenecía hasta el lunes en exclusiva a un futbolista de otra generación. Brasileño, delantero centro y dotado con el gen del gol. Ganó todos los premios individuales y colectivos ─incluido el Mundial─ a excepción de la Liga de Campeones. Su explosión como futbolista se produjo en el Barça, donde posiblemente firmó la mejor temporada de un jugador en la historia del club. Por entonces tenía más gol que nadie, más velocidad que nadie y más calidad que nadie. Él sólo llevaba la cadena de montaje hacia la portería. Daba igual donde agarrara la bola: el centro del campo no se le presentaba como un abismo. No en vano era potente como un bisonte y avispado como un gato. Efectivamente, se trataba de un espécimen único. Valdano le definió acertadamente como una manada. Su físico era el de un velocista: músculo y fibra a partes iguales. Tenía pinceladas del buen Ronaldinho, pero con menos fantasía y más contundencia. Dejó goles de filmoteca. Nadie olvidará su cabalgada en solitario hacia el marco del Compostela, pero no fue su mejor gol. Contra el Valencia y la Real Sociedad en el Camp Nou se confirmó como un prodigio racial. Era tan brutal, que nadie dudaba que se convertiría en el quinto grande: Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona y Ronaldo. Esa debía ser la relación. Tras agujerear defensas a puñados sólo con su potencia y su sentido del gol, el poder del dinero le llevó al Inter de Milán. A partir de ahí, nada sería igual. Ya convertido en multinacional, los defensas italianos masacraron su juego y una repetida lesión de rodilla lastró su carrera para siempre. Con todo, ganó una UEFA con un gol inolvidable en la final. No regateó al portero; lo quitó directamente. La acción fue estética y mortífera como el beso de una cobra.

Cuando llegó a Madrid ya no era el mismo. Su constitución física había cambiado, hasta el punto que pasó de tener un cuerpo atlético a ganarse con el tiempo el apelativo de gordito. Había perdido por tanto potencia y velocidad, pero le quedaba lo principal: cientos de balas en la cartuchera. Marcó infinidad de goles con suma facilidad y firmó una noche memorable de Champions en Old Trafford, de donde salió ovacionado. Fue ganando kilos y perdiendo capacidad de intimidación, hasta que fue traspasado al Milan en 2007. Tras una temporada decepcionante en San Siro, todos le daban por retirado. De hecho, se había lesionado gravemente y ya no era hábil para el fútbol al más alto nivel. Sólo le restaba una opción; volver al origen: Brasil. Fichó por el Corinthians alimentando su fama de traidor, pero todo fuera por recuperarse física y anímicamente. Unos meses después, Ronaldo parece otro. Continúa con los abdominales tapados, pero ha recuperado velocidad y alegría. Marca goles de bandera e incluso gana títulos siendo determinante. Anoche firmó un hat-trick como los de antes, con exhibición de velocidad, habilidad en el área y potencia de disparo incluidas. Después de todo, sigue siendo una bestia.

Contra el recuerdo de esa maravilla del fútbol tendrá que batallar Cristiano. Tiene a su favor la edad y las condiciones físicas. Técnicamente, tiene que aprender mucho del Ronaldo de siempre, cuyas acciones destacan por ser nocivas para los rivales. Cada bicicleta y cada recorte deben tener un sentido. Sin ser un goleador, Cristiano conseguirá tantos a granel, pero debe detectar que hace más daño solapado en la banda que en el centro. De momento ya ha manifestado que se siente más cómodo sobre la línea de cal, lo cual representa una declaración de intenciones. Todo dependerá de Pellegrini, un hombre reflexivo que a buen seguro sabrá exprimir las virtudes del portugués. La comparación del viejo Ronaldo con el nuevo está servida desde que Cristiano decidió ser CR9. Los dos han triunfado de jóvenes y han contado con un físico privilegiado además de haber ganado el Balón de Oro. Ambos tienen la potencia y la velocidad como sus mejores virtudes. Si Cristiano tiene gol, Ronaldo tiene más. En técnica pura, quizá gana el portugués, que lo tiene todo para marcar una época. De hecho su objetivo es ser el mejor jugador de siempre, por delante de los cuatro grandes. Es una aspiración casi imposible, pero que demuestra ambición. Le queda mucho por enseñar. Su primer referente no debe ser otro que el viejo Ronaldo, el Ronaldo de siempre.
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miércoles, 11 de febrero de 2009

¿Y si mi abuelo tenía razón?

Por Albert Valor


Mi abuelo, un respetable hombre que hoy tiene 84 años, me recordaba hace ya un tiempo, en las épocas en las que yo estaba empezando a amar este deporte que es el fútbol y él ya las había visto de todos los colores, que un día todo esto acabaría explotando por algún lado.

Eran las épocas en las que Ronaldo fichó por el Barça por 2.500 millones de pesetas, marcando todo un récord en un traspaso, allá por julio de 1996. Una operación que se vio superada en menos de un mes con el pase de Alan Shearer del Blackburn Rovers al Newcastle por 2.800 millones. Lo curioso es que un año después, esas cifras quedaron atrás, puesto que el mismo Ronaldo voló de Barcelona a Milán por 4.000 millones, más o menos la misma cifra que los azulgrana invirtieron en traerse a Rivaldo del Deportivo.

Tras un tiempo de tregua, más porque se invirtieron discretas millonadas en jugadores mediocres que por una verdadera calma en el mercado, en el 2000 se volvió a abrir la veda. Nada más acabar la temporada, Crespo cambió Parma por Roma para jugar en la Lazio del mecenas Cragnotti por unos 7.500 millones. Y en julio, llegó la bomba, un caso que aún hoy sirve de precedente en muchos contextos. Más allá de la traición que supuso para todos los barcelonistas que Figo recalase en el Real Madrid, casi de la noche a la mañana tras proclamar su estima por el club culé a los cuatro vientos, lo realmente histórico fueron las cifras de su traspaso. Florentino Pérez se hizo con el luso pagando los 10.000 millones de pesetas –o lo que es lo mismo, 60 millones de €- de su cláusula de rescisión.

[Al año siguiente, Zinedine Zidane marcó la cifra récord, unos números que aun a día de hoy no se han superado. El club de Concha Espina desembolsó 75 millones de € por el astro francés.]

En el momento en que vio a Figo presentándose como nuevo jugador merengue, flanqueado por Florentino y Di Stéfano, fue cuando el bueno de mi abuelo puso definitivamente el grito en el cielo. Después de haber visto como César -el jugador que más admiró en su juventud- pasaba del Granada al Barcelona por unos miles de pesetas, después de asistir a operaciones tan polémicas y llenas de misterio como las de Di Stéfano, tras ver como Maradona se convertía en el fichaje más caro del momento -1.000 millones de pesetas pagó Nuñez para traerlo de Boca-, tras indignarse por las cifras que movía Ronaldo, llegó el límite de su paciencia. Él –pese a ser granadino- sentía como todos los barcelonistas la traición del portugués, pero ante todo sentía vergüenza ajena y casi propia por ver que alguien estuviera dispuesto a pagar tales cantidades por un jugador. Aquel día, mi abuelo pronosticó que a este paso, el mundo del fútbol, esa esfera de representantes, intermediarios, clubes, televisiones e infinidad de implicados tal como lo conocemos hoy, acabaría desapareciendo o, en su defecto, reventando por algún lado. Quizá esto suene hoy utópico, pero los casos que poco a poco empiezan a invadir nuestro fútbol hacen que la situación, inimaginable hace poco más de un lustro, sea cada vez más insostenible.

Hace poco nos enteramos de que un histórico como el Club Deportivo Logroñés había desaparecido definitivamente tras algunos descensos administrativos en los últimos años -descensos que también han vivido otros como el Real Oviedo y el Club Polideportivo Mérida-. Todos ellos estuvieron no hace tanto en Primera División. También es conocido el caso del Levante, que descendió por deméritos deportivos, pero que actualmente aun adeuda a jugadores y ex jugadores de la plantilla una importante suma de dinero. Todo ello, desde hace unos dos años. Existen también casos como el de Real Sociedad, que tras su descenso a Segunda se mantiene a duras penas tras ajustar hasta el límite su presupuesto, o los del Espanyol y el Valencia. Estos dos se han endeudado al máximo, y todo para cumplir el sueño de su afición. Los pericos quieren dejar ya el insípido Estadio de Montjuïc, por lo que han construido un hogar a la inglesa que esperan les devuelva sus años de gloria. El problema es que el crédito que demandaron para la construcción del nuevo estadio les hace tener un tope, tanto salarial como a la hora de invertir en fichajes, por lo que cada verano la directiva se las ve y se las desea para poder reforzar el equipo con una mínima garantía. Parece, eso sí, que con la construcción de un centro comercial contiguo al nuevo campo, la deuda podría quedar saldada. En otro orden de cosas, tenemos al Valencia. La construcción del Nuevo Mestalla tiene al club endeudado, tanto que los jugadores ya tienen cobros pendientes. A estas horas, se rumorea incluso con que las obras se detengan por tiempo indefinido.

A todos estos casos, sólo citados brevemente y que tienen toda una historia detrás con sus damnificados debido a gestiones y/u operaciones que en su día se hicieron mal, hay que añadir otros, quizá los que tocan más de cerca a familias de la calle, gente como cualquiera de nosotros. Son todos esos casos que hay en Segunda B y Tercera División, categorías semiprofesionales –también se dan casos en competiciones más inferiores, como preferente y regional-, es decir, con jugadores que además del fútbol tienen otro sustento, pero que evidentemente, necesitan su ficha para llegar a fin de mes, y a los que se les adeudan cantidades importantes de dinero. Cada vez es más frecuente ver a futbolistas en huelgas de hambre o encerrados en su vestuario para reclamar lo que se les debe. Incluso hace poco tuve la oportunidad de ver a la mujer de un futbolista esposada al poste de una portería reclamando en nombre de su marido. Por lo menos, estas situaciones, siempre sacan lo mejor del ser humano.

Toda esta exposición sólo pretende ser una humilde estampa que muestre la desangelada situación en la que está desembocando nuestro fútbol y el tsunami en el que puede acabar convertido todo. Puede que la previsión que hizo un día mi abuelo se acabe cumpliendo. Esperemos que no. ¿Qué haríamos sin fútbol? De momento, bastaría con poner algo de sentido común para frenar la sangría. De momento, me bastaría con no volver a escuchar que un equipo de fútbol quiere derrochar 100 millones de € por un futbolista.

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martes, 4 de noviembre de 2008

Vidas paralelas

Por Albert Valor

Hoy juega el Barça contra el Basilea, el equipo que aglutina sus orígenes, pero dada la (teórica) poca trascendencia que suscita dicho encuentro, doy paso a un artículo que llevaba ya tiempo en la nevera. Allá por julio lo iba a titular como ‘El infravalorado Barça de Robson’. Sir Bobby anunció por aquel entonces que el cáncer está pudiendo con él tras la larga lucha que mantiene con la enfermedad desde 1991, y decidí recordar el maravilloso espectáculo que nos regaló hace 12 temporadas.

A caballo entre el Dream Team y el Barça de Van Gaal, el Camp Nou tuvo la ocasión de disfrutar en la temporada 96-97 del Barça de Sir Bobby Robson, un equipo que a veces parece -como aquellas generaciones vacías que surgen después de las grandes guerras- que no existió. Como si aquel año el barcelonismo hubiese estado en un agujero negro. Casi no se habla de él. Y en un año ganó tres títulos: la Supercopa de España, la Recopa de Europa y la Copa del Rey.

Quizá su gran problema fue tener por delante al Real Madrid de Fabio Capello en la competición doméstica. Los blancos campeonaron con 92 puntos, 2 más que los azulgrana. Puede parecer récord de puntuación, y lo fue, pero cierto es que aquella fue una Liga de 22 equipos y en la que por tanto, se disputaban 42 jornadas.

Puede que uno de los únicos puntos que siempre se recuerda de aquel equipo sea Ronaldo. A mis 22 años, puedo decir que aquel dentudo jovenzuelo es lo mejor que he visto sobre un terreno de juego. Aún recuerdo el día en que, en el Multiusos de San Lázaro, partió desde su propio campo por la parte izquierda, se zafó de todos los contrarios que le salían al paso mientras se iba hacia el centro a medida que se acercaba al área. Una vez allí, fusiló al portero mientras caía al suelo. Luego Robson se llevó las manos a la cabeza. Aún se me pone la piel de gallina cuando lo veo en video. O también cuando le hizo un hat-trick al Valencia de Aragonés, que aún se está preguntando como pasó entre Eskurza y Otero. Como diría Segurola, Ronaldo era ‘una bomba nuclear con botas’ por aquel entonces.

Podríamos hablar mucho de Ronaldo, pero la verdad es que él era simplemente la guinda de un equipo –a mi juicio- muy bien construido. Y construido además en un solo verano. En la portería, se fichó a Vítor Baía –quizá uno de los puntos más débiles del equipo-, un díscolo guardameta con calidad pero algo esperpéntico. La defensa seguía con algunos vestigios del Dream Team, como los laterales Ferrer y Sergi, y Nadal y Abelardo en el centro de la zaga. Además, se fichó a Fernando Couto y Laurent Blanc. El francés, pese a estar sólo una temporada, acabó reivindicándose como un perfecto marcador con un clase exquisita. En el mediocampo, Popescu solía hacer de cierre, mientras la visión de juego de Guardiola y De la Peña iniciaba la creación del juego. Guillem Amor, Roger García o Amunike –de otro corte diferente al de los demás- eran recambios de garantías. En las bandas se contaba únicamente con un especialista –Figo-, pero la polivalencia de hombres como Giovanni o Luis Enrique –recuperado para la causa tras ser repudiado en el Real Madrid-, daba mucha llegada y pegada al equipo. Y como es bien sabido, Ronaldo era la punta de lanza, aunque no se puede olvidar la aportación anotadora de Juan Antonio Pizzi –“¡Qué bueno que viniste macanudo!”-. Stoichkov, de vuelta de las catacumbas del Calcio, tuvo esa temporada un papel discreto.

Ver jugar a aquel Barça era un espectáculo, quizá no tanto por el juego de toque como por la efectividad y el juego directo que aplicaban sus componentes. Se podría decir que el entrenador británico dotó a los suyos del estilo de juego que se imprime en la Premier League. El Barça casi siempre marcaba, pero a veces sus goles no cabían en el electrónico: 4 en el antiguo Villamarín, 5 en el Manzanares, 6 al Rayo en el Camp Nou… y 8 al Logroñés, entre otras goleadas. Pero sobre todas ellas, hubo una que brilló con luz propia: la victoria por 5-4 en la vuelta de los cuartos de final de la Copa del Rey ante el Atlético de Madrid tras remontar un 0-3.

Pero a parte de esa gesta, hay que destacar el 8-0 contra el Logroñés, porque en ese partido, el soci, particular donde los haya, sacó pañuelos y silbó al equipo. El problema era que a esas alturas, tras el fin de la época dorada de Cruyff en el banquillo, se tachó a Nuñez como culpable de todos los males y se quería acabar con una presidencia casi vitalicia. El problema era que un grupo comprometido y resolutivo estaba pagando los pecados que acaecían en el palco. Aún así, Robson y los suyos consiguieron tres copas en tiempos de cólera.

Y empezando las comparaciones con aquel Barça y el de hoy, atentos, porque es difícil que la grada la tome con un técnico de la casa como es Pep y con un equipo lleno de canteranos, pero que nadie olvide que en verano Laporta fue invitado a marcharse por más del 60% de los que votaron en la moción contra la junta.

Pero no llamemos a los malos tiempos. Para ver las similitudes entre el Barça 96-97 y el de hoy no hace falta fijarse en el palco. El Barça 08-09 es el primero sin holandeses precisamente desde el que entrenó Robson. Además, nos hemos de remontar también hasta aquel Barça para ver un inicio goleador tan apabullante: si este año el Barça ha anotado 28 goles en las 9 primeras jornadas, antaño fueron 30, en una temporada que acabó con 102 en el casillero. Estaría más que bien rozar el centenar esta vez, recordemos que aquel curso se disputaron 42 jornadas de liga –fue la última liga de 22 equipos-.

Este desenfreno goleador se debe a muchos motivos, que además se pueden aplicar en ambos casos. Es muy importante la llegada de hombres de segunda línea (Xavi e Iniesta durante este curso, Luis Enrique o Giovanni hace doce), pero también es imprescindible que los atacantes anoten muchos goles (Ronaldo marcó 34 goles en liga y 47 entre las 3 competiciones y también fueron importantes los 16 de Pizzi, suplente de lujo; mientras que Eto’o ya lleva 9 goles en 9 partidos de Liga, más otros 6 de Messi; no olvidemos la aportación de Henry y Bojan). Como decíamos, Sir Bobby dotó al equipo de una habilidad especial para definir las jugadas de estrategia, igual que Guardiola lo ha hecho con un equipo que ya ha conseguido 3 goles de falta directa y 4 más en jugadas a balón parado. Siempre he pensado que los equipos grandes –sobretodo en España- sólo tienen un pero: entrenar más las jugadas de estrategia. Imagínense un equipo con el potencial del Real Madrid o el Barcelona aprovechando la estrategia como el año pasado lo hacía el Almería de Unai Emery. Ojo que si esté Barça mantiene el tono en todas las facetas del juego puede igualar –o incluso superar- los títulos que logró el de Robson –sin contar la Supercopa de España, puesto que ni siquiera la ha disputado este año-.

Y aunque, como en aquel magnífico 97, no se consiga el título doméstico y sí el europeo, estoy seguro que la afición recibiría con los brazos abiertos la tercera Champions en la historia del club.

PD: También estaría bien que ante tanto gol, Abidal, único jugador del primer equipo que no ha marcado ni un sol gol en toda su carrera en un partido oficial, aproveche el momento para estrenar su cuenta.

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