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viernes, 11 de septiembre de 2009

Íntimo y personal

Por Cristian Naranjo

Llevo siguiendo al Barcelona desde el 20 de mayo del '92, aunque de Wembley sólo recuerdo el destello de la indumentaria oranje. Tenía 7 años. La televisión quedaba a varios metros de la cama y el sueño me venció. Quizá me desvelara el gol, pero no podría asegurarlo. Tras proclamar al Barça campeón de Europa por vez primera, el Dream Team continuó en pleno apogeo y me enganchó definitivamente en el '94, con el memorable 5-0 al Madrid. Aquel histórico repaso, indeleble para todos por el coletazo de Romario a Alkorta, me inyectó para siempre el fútbol en las venas. O Baixinho era la estética al servicio del gol, y Laudrup la elegancia que le completaba. El deporte rey no ha vuelto a generar un bazooka como el de Koeman, mientras que a Stoichkov siempre lo idolatré por su raza. Guardiola era lento, enclenque y débil, pero jugaba con el kit del delineante: compás, escuadra y cartabón. El actual técnico trazaba la geometría de un equipo gourmet, donde los foráneos marcaban la diferencia. Aquel Barcelona se diluyó por sorpresa en Atenas, y la marcha de Cruyff tuvo tantos defensores como detractores. Fue Sir Bobby Robson, ya en el '96, quien acudió a enyesar aquella fractura social. Núñez no escatimó en gastos y le regaló al jugador más caro de la época. Ronaldo se convirtió bien pronto en el estandarte de aquel fugaz proyecto. El astro sólo disputó una temporada de azulgrana, pero tuvo tiempo de causarme el asombro equivalente a un siglo. Mi abuelo siempre comenta que no había visto nada parecido desde Pelé. Yo rallé la cinta de sus goles y lamenté la pérdida con la nostalgia propia de lo que pudo haber sido. Nunca entendí aquella venta.

Se dice que los clubes están por encima de cualquier jugador. Es cierto que a pesar de todo el Barcelona no se detuvo. Pero quedó huérfano de embrujo. Sin Ronaldo, como escribió Sabina, la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Tras el 'Fenómeno' han triunfado con rotundidad Rivaldo, Figo, Ronaldinho, Eto'o y por supuesto Messi. El salto cualitativo sigue corriendo a cargo de los extranjeros, aunque la cantera ha evolucionado hasta el punto de producir primeros espadas. Iniesta, Xavi e innegablemente Messi tienen hoy en día una categoría reconocida a nivel mundial. La historia reciente demuestra que Barcelona es el ecosistema propicio para incubar a los mejores. No hay duda de que nací en el momento y el lugar idóneos para degustar buenos manjares. Pero no es menos cierto que me perdí a Kubala y a Luis Suárez; a Di Stéfano, Gento, Puskas y Kopa; a Eusebio; a Pelé, a Garrincha y a Zico; a Beckenbauer; a Platini; a Sir Bobby Charlton y a George Best; a Cruyff y a Van Basten. Y también a Maradona. A cambio he disfrutado de una saga de brasileños incomparables, de jugadores de casta y genio a los que realmente he idolatrado, y de una cantera exquisita. Paralelamente, en Madrid también han explotado grandes futbolistas que he seguido con atención. Los primeros años de Raúl fueron deslumbrantes. Roberto Carlos era una especie única. Zidane simplemente bailaba claqué. Sobre aquellos que sentaron cátedra en el pasado, ya sea aquí o en el extranjero, apenas puedo opinar. De la humilde porción de fútbol que he consumido en 15 años, me quedo con el temperamento de Stoichkov, Luis Enrique y Eto'o. Con la pareja de ases que formaban Rivaldo y Figo. También con Ronaldinho. Por supuesto con Guardiola, Xavi, Iniesta y Messi. Pero por encima de todos ellos, con enorme diferencia, siempre estará aquel Ronaldo venido del espacio exterior.

En la actualidad, dejando al Barça de lado, hay otros jugadores jóvenes y/o consagrados que me fascinan. En Italia, Alexandre Pato destaca sobre el resto. Es técnico, rápido, potente y versátil. Le sobra talento para derivar en figura mundial. El estado de su equipo y Dunga ya son harina de otro costal. De Alemania es imposible no señalar a Ribéry, que engrosará la nómina de galácticos en 2010, y al paraguayo Haedo Valdez, que la pasada madrugada le hizo un roto aún mayor a Argentina. De la Premier me quedo con el talento puro de Arshavin y la prematura veteranía de Fàbregas. Con la fantasía de Robinho y la suavidad de Adebayor. Con la velocidad de vértigo de Defoe y la calidad que esconde Modrić. Con la jerarquía de Rooney, la pegada de Valencia y todo lo que apunta Macheda. Y qué decir de la Liga, que este verano ha disipado cualquier duda sobre su estatus: Kaka', Xabi Alonso y Granero son garantía de calidad; Villa, Silva, Banega y Mata, todos juntos, equivalen a mimbres de categoría; Kanouté y Luis Fabiano ya son tiradores clásicos del campeonato; De Marcos en particular y el Athletic en general son mi apuesta personal; Nakamura asegura último pase para el Espanyol, mientras que Ben Sahar tiene buenos detalles. Y en el Atlético, Forlán y Agüero contra el mundo. Nunca dos delanteros tan brutales habían formado parte de un once tan maloliente. Asenjo ha sido un hallazgo, pero la línea defensiva tiene más huecos que un jersey de punto. El centro del campo conduce directamente a la depresión.

Aunque su plantilla no dé para más, Abel Resino pasa por ser el peor entrenador de Primera. Por no hablar de propietario, presidente y secretario técnico, que han vuelto a convertir el club en un polvorín. Con todo y con eso, Forlán y Agüero se bastan para competir. Clasificaron al equipo para la previa de Champions y lo han colocado en la fase de grupos. No se le puede pedir más al mejor dúo atacante de Europa. Tener a Forlán supone un contrato vitalicio con el gol, porque domina por igual el arte del desmarque, el posicionamiento y el remate. Es fuerte, potente, va fenomenal por alto y tiene un revólver en cada bota. Sin embargo mi debilidad es Agüero. Messi, Kaka', Iniesta y Xavi son un lujo para los sentidos. Son jugadores prêt-à-porter. Pero ninguno llama tanto mi atención como lo hace Agüero. El Kun tiene demasiados días grises porque casi nunca se generan huecos para él. Ni en el Atlético ni en la albiceleste. Puede asociarse con Forlán o Messi, pero de nada sirve sin gozar de espacios y un buen pasador. Lo que distingue al Kun es que cuando aparece acostumbra a hacer ruido. Sus conducciones y recortes siempre llevan electricidad y encabezan su repertorio. Son esos enormes recursos técnicos los que le permiten fabricar un pase peligroso o inventarse una maravilla de la nada. Siempre que puedo sigo al Kun con la esperanza de ver en directo alguna de sus gambetas. Desvalijados como están sus equipos no suelo obtener premio. Anoche me llevé otra desilusión con el Paraguay-Argentina. Salió de titular pero nunca conectó con Verón. A la 'Brujita' ya no le alcanza el físico para ser el enganche que pide a gritos la delantera argentina. Si algo caracteriza a Agüero es que jamás se esconde. Es más, suele aparecer en los días señalados. Madrid, Barça y Panathinaikos pueden dar fe. Al sucesor de Romario sólo le falta saltar a un grande para hacer buena la comparación. Del mismo modo que Torres encontró su mejor nivel emigrando a Liverpool, Agüero sólo sacará lo mejor de sí mismo cuando fiche por un equipo exquisito y ganador.

Como no se cansa de repetir el gran Joaquín Caparrós, el fútbol es de los futbolistas. Ellos originan el espectáculo y la pasión por unos colores. Cada club tiene su estandarte y cada país su jugador bandera. El aficionado también siente predilección por unas figuras u otras. El criterio es libre, y la mochila de favoritos ilimitada. Elegir un equipo también es condición sine qua non para el hincha. Todos nos debemos a un escudo. Son múltiples los factores que determinan una decisión que no tiene vuelta a atrás. La ciudad en la que se vive, el entorno donde se crece y la influencia de la familia suelen marcar la identidad del nuevo amante del cuero. El tiempo huye y la vida cambia. Algunos amigos no continúan el viaje. Por contra se incorporan otros. Por el camino también se pierden amores, y hay matrimonios que quiebran. El dinero dibuja parábolas. La salud va empeorando. Junto con la familia, sólo las propias convicciones permanecen. El nexo de unión entre el aficionado y sus colores no tiene fecha de caducidad. Cada cual escoge libremente su escudo y sus emblemas. La oferta es infinita, de modo que el mosaico de culturas está asegurado. Yo me decanté en los 90 por el Barça de Stoichkov. Vi en directo la hecatombe de Atenas. Me decepcioné con el fallo de Salinas y la contra magistral de Baggio. Gocé del Ronaldo original. Me identifiqué con Figo y lo maldije por su traición. Contemplé con asombro la impecable trayectoria de Rivaldo, así como la hechicería de Ronaldinho. Quedé prendado para siempre de Eto'o y en su ausencia no tengo más opción que seguir vibrando con el Barça de Guardiola. Siempre nos quedará el fútbol para mitigar la soledad. Esta ha sido la pequeña historia de una desmedida pasión.
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miércoles, 11 de febrero de 2009

¿Y si mi abuelo tenía razón?

Por Albert Valor


Mi abuelo, un respetable hombre que hoy tiene 84 años, me recordaba hace ya un tiempo, en las épocas en las que yo estaba empezando a amar este deporte que es el fútbol y él ya las había visto de todos los colores, que un día todo esto acabaría explotando por algún lado.

Eran las épocas en las que Ronaldo fichó por el Barça por 2.500 millones de pesetas, marcando todo un récord en un traspaso, allá por julio de 1996. Una operación que se vio superada en menos de un mes con el pase de Alan Shearer del Blackburn Rovers al Newcastle por 2.800 millones. Lo curioso es que un año después, esas cifras quedaron atrás, puesto que el mismo Ronaldo voló de Barcelona a Milán por 4.000 millones, más o menos la misma cifra que los azulgrana invirtieron en traerse a Rivaldo del Deportivo.

Tras un tiempo de tregua, más porque se invirtieron discretas millonadas en jugadores mediocres que por una verdadera calma en el mercado, en el 2000 se volvió a abrir la veda. Nada más acabar la temporada, Crespo cambió Parma por Roma para jugar en la Lazio del mecenas Cragnotti por unos 7.500 millones. Y en julio, llegó la bomba, un caso que aún hoy sirve de precedente en muchos contextos. Más allá de la traición que supuso para todos los barcelonistas que Figo recalase en el Real Madrid, casi de la noche a la mañana tras proclamar su estima por el club culé a los cuatro vientos, lo realmente histórico fueron las cifras de su traspaso. Florentino Pérez se hizo con el luso pagando los 10.000 millones de pesetas –o lo que es lo mismo, 60 millones de €- de su cláusula de rescisión.

[Al año siguiente, Zinedine Zidane marcó la cifra récord, unos números que aun a día de hoy no se han superado. El club de Concha Espina desembolsó 75 millones de € por el astro francés.]

En el momento en que vio a Figo presentándose como nuevo jugador merengue, flanqueado por Florentino y Di Stéfano, fue cuando el bueno de mi abuelo puso definitivamente el grito en el cielo. Después de haber visto como César -el jugador que más admiró en su juventud- pasaba del Granada al Barcelona por unos miles de pesetas, después de asistir a operaciones tan polémicas y llenas de misterio como las de Di Stéfano, tras ver como Maradona se convertía en el fichaje más caro del momento -1.000 millones de pesetas pagó Nuñez para traerlo de Boca-, tras indignarse por las cifras que movía Ronaldo, llegó el límite de su paciencia. Él –pese a ser granadino- sentía como todos los barcelonistas la traición del portugués, pero ante todo sentía vergüenza ajena y casi propia por ver que alguien estuviera dispuesto a pagar tales cantidades por un jugador. Aquel día, mi abuelo pronosticó que a este paso, el mundo del fútbol, esa esfera de representantes, intermediarios, clubes, televisiones e infinidad de implicados tal como lo conocemos hoy, acabaría desapareciendo o, en su defecto, reventando por algún lado. Quizá esto suene hoy utópico, pero los casos que poco a poco empiezan a invadir nuestro fútbol hacen que la situación, inimaginable hace poco más de un lustro, sea cada vez más insostenible.

Hace poco nos enteramos de que un histórico como el Club Deportivo Logroñés había desaparecido definitivamente tras algunos descensos administrativos en los últimos años -descensos que también han vivido otros como el Real Oviedo y el Club Polideportivo Mérida-. Todos ellos estuvieron no hace tanto en Primera División. También es conocido el caso del Levante, que descendió por deméritos deportivos, pero que actualmente aun adeuda a jugadores y ex jugadores de la plantilla una importante suma de dinero. Todo ello, desde hace unos dos años. Existen también casos como el de Real Sociedad, que tras su descenso a Segunda se mantiene a duras penas tras ajustar hasta el límite su presupuesto, o los del Espanyol y el Valencia. Estos dos se han endeudado al máximo, y todo para cumplir el sueño de su afición. Los pericos quieren dejar ya el insípido Estadio de Montjuïc, por lo que han construido un hogar a la inglesa que esperan les devuelva sus años de gloria. El problema es que el crédito que demandaron para la construcción del nuevo estadio les hace tener un tope, tanto salarial como a la hora de invertir en fichajes, por lo que cada verano la directiva se las ve y se las desea para poder reforzar el equipo con una mínima garantía. Parece, eso sí, que con la construcción de un centro comercial contiguo al nuevo campo, la deuda podría quedar saldada. En otro orden de cosas, tenemos al Valencia. La construcción del Nuevo Mestalla tiene al club endeudado, tanto que los jugadores ya tienen cobros pendientes. A estas horas, se rumorea incluso con que las obras se detengan por tiempo indefinido.

A todos estos casos, sólo citados brevemente y que tienen toda una historia detrás con sus damnificados debido a gestiones y/u operaciones que en su día se hicieron mal, hay que añadir otros, quizá los que tocan más de cerca a familias de la calle, gente como cualquiera de nosotros. Son todos esos casos que hay en Segunda B y Tercera División, categorías semiprofesionales –también se dan casos en competiciones más inferiores, como preferente y regional-, es decir, con jugadores que además del fútbol tienen otro sustento, pero que evidentemente, necesitan su ficha para llegar a fin de mes, y a los que se les adeudan cantidades importantes de dinero. Cada vez es más frecuente ver a futbolistas en huelgas de hambre o encerrados en su vestuario para reclamar lo que se les debe. Incluso hace poco tuve la oportunidad de ver a la mujer de un futbolista esposada al poste de una portería reclamando en nombre de su marido. Por lo menos, estas situaciones, siempre sacan lo mejor del ser humano.

Toda esta exposición sólo pretende ser una humilde estampa que muestre la desangelada situación en la que está desembocando nuestro fútbol y el tsunami en el que puede acabar convertido todo. Puede que la previsión que hizo un día mi abuelo se acabe cumpliendo. Esperemos que no. ¿Qué haríamos sin fútbol? De momento, bastaría con poner algo de sentido común para frenar la sangría. De momento, me bastaría con no volver a escuchar que un equipo de fútbol quiere derrochar 100 millones de € por un futbolista.

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