jueves, 31 de mayo de 2012
A propósito de 'Ibi'
viernes, 16 de julio de 2010
Sudáfrica 2010: España encuentra su primera estrella. Así se hizo.
3 de julio. Sábado noche. Acabábamos de liquidar, no sin apuros, a la incómoda Paraguay de Gerardo Martino. 1-0. Gol de Villa en el 81'. En el 58', Casillas paró un penalti. Era momento, pues, de festejar el pase a semifinales, hito histórico de la selección en los mundiales. Pero, cómo celebrar algo tan preciado, cuando se tiene tan cerca y a la vez tan lejos. Cómo recaer en la trampa de soñar despierto, tras casi un siglo mordiendo el polvo. Cómo calcular las distancias, la medida de las pulgadas, cuando el terreno es ajeno a lo humano. Por qué beberse la pista de baile a martillo –me preguntaba–, si al fin y al cabo no existen en el fútbol los cimientos; si nadie paga luego la cuenta de doña decepción y don remordimiento.
Como todos los juegos que molan, el Mundial está lleno de castillos en el aire y puertas secretas, que conducen a princesas que siempre se llaman Daniela. Ni siquiera Super Mario, en el tajo desde el '81, tiene respuesta a tanto acertijo. En cuanto a mí, a cuatro noches de batirnos con Alemania, preso de la sed de estrellas, no se me ocurrió nada mejor que tratar de adivinar lo que estaba por venir. Error. O no. Todo depende de quién sea el coyote, y quién el correcaminos.
Lo primero en que pensé fue en la frase de Maradona que rescaté de por ahí: "Siempre queda una pelota para la epopeya". No cabía esperar menos de un duelo contra la todopoderosa Die Mannschaft –'el equipo'–, que llegaba a la cita como flamante sensación del torneo y con la robótica mejorada respecto a 2008. Es cierto que Joachim Löw perdía por sanción a Thomas Müller, su Mazinger Z particular, pero a esas alturas de campeonato si algo había demostrado la selección germana era la fiabilidad del conjunto de su ingeniería. Competitiva por naturaleza, acostumbrada a verse entre las cuatro mejores, para Alemania disputar una 'semi' –onceava en su historia– era como un día más en la oficina.
De España, más cerca que nunca pero lejos todavía de alcanzar su estrella supernova, esperaba todo lo mejor. Desde el revolcón frente a Suiza, el rendimiento de 'la Roja' dibujaba una curva que invitaba al optimismo. A la confianza. Y a la fe. Esperaba que Casillas se cosiera las alas; que Ramos hiciera de su banda un cortijo; que Piqué y Puyol electrificaran el perímetro a su espalda; que Capdevila, arriba y abajo, continuara pintando su cerca; que Busquets siguiera siendo el jardinero fiel; que Xabi Alonso liberara más palomas mensajeras; que Xavi Hernández marcara la sístole y diástole del partido; que Iniesta fuera Iniesta; que Villa tampoco desayunara ese día; y que Torres, desangelado hasta el momento, volviera a ser el cazador elegido: la voraz hambruna del coyote, junto a la rapidez del correcaminos.
Finalmente, el destino de los sucesos es tan esquivo al pronóstico que el 'Indio' Torres apenas tuvo 25 minutos más en el resto del torneo. Se acabó imponiendo el fulgor de Pedrito. Y en contra de cualquier apuesta previa, el hombre del día resultó siendo el jugador más defensivo; el menos técnico y goleador. Ironías del fútbol. Una más. Guiño a todos aquellos centrales del corte de Puyol: melena, casta y corazón. Sin nada más… Y nada menos. Imposible ganar sin jugadores así.
En la misma línea, para la historia quedará otra mágica contradicción: España conquista el trofeo siendo, con mucho, el campeón con peor número de goles a favor –8–. Tampoco nadie había obrado el milagro de superar los cuatro partidos definitivos sin encajar ninguno. La memoria de millones de aficionados se encargará de resolver el aparente sinsentido: aquel equipo –se ensancharán al decir– defendía como ningún otro. Tenía grandes defensas; Piqué, Puyol y Ramos eran extraordinarios. Pero el mejor defensor de todos… Era Xavi.
Todavía una paradoja más: el gol definitivo no lo fue a marcar precisamente el tipo con mejores registros. Ni siquiera un delantero. Perteneciente al gremio de corte y confección, Andrés Iniesta suele jugar sin demasiadas balas en el revólver. Renegar de los disparos al aire, su particular modo de afinar puntería. Acostumbrado a actuar como centrocampista puro, su labor principal consiste en enhebrar la aguja; casi nunca en dar la última puntada. El arte del gol requiere altas dosis de egocentrismo y voracidad de escenario. Liturgias. Nada que ver con Iniesta, que perfeccionista por definición, se reconoce más en otras facetas del juego que en el disparo. Como si le supiera a poco eso de firmar la obra; siempre más cerca del proletario que del artista endiosado.
Hubo una noche, en cambio, en que el manchego aprendió el valor del último minuto y le encontró el lado bueno al hecho de no malgastar munición. Fue un partido terrible en Londres, en un pisadero llamado The Bridge. En el Soccer City de Johannesburgo, final de la Copa del Mundo, la situación tampoco era la mejor. Ya no se oía una vuvuzela, síntoma de que se acabaron las bromas. Tras 115 minutos al límite del reglamento, la Holanda de Van Marwijk estaba a punto de dejar en nada el enorme despliegue de 'la Roja'.
Demasiadas agresiones soportadas. Excesiva tensión acumulada. Frustración. Rabia contenida. Estaba en juego la honra de centenas de ex futbolistas. De millones de aficionados. La selección quería y creía, pero el tiempo se escurría en cada ataque perdido. Casi a caballo del delirio, asomaban ya los temidos penaltis. Con menos de cinco minutos por jugarse, a España le quedaba una sola baza: percutir la zona de Mathijsen, hecho unos zorros y absolutamente desbordado desde la expulsión de Heitinga. Con Xavi, Fàbregas, Iniesta y Navas, cuatro formidables pasadores a su servicio, el 'Indio' Torres debía tener alguna opción de remate. El segundero apretaba, pero 'la Roja' seguía creyendo. Sinatra tenía razón: lo mejor estaba por llegar.
Descarado como casi nadie hasta entonces en Holanda, Eljero Elia se aventuró a penetrar en terreno vedado. Eléctrico, trató de colarse entre Fàbregas y Ramos. Sólo se vive una vez. Ese balón perdido acabó en botas de su equivalente en España. Jesús Navas se fue hacia arriba con el galopar propio de un potrillo. Su mérito fue convertir, con su alocado sprint, la jugada en contraataque. A partir de ahí, la embestida cobró sentido. Apareció Iniesta en la jugada, que cedió de espuela para Cesc. Éste trató de abrir de primeras hacia Torres. El pase lo interrumpió por un instante Robben, pero ya sin fuerzas para nada. Navas llegó para descargar en banda, donde a pierna cambiada el 'Niño' intentó un centro imposible, destinado a morir en la orilla. Por suerte, a esas alturas de la jugada, tras 20 segundos de achique a contrapelo, en la selección oranje ya nadie sabía quién actuaba de central zurdo. Van der Vaart pasaba por allí. Con un despeje horrible, se convirtió en el autor del penúltimo pase.
80 años y 19 Mundiales después, el balón de los balones cayó a pies de Iniesta. Lejos de ser el ariete del equipo, algo sí estaba asegurado: lo gestionaría con cabeza. Jamás sabremos qué pulsaciones marcaba en el momento del control. Tampoco importa demasiado. Sabemos que la bajó con la clase que define a esta selección, y que el remate llevó la furia de los antiguos.
De apariencia frágil, a la hora de la verdad, cuando las cosas se pusieron realmente feas, a Iniesta no le tembló el gatillo. Conocía el valor de esa pelota. La pelota de la epopeya. En el tambor, una sola bala. Cosido a patadas, sin tiempo para sudores fríos, llegó el momento de la descarga. Pocas cosas tan sanas, tan épicas y justas, como la venganza deportiva. Al final, Andrés Iniesta no tuvo elección: el destino se citó en sus botas. A sangre fría, honorando para siempre a Luis Enrique, disparó con plata de primera ley contra el pecho de Stekelenburg. Galvanizado en ese proyectil, el argento de la Eurocopa trajo consigo el oro bruñido en siglos por Jules Rimet. Faltaban estrellas al sur de la ciudad. También al este del edén. Pero a partir de Iniesta será distinto. Por fin descansa en suelo español el Santo Grial del fútbol. La copa amarilla, madre de todos los trofeos, nunca estuvo en mejores manos. El mundo estrena firmamento, color rojo enamorado.
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lunes, 5 de julio de 2010
O maior espetáculo da Terra
Que el titular de este post sea en portugués no es casualidad. Y Dunga debería darse por aludido. Es el brasileño un tipo que decidió ir a morir con sus arcaicas ideas a cambio de serle infiel a la pelota. Recibió señales, pero no hizo caso. Este deporte, tran grande, tan injusto, tan justo, castiga a veces a los vulgares. ¿Y Argentina? Fue, simple y llanamente, víctima de sí misma y su desproporcionada confianza en que los hados se encargarían de todo. Maradona lo fió todo a la magia, y los argentinos, todo a Maradona. El Pelusa fue víctima de su propia leyenda. Una vez más. Para ganar un Mundial también hace falta fútbol. Incluso Italia tenía a Pirlo en 2006. La eliminación de ambas sin duda restará embrujo a la cita, pero quilates, ni mucho menos.En un Mundial que casi siempre olió a sudor y a miedo, se nos sirve ahora la mejor parte. Si hablamos de la selección española, el gol a Paraguay nos debería servir como ilustración. La victoria se gestó en la sala de turbinas, entorno al triángulo mágico. Iniesta para Busquets, y éste entrega a Xavi, que devuelve a Iniesta. Todo en un par segundos. Ahí, el manchego rompe las líneas de presión y ya lo fía todo a la pólvora. A partir de entonces, Pedro, los palos y Villa -sobre todo Villa- se encargaron de concluir. Qué fácil es el fútbol cuando se juega a flor de piel. Sintiéndolo. El rendimiento de España está donde los expertos, casas de apuestas y demás la colocaban en las quinielas previas. Lo curioso es que no ha llegado explotando las armas que la hicieron temible. El poder de ruptura de Iniesta entre líneas ahí está. Los goles de Villa, también. Busquets se ha erigido como un Senna de tez blanca. Y Xavi sigue siendo la autoridad. Hasta Casillas ha recuperado su aureola. Sí. Pero falta mermelada. El mejor partido de España debería estar por llegar. Y la dulzura. Y el gol de Torres. O el de Pedro. Que así sea. Esperaremos con gusto el desenlace.
Mientras, hemos entendido que España juega ahora a soplos. Durante el resto, se dedica a competir. Veremos si alcanza. Lo que ‘la Roja’ ya ha entendido es que el castillo está tras la zanja. Para rescatar a la princesa ya sólo le hacen falta dos acometidas más. Pero se precisará de toda la artillería. Arietes, arcos y flechas. Incluso morteros. También dagas. Y no se deberían descuidar los yelmos. Nunca una fantasía estuvo tan cerca.
Quizá la mayor traba que el destino y sus avatares le han tendido a la Selección es que el resto de candidatas también tienen cuentas pendientes con la historia. Empezando por Alemania. Tres veces campeona del mundo. Pero otras tantas o más finalista. Los teutones han jugado más finales que Brasil y en más de la mitad de las ocasiones la fortuna miró hacia otro lado.
Y qué decir del otro lado del cuadro. Los oranje, siempre icono del fútbol de etiqueta –excepto en esta competición- perdieron dos finales en los setenta cuando tenían uno de los mejores combinados que ha dado este deporte. Y Cruyff, Resenbrinck, Rep, Krol y los demás mecanizados saben que la tropa del especulativo Van Marwijk puede saldar la deuda. De momento ya dejaron a Brasil en la cuneta. Aunque su destemplada defensa podría ser su mayor enemigo, la dupla Van Bommel-De Jong -tarugos para algunos, imprescindibles para otros- ayudará a cerrar el candado.
Luego, y para terminar, está Uruguay. Puede que el equipo con más mística del campeonato. Sobre todo ahora que la Argentina del Diego dijo adiós. Los charrúas no asomaban por aquí desde hace décadas. Y su manera de acceder a la penúltima ronda conduce irremediablemente a la lírica. Se habló de EEUU, Serbia o Costa de Marfil. Pero nada de eso. La auténtica tapada de la competición es Uruguay. ¿Se habrán aliado los planetas para que el ‘paisito’ complete otra gesta en la Copa del Mundo?
Cada cuatro años, el fútbol nos brinda un regalo. Sentémonos ahora frente al televisor y disfrutemos. Lo mejor está por venir.
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sábado, 19 de junio de 2010
En defensa del talento
"Sabemos que somos buenos y muy creativos", declaraba Van Marwijk tras el Holanda – Dinamarca. Si bien es obvio que la 'Oranje' tiene pegada (véase trallazo de Sneijder), la sensación es que hace décadas que dejó de ser mecánica. Huérfana de Robben es otra aspirante al título, otra más, que juega básicamente a nada. Como mínimo, muy por debajo de sus enormes posibilidades. Y eso supone una gran decepción para quienes gustamos de mejores platos. La cuestión del doble pivote en paralelo roza lo indignante. Nos preguntamos si no sería más eficaz quitar a un tractor como De Jong ─o Van Bommel─ y retrasar a Van der Vaart para dar entrada, ya desde el inicio, a Eljero Elia, que es pura electricidad zurda. Sinceramente, no se entiende. Y más ante selecciones menores como Japón.Por no hablar del conflicto interno de Del Bosque. ¿A qué espera el bueno del charro para sacar a un pivote y meter más amperios en ataque? Se habla de Cesc y es de justicia, pero ni tanto ni tan poco. Tampoco se trata de acumular a todos los socráticos en tres cuartos. Precisamente ante Suiza nos condenó el efecto embudo. La 'Roja' pide a gritos un felino. Y ahora mismo, el rey de la selva es Pedro.
Con todo, y tal como dijo Del Bosque en una ocasión, en fútbol todo es opinable, pero nada demostrable. La historia de los Mundiales está llena de campeones avaros. Sin ir más lejos, la Italia de 2006 lo ejemplifica. También la del '82, que dio la sorpresa y campeonó tras apear por el camino a la última gran selección brasileña. La de Júnior, Sócrates, Zico y Falcao. Y es que, nos guste o no, la primera premisa para ganar un Mundial es defender a la perfección. Mucho me temo que Sudáfrica 2010 no será la excepción.
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miércoles, 18 de junio de 2008
La importancia de 'San' Buffon

El partido empezaba ya segundos antes de que el trencilla pitara, y en el duelo de los himnos, Italia tomaba ventaja, sobre todo por el ímpetu con el que Talentino entonaba el final, ese 'Siam pronti alla morte L'Italia chiamò' que dejaba a La Marsellesa en un canto de segunda fila.
Todo esto pareció un presagio, ya que a los 7 minutos Francia se quedaba sin el único hombre capaz de cambiar el ritmo del partido. Franck Ribéry se lesionaba solo después de cometer falta sobre Zambrotta y dejaba su puesto a Nasri, que debía ejercer de Mesías entre tanto músculo. Demasiada presión para el joven de origen argelino. Sin quererlo, Domenech, que había cambiado a media defensa, había hecho ya el relevo generacional que tanto pedía la afición gala. Sólo Makélélé y Henry representaban a aquella vieja guardia que tanta gloria dio a nuestros vecinos.
Poco después, el equipo del gallo empezaba a doblar la rodilla. Corría el minuto 24 cuando Abidal, de improvisado central, cometía penalti sobre un Toni que demostró que un buen delantero no sólo es decisivo por sus goles. No sólo forzó la pena máxima, sino también la expulsión del lateral culé. Segundos después, Pirlo anotaba mientras Buffon, girado hacia la grada, no quería mirar. No recordaba que detrás de su portería ―la misma en la que cuatro días antes había rescatado el último aliento italiano― estaba una de las pantallas del Letzigrund, así que también lo vio en directo.
El pobre Nasri, que había sustituido a Scarface 15 minutos antes, se tenía que volver a sentar en el banco para que la entrada de Boumsong reestructurara la defensa. Demasiados desajustes para un equipo ya de por sí confundido y que ahora debía jugar con uno menos.
De aquí al descanso hubo más bien poco, si acaso un chut de Henry que se marchaba cerca del poste y una falta botada por Grosso ―provocada por un De Rossi que aprovechó la oportunidad para reivindicarse como todocampista muy fichable― que sí pegaba en la madera. En ese momento, en el otro duelo, Codrea enviaba al limbo una ocasión cocinada por Mutu. Tras un último achuchón francés, Michel enviaba a los contendientes camino de los vestuarios. No significaba que por andar escaso de fútbol de alto postín, al partido le faltase emoción, más que nada por lo que se jugaban los dos gigantes contendientes.
Al poco de reanudarse el choque, mientras Italia veía que si llegaba a cuartos, además de Pirlo, perdería a Gattusso ―ambos por acumulación de tarjetas―, Huntelaar avanzaba a los Oranje en el otro duelo. A los 61', tras el lanzamiento de una falta, De Rossi hacía el 2-0 después de que el cuero rebotara en la barrera. Italia veía factible, después de nueve enfrentamientos y treinta años, volver a ganar a les bleus en el tiempo reglamentario.
A los 81', Donadoni quitaba a Gattusso y daba entrada a Aquilani para que el romanista se fuera aclimatando a la posición que ocupará desde el inicio contra la Roja. No sería de recibo celebrar las ausencias de Andrea y Genaro, puesto que si los transalpinos juegan el domingo con Aquilani y De Rossi, que sustentan a la media más jugona del calcio junto a Perrotta –que también podría ser de la partida―, más Ambrosini haciendo de perro de presa, Italia seguirá contando con una medular de garantías.
Mientras el grupo de la muerte agonizaba, Van Persie ponía la puntilla a Rumania para que la parte azzurra ―que no azul― del estadio Letzigrund de Zurich empezara a festejar el pase a cuartos. Corría el minuto 86. Pero aquí no habría milagro al estilo turco, ni héroes ni villanos de última hora.
Habrá duelo hispano-italiano en cuartos. Villa querrá ganar por Lucho. Casillas y Buffon se medirán por un lugar en el olimpo de los '1'. Habrá duelo de Santos. Y en la media, por exigencias del guión, de jugones.
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sábado, 14 de junio de 2008
'La Naranja Metálica'
La Holanda de los 70, la que dirigía Johan Cruyff en el campo y Rinus Michels desde la banda, maravilló al mundo durante los mundiales de Alemania ‘74 y Argentina ‘78. Su problema fue que ese idilio que mantenía con el espectáculo transcurría paralelo a su divorcio con los grandes trofeos. Johnny Rep, Johan Neeskens, Robert Rensenbrink, Ruud Krol, el Flaco y compañía mostraron el fútbol total al gran público. Había nacido La Naranja Mecánica.Una década después, en 1988, una nueva versión de fútbol en estado puro conquistaba la Eurocopa de naciones en Alemania. Aquella escuadra, cuya columna vertebral formaban Koeman, Rijkaard, Gullit y Van Basten, por fin consiguió llevar un título a las vitrinas de la KNVB. En la final frente a la URSS, el Cisne de Utrecht sentenció el partido conectando sin ángulo un remate que al salir de su bota se convirtió en un misil directo a la red que defendía Dasaev; quizá sea el mejor empalme de todos los tiempos por fuerza, colocación, elegancia y magia ―qué bonito hubiera sido no tener sólo 2 años para poder contar que lo vi en directo. Ese torneo y sus posteriores temporadas en el Milan de Arrigo Sacchi coronaron a un jugador que, de no ser por una lesión que le hizo colgar las botas con tan sólo 29 años, hoy sería considerado el 5º grande sin ningún tipo de dudas.
Quizá desde el día en que dijo adiós a los terrenos de juego, Marco Van Basten tiene una espina clavada. Una espina que quizá se quiera quitar en la etapa que ahora vive en su vida profesional, la de entrenador. De Holanda para ser más exactos. Es evidente que el genio que Marco llevaba dentro guarda regalos que su elegante figura ya nunca podrá mostrar sobre el tapete, y a nadie más que a él le dolerá. Pero el sistema de juego que ha ideado para la Oranje en esta Eurocopa de Austria y Suiza ―un modo de juego que ha llegado a ser criticado por ese experimentado entrenador de equipos en la sombra que es Cruyff― quizá le permita redimirse.
Van Basten ha diseñado un equipo rocoso, que no está constantemente enamorando a la grada como aquel equipo que él veía por televisión cuando era sólo un crío ni que alberga tanto talento como el del que él formaba parte, pero que sabe leer los partidos, resistir en momentos de poca inspiración y matar al rival con contragolpes mortales, a la par que reuniendo a un grupo de hombres que se encuentra en una plenitud física incuestionable. El Cisne ha creado La Naranja Metálica, un equipo que ciñéndose a los cánones del balompié actual se muestra férreo en la medular, infranqueable en área propia y resolutivo en la del rival, dando muestras de una pegada descomunal en los metros finales.
Entorno al círculo central ―y si empiezo por esta zona es porque a mi entender ahí se encuentra el centro de gravedad del equipo―, Orlando Engeelar y Nigel De Jong secan la brújula de los rivales ―Pirlo y Gatusso; Makélélé y Toulalan, ya lo han comprobado― mientras Wesley Sneijder guía la nave. Delante del irregular Van der Sar ―sublime en esta recta final de la temporada―, los desconocidos Mathijsen y Ooijer cierran a cal y canto la puerta del área, mientras el incombustible Gio Van Bronckhorst ―quién te ha visto y quién te ve― y el infravalorado ―tanto en el Pizjuán como en Stamford Bridge― Khalid Boulahrouz vigilan las bandas e intentan crear peligro cuando el exhausto extremo de turno lo permite.
La fiabilidad de todos estos jugadores y la capacidad para armar contras de muchos de ellos, hace que con tres atacantes, véase Van der Vaart, Van Nistelrooy y Kuyt, la selección holandesa se haya bastado para destrozar sistemas defensivos durante los dos primeros partidos de esta Euro’08. Y menudos sistemas. Nada más y nada menos que los del campeón y del subcampeón del mundo. Fieras del área, auténticas pesadillas para los atacantes como Materazzi, Panucci, Gallas o Evra, soñarán estos días con el juego de escuadra y cartabón desplegado por la Oranje.
Bien es verdad que en el primer partido, la suerte giró la cara a los transalpinos, que cuando más luchaban por recortar la distancia se encontraron con un tercer tanto que los condenaba definitivamente y que en el segundo, la Francia de Domenech ―ese señor que ha intentado juntar a viejas glorias con savia nueva pero se ha quedado e medias, consiguiendo un resultado parecido al que se obtendría al intentar mezclar el agua con el aceite― se ha visto con el marcador en contra en los primeros compases del partido. Pero un envite dura 90 minutos, y en cada uno de esos 2 actos, Holanda ha infligido crueles derrotas a azzurris y blues. Claro está que el componente de la suerte también ha estado de su lado. Pero la suerte hay que buscarla, dicen.
Holanda ya está en cuartos y además como primera de grupo. A partir de aquí empezarán los partidos a vida o muerte. Y ahí será donde los pupilos de Marco demostrarán si la metalización que han mostrado en esta primera fase seguirá dando sus frutos. De momento parece que este va a ser su año, o al menos eso se cree a estas horas en los Países Bajos. El problema es que los croatas, tras proclamarse como la bestia negra oficial de Germania, también creen lo mismo. Y aquí, esperanzados con que por fin será el año de la Roja, también. No mintamos, todos lo hemos pensado ya, aunque sea sólo una vez: ‘¿Y si este es el año?’
El caso es que en el mercado de la Eurocopa hay mucha demanda y la oferta de la gloria sólo será para uno. Veremos qué pasa al final. El desenlace, el día 29 en el Präter de Viena. A eso de las 11.
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