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jueves, 17 de marzo de 2011

Alto copete

Por Albert Valor


Se avecina la parte noble de la temporada. Ya sólo quedan ocho. En la primera semana, los nombres del Shaktar Donetsk y el Tottenham Hotspur entraban en la aristocracia de la Champions por la puerta grande y por vez primera. Los ucranios vencieron en ida y vuelta a una Roma que ya está pasada de moda. Sobran nombres y falta fútbol en la capital italiana. Luego están los Spurs, apuesta encarecida del PLF desde hace tiempo y candidatos a revelación de la competición. Luego hablaremos más de ellos. De momento, la victoria en San Siro es su mejor carta de presentación. El Barça, un clásico, se colaba con un argumento tan antiguo como el propio balompié: el balón. Messi fue ángel en casa se confirmó como el diablo con la mayor horquilla de la historia moderna del Arsenal. También como la más real de las pesadillas de Manuel Almunia.

El Schalke 04 completaba la nómina de los primeros clasificados. Es la germana una institución con gloria intermitente en las dos últimas décadas. Y ahora, se ha encomendado al jerarca de la Champions. Su mayor problema será que en el futuro el halo de González Blanco empequeñecerá la gesta de todo un conjunto. Partidazo de Farfán. Fresca la aparición la de Gavranovic. Trepidante el partido de Gelsenkirchen. Y maldita la suerte del Valencia, que apostó por jugar al fútbol pero se olvidó de detallar en las áreas. Se esperaba más de Mata y de Aduriz. Otra vez será.

La jornada de ayer martes dejó dos nombres propios. El de Chicharito, avezado lanchero del gol en las islas que pone al United en una cita a la que no falta en el último lustro, y el de Samuel Eto’o. No sólo fue el mejor con un gol, una asistencia y un partidazo. Fue también el mejor de toda la serie y dejó en anécdota los imperdonables errores de Julio Cesar. Un auténtico MVP. Con Samuel sí hay paraíso. Y tripletes. Si Raúl es el rey de esta competición, el camerunés es su mejor amante.

Los últimos en pedir tanda, la vieja gloria y el nuevo clásico. El Real Madrid, grande desde que la Copa de Europa es Copa de Europa, vuelve a tener sangre azul. Estará porque se le esperaba. Y Mourinho podrá colocar otro asterisco en su currículum. El Chelsea, juguete del mecenas Abramovich, intentará de nuevo su asignatura pendiente. La orejuda siempre tiene pretendientes y algunos aún sueñan con agarrarla.

Como decíamos, mención aparte merece el Tottenham. Este histórico de la Premier llega a la parrilla final desde muy atrás. Sus laureles ochenteros ya estaban caducos. El año pasado, se atrevió a romper el Big Four y el talonario de los jeques del City y se coló en la mejor fiesta. De momento, los dos grandes de Milán se han arrugado ante ellos. Si yo fuera uno de los favoritos, no los querría ni en pintura. Crouch, Lennon, Bale, Modric o Dawson –y su fútbol- podrían pasar por cualquier rendija. En White Hart Lane, la proporción entre pasión y propuesta futbolística está equilibrada. Y Harry Redknapp tiene buena culpa de ello.

Y Abidal. Qué decir de Abidal. Se perdió la final de Roma en 2009. Y ahora se perderá lo mejor de la temporada. Maldito cáncer. No te rindas, atleta.

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jueves, 7 de mayo de 2009

El gol de Iniesta bien merece un regreso

Por Cristian Naranjo


Llevábamos tres largos meses sin publicar artículo alguno en este cuaderno de bitácora futbolístico. Personalmente, tenía y tengo un motivo: cada vez siento menos la necesidad de estar vinculado directa o indirectamente al periodismo deportivo; cada vez estoy más cómodo en el papel de espectador riguroso y me siento menos atraído por el de profesional sujeto a las rutinas productivas. Durante estos meses he elegido otros canales de comunicación distintos al blog; he priorizado el diálogo a la escritura. No obstante, la ocasión bien merecía un retorno.

Ha llovido mucho desde que abordáramos el debate del mediocampo. Y sin embargo, como la vida dibuja círculos sin cesar, anoche Keita y Busquets dieron su auténtica medida: hoy por hoy, ninguno de los dos es válido para las grandes ocasiones. A mi pesar, Keita debe ser traspasado en verano, en tanto que a sus 29 años no tiene margen de mejora. De él se esperaba que cumpliera el papel de centrocampista doble: que barriera el centro del campo y que a la vez ejerciera de cerrajero desde la segunda línea. En partidos menores ha cumplido con la segunda parte. Ayer no existió. Quedó patente que le falta intensidad y físico para ser un buen carterista y además su aportación en ataque fue exigua. El caso de Busquets es muy distinto: es joven, de la casa y tiene talento y proyección. Varios partidos de trascendencia media y su convocatoria con la selección le avalan.

Han ocurrido tantas cosas en estos tres meses que la lista sería interminable. En clave española, el Madrid ha quedado descolgado de la lucha por la Liga, mientras que el Espanyol ha sacado la cabeza del pozo de segunda. El Barça, por su parte, se encuentra en la mejor posición posible para alcanzar el anhelado trébol. Anoche estuvo a dos minutos de decir adiós a la orejuda. El Chelsea, un equipo mezquino lo entrene quien lo entrene, estaba a un paso de certificar su pase a la final de Roma con un fútbol rácano y cobarde. Le había bastado un obús de Essien para ponerle al Barça la eliminatoria cuesta arriba. Como ya ocurriera en Barcelona, el Chelsea planteó el partido para desactivar al rival, no para explotar sus propias virtudes; un planteamiento tan lícito como deplorable. A punto estuvo de salirle bien la apuesta a Hiddink, que dispuso el mejor 11 posible sobre el campo, con todas las unidades dispuestas para el combate. Los blues cerraron su área a cal y canto, estableciendo su defensa muy atrás pero anulando cualquier línea de pase interior. De nada servía el tacto sedoso de Xavi e Iniesta ni la velocidad de movimientos de Messi. El partido se convirtió pronto en un ataque y gol permanente, con un Barça que quería pero no podía; con un Chelsea agigantándose minuto a minuto. Los ataques culés eran infructuosos, por más que Guardiola inventara fórmulas abrelatas. Eto'o no tenía espacios a la espalda de los centrales; Messi no tenía su noche, ya fuera en la banda o en el centro; Henry, lesionado, no
estaba sobre el tapete.

Desde muy pronto, el encuentro ya parecía predestinado a resolverse en una acción individual puntual. Era evidente que los azulgrana no iban a poder convertir el césped en una pista de baile. Stamford Bridge, hoy por hoy, no es el Bernabéu. Aún así, perserveró el Barça con más tesón que acierto, convencido de poder encontrar un haz de luz entre su penumbra. Sucedía que pasaban los minutos y la trama defensiva del Chelsea se consolidaba. Los disparos del Barça llegaban a cuentagotas y eran siempre forzados o de mala calidad. Cech, un gran portero en horas bajas, fue un espectador más del encuentro. Todo lo contrario que Valdés, de nuevo clave en un partido decisivo. En la ida amargó a Drogba. Anoche lo volvió a desquiciar. El fenomenal delantero marfileño se ganó un mano a mano tras quebrar a Piqué con inusitada frialdad, pero se topó entonces con un pie milagroso del de Hospitalet. Avanzaba el partido y el peligro sólo lo generaba el Chelsea, que trazaba los contraataques de forma vertiginosa. En uno de ellos llegó la injusta expulsión de Abidal. En otro, Piqué cometió un penalti clamoroso al tocar con el brazo extendido un envío de Anelka. El árbitro erró para un lado y para otro. Es el precio a pagar por ser valiente y consecuente con lo que dicta el propio criterio. En un partido a cara o cruz, el perdedor acostumbra a
buscar pretextos para justificar la derrota.

Llegó el partido a su recta final con un guión inmejorable para el Chelsea: ir ganando en su casa y frente a un rival diezmado por una expulsión. Ocurría que enfrente estaba el Barça de Guardiola, un equipo con moral de hierro destinado a hacer historia. Si no eran Messi ni Eto'o, sería Piqué o Alves. Tanto daba quien decidiera, si un actor protagonista o uno de reparto. El partido avanzó inexorablemente hacia la zona Cesarini. El árbitro concedió cuatro minutos de prolongación, que se antojaban pocos para una eliminatoria de 180. Ni por esas se rindió el Barça, decidido a entregar su destino a un golpe de suerte o inspiración.

Sorprendentemente, cuando los culés ya lo daban todo por perdido, Alves, que había estado toda
la noche impreciso pero que se mantenía fresco a pesar del kilometraje, irrumpió por su banda como la flecha de una ballesta y puso su primer y único centro de mérito en todo el partido. Nadie acertó ni a despejar ni a rematar. El balón le cayó a Eto'o que no pudo controlar. Llegó Essien, que se precipitó en su intento por alejarlo del área y se la entregó franca a Messi, que puso pausa donde cualquier otro mortal se hubiera acelerado. El genio argentino se la cedió a otro genio; uno manchego, de Fuentealbilla, humilde, tímido, frío, parco en palabras y que nunca fue el más guapo de clase ni el primero de la foto. A ése le llegó el balón de Messi en el minuto 92. E Iniesta, de empeine exterior, con la precisión de un cirujano penetrando con el bisturí a corazón abierto, reventó de una vez y por todas la resistencia del Chelsea. Sólo un fuera de serie es capaz de dirigir el balón con esa potencia y precisión allá donde dormitan las arañas. Imagínense hacerlo en el descuento del partido de vuelta de una semifinal de Champions League. Lo más parecido al éxtasis futbolístico.

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