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sábado, 26 de junio de 2010

S. of S.: Jamás se fueron, y además volvieron

Por Cristian Naranjo

El segundo gol de España debe ser el camino a seguir: presión alta, descarga rápida en banda, mínimo compás de espera, devolución al centro y remate de primeras. Fútbol sencillo, preciso y plástico. De ejecución dulce, pero letal, el tanto de Iniesta vuelve a subrayar, a modo de campanada, cuál es el rasgo distintivo de la selección: el tuya-mía, sin colorantes ni azúcares añadidos. Sólo fruta fresca, recién caída del árbol. Un sabor inimitable, en tiempos en que impera el balompié de conserva.

A estas alturas ya nadie discute a la Roja la patente de sociedades al primer toque. España tiene el ritmo y el rumbo. Si además encuentra hierba para correr, no será necesario llamar al jardinero. Liderados por Xavi, los Sultanes del Swing harán algo más que divertirse y ganar el partido: dejarán el campo tal como a usted le hubiera gustado encontrarlo.

Mientras que, en algún lugar, el viejo Luis sostendrá un habano desgastado con una sonrisa a medias. Pese a los sentimientos encontrados, a todo jefe de banda le encanta que los planes salgan bien.
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jueves, 3 de junio de 2010

De cómo la Roja ya no sonroja

Por Albert Valor

Cuentan las malas lenguas -y la historia, y la realidad- que la selección española siempre fue un equipo perdedor. Decepcionante. Afligido. Se recuerda un cuarto puesto en el Mundial de Brasil, en el lejano 1950, y una Eurocopa ganada en pleno apogeo del Franquismo a la Unión Soviética, allá por los sesenta. Ambos logros aparecen en los anales de la historia de la RFEF, pero a duras penas la televisión en blanco y negro puede dar fe de ello.

Desde entonces, el fútbol español vivió en un difuso barbecho. Los fracasos se acumulaban, y cómo muestra fehaciente tenemos el célebre error de Cardeñosa en el '78 o el gol fallado por Julio Salinas cuando España ya se asomaba a las semifinales en USA '94. Se apeló durante aquellas generaciones a la famosa furia. Y aunque es lógico que cuando un futbolista se enfunda la camiseta de su nación afloren la pasión y el ímpetu, la realidad es que la testosterona pareció ser más propia de combinados como el teutón o el albiceleste.

Pero llegó un buen día llegó un hombre, un sabio dicen algunos, que decidió cambiar -para siempre y en todos los aspectos, para bien y para mal- el porvenir de la selección. Respondía al nombre de Luis. Luis Aragonés. Decidió, en primer lugar, cambiar el patrón de juego. Si teníamos a los mejores jugadores en el medio campo, había que poseer el balón. Y no sólo poseerlo. También dominarlo. E incluso admirarlo. Mimarlo. Tratarlo bien. El cuero, actor principal de esta superproducción que es el fútbol, debía ser nuestra arma. También ocupando las bandas. No era capital jugar con extremos. Simplemente ocuparlas con gente válida. Así, con una idea clara de juego, se podía ganar o perder. Pero se creía en algo. Y el lema tenía, por fin, una razón de ser. Cabe decir que el primer intento, en el Mundial de Alemania en 2006, resultó fallido. Pero, claro está, los proyectos necesitan tiempo.

Otro punto delicado fue prescindir de los servicios de un mito. De una leyenda como Raúl González Blanco. Aunque nunca alzó ningún trofeo con la casaca roja, se convirtió en el máximo goleador de todos los tiempos y en un significativo capitán. Una buena temporada en el Real Madrid a pesar de superar ya la treintena, hizo que la prensa capitalina se echara encima del seleccionador por tal acción. Pero si de algo no se podía tachar a Aragonés era de cobarde. Él decidió que jugadores como Villa o Torres eran ya mejores futbolistas y en consecuencia actuó. Y para tener en el banquillo a Raúl, prefirió segundos espadas como Dani Güiza o Sergio García. Gente que sabría que jugaría poco. Pero gente que con el hecho de ocupar el banquillo durante un campeonato internacional ya se sentiría como un palomo buchón.

Luego están Xavi e Iniesta. También Silva, Cesc o Xabi Alonso. Pero el quid de la cuestión está en ellos dos. Por aquel entonces, en 2008, el Barça venía de dos temporadas malas. Muy malas. Xavi había sido una sombra de sí mismo, e Iniesta parecía estancado en su juego a pesar de sus retales de magia. La línea discontinua que había trazado el equipo culé durante aquellos dos cursos parecía haberles afectado demasiado. Además, se les acusaba de no defender. Pero una vez más, Aragonés mostró su personalidad. Creyó en ellos y les animó a dar un paso al frente durante la Eurocopa de naciones. A dominar el centro del campo haciendo lo que mejor sabían hacer, que era mover el esférico. Pero también a defender con y sin la pelota y a tener más verticalidad y protagonismo directo en el juego de ataque. Así se erigieron en líderes durante aquel torneo y del glorioso Barça que Guardiola forjó a continuación.

Se dice que la selección de hoy le debe mucho al Barça. Y es cierto, le debe muchos jugadores y gran parte de su excelso nivel. Pero también el Barça le debe algo al combinado nacional. Ahí fue dónde Xavi e Iniesta se creyeron que podían ser dos centrocampistas de referencia mundial. Apostando por la asociación permanente. Y hasta las últimas consecuencias. Todo ha sido hasta ahora una perfecta simbiosis que los aficionados del Barcelona y de la selección han gozado de lo lindo.

Durante la Euro conquistada en Viena, tuvimos a gente enganchada al equipo desde el minuto uno. También a los oportunistas que se engancharon progresivamente, a la vez que España enamoraba con el balón como argumento. Están los que obviaron, obvian y obviarán a la Roja hasta el fin de los días. Y no debe ser algo criticable. Es algo lícito, de hecho. No se pueden borrar de un plumazo los referentes históricos y sociales. Cada ser humano puede tener su punto de vista. Y razonado con argumentos sólidos siempre será respetable. Pero esta selección ya no tiene tintes sociales ni políticos. Es, simplemente, puro fútbol.

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martes, 1 de julio de 2008

Gracias viejo, perdona Sam

Por Albert Valor

Luis Aragonés. Desde el 29 de junio de 2008 en la historia del fútbol español. El mejor seleccionador de la historia –el que más partidos ha ganado y el que tiene un porcentaje más positivo entre victorias, empates y derrotas- y uno de los más criticados. Quizá alguna vez le critiqué, pero la única verdad es que muchas más lo defendí, creyendo en su cabezonería, postulando que uno debe ir siempre a muerte con sus ideas. Y así ha sido siempre Luis.

Primero le llovieron críticas por llevar a Raúl al Mundial, luego por dejar de convocarlo, y más recientemente por prescindir de otros pesos pesados como Guti o Joaquín. De lo que la gente no se ha dado cuenta hasta hace bien poco es que el extremo gaditano siempre hubiera querido jugar –no se puede decir lo mismo de Guti, eterno jugador número 12 en el Real Madrid hasta este último curso-, mientras que gente como Cazorla o De la Red –además de tener más proyección- esperaría su oportunidad –si es que llegaba- sin rechistar. Luego está lo de Eto’o. O lo del azul, como El Abuelo le llama haciendo gala de su peculiar sentido del humor. Samuel –del que me declaro incondicional en todos los aspectos, sería feo no admitirlo; y ¡qué error sería venderlo!- es un tipo que, para bien o para mal, dice siempre lo que le pasa por la cabeza. Y nunca ha dudado en afirmar que adora a Luis, a quien quiere como a un padre. Éste, ejerciendo de progenitor futbolístico cuando lo entrenaba en el Mallorca, bien hizo en inculcarle que como realmente se aprende en la vida es a base de ‘palos’ –a las retinas de muchos llegarán ahora las imágenes de Luis zarandeando al africano en los banquillos de la Romareda después de que este le retrajese que le hubiera sustituido-. Algo parecido ha sucedido también en esta Eurocopa con Fernando Torres, e incluso con Sergio Ramos. Por eso y por muchas otras cosas, Luis Aragonés siempre me ha parecido fiable en un banquillo.

Tras la debacle en los octavos de Alemania, todos pedían la guillotina para El Sabio. Nadie se daba cuenta del error que se podía cometer matando al cocinero cuando aun no había terminado su manjar. Un plato único, sólo comparable a concepciones del fútbol como las que tuvieron las selecciones de Brasil en el 70 y en el 82, y que no se cuece en dos días, ni siquiera en dos años. Apuesta por el fútbol de verdad, en el que corren el balón y los contrarios, no los propios jugadores. La verdeamarelha de Pelé ganó el Mundial, la de Zico se quedó en semifinales. Pero las dos ganaron, porque la verdadera victoria –y con esto estoy citando a Santiago Segurola- está en quedar en la cabeza de los aficionados, los trofeos sólo son un adorno en una vitrina.

Y eso es lo que ha conseguido Aragonés. Quedar en la memoria de todos por el juego que han desarrollado sus chicos sobre el tapete. Ese ‘tocar, tocar y tocar’ hasta que el rival caiga rendido por aburrimiento, desconcentración o mareo. El fútbol más puro de hecho. El que se juega a ras de césped con pases milimétricos y para el que hacen falta especialistas con pies de seda. Y ese tipo de jugadores sobran en España. Todos los grandes equipos han sido campeones apostando por un estilo. Normalmente por el que más definía genética futbolística. Los brasileños trasladan la samba al terreno de juego, los italianos el cerrojazo y las contras, mientras que los alemanes emulan cita tras cita a la legión cóndor. Y España siempre ha presumido de furia. Y siempre se ha preguntado porque su apuesta salía mal. Quizá porque no la llevaba en las venas. Y ese ha sido el verdadero éxito de Luis -que ha vuelto a demostrar porque le llaman El Sabio-, trasladar nuestro ADN al campo. Si somos inferiores físicamente, ¿para qué vamos a ir al choque? Aprovechemos nuestra virtud, que es tener la pelota, mimarla y darle brillo.

Y secundado por actores de lujo como Cesc, Iniesta, Silva, Alonso o Senna, Xavi ha sido el principal valedor de este patrón durante el torneo que por fin nos ha coronado. Y es en este punto, cuando después de alardear entono el Mea culpa. Yo he criticado a Xavi hasta la saciedad. ¡He criticado al -según la UEFA- mejor jugador de la mejor Eurocopa que hayan visto mis ojos! Creo haberlo criticado con razón, pues en sus últimas dos temporadas en el Barça, pese a su indiscutible visión de juego y su gran calidad en el pase, me ha parecido un jugador que abusaba del pase horizontal y que defendía poco y mal, más que nada por sus carencias físicas. Si a esto le unes que un medio del campo formado por tres jugadores, de los otros dos sólo uno –como mucho- sea una roca defensivamente, el equipo acaba haciendo aguas. Y sí, siempre le he echado la culpa a Xavi, más si he considerado que Iniesta era una versión mejorada del egarense y que por tanto no hacía falta tener dos cromos repetidos. Pero como decía, mi boca se ha ido cerrando a medida que avanzaba este mes de junio.

Xavi ha sacado su escuadra y su cartabón, su compás y su lapicero, se ha apretado los machos para defender como el que más y se ha visto ayudado por un jugador más –dos en ocasiones- que en Can Barça en su parcela del campo. Con todos estos ingredientes se ha empezado a erigir como la brújula de la Roja. A medida que ha avanzado el torneo, el barcelonista ha ido creciendo –y con él el equipo-. Y poco a poco todos hemos emulado a Andrés Montes, que al más puro estilo de Humphrey Bogart le suplicaba en el pasado Mundial: “Tócala otra vez, Sam”. Y Xavi, reencarnando a aquel músico que tocaba ante el enemigo en Casablanca, ha tocado sin miedo las mejor de sus sinfonías, enamorando a un país y reconquistando todo un continente. El de Terrassa ha demostrado que los mediocampistas que no ven puerta con regularidad también tienen cabida en el fútbol actual –aunque tampoco sería este el año para hablar de su falta de gol, en el que ha sostenido al Barça en muchos momentos y en el que abrió el camino hacia la final contra los rusos-, sobretodo si tienen guantes de seda en vez de metatarsianos y empeines.

Ahora sólo me queda pedirle a Guardiola que considere la opción de cambiar el sistema del Barça pasando de tres a cuatro centrocampistas, o bien que lo blinde con dos perros de presa no exentos de buen fútbol. Pero entonces Iniesta sólo tendría cabida en uno de los dos flancos de ataque –jugando en la posición que antaño tuvo Ronaldinho y en la que este año ha rendido a gran nivel- o en el banquillo. Y Andrés no puede mirar los partidos desde la banda. Visto lo visto, lo más inteligente sería ganar gente en la media. Precedentes hay. Y son exitosos. España ha sido campeona de Europa. Pep es inteligente, seguro elegirá una buena opción. Lo que seguro no hará será renunciar a ese estilo, un estilo que Cruyff promovió desde el banquillo y del que Guardiola fue su extensión en el césped en los gloriosos años del Dream Team. No olvidemos que el ‘toca, toca y toca’ lo ha rescatado el Sabio del Camp Nou, que con la Masia siempre ha tenido una escuela en la que proliferaban este tipo de jugadores. Primero disfrutamos de Milla, Guardiola o De la Peña. Hoy lo hacemos con Cesc, Iniesta, o el propio Xavi. Y en el futuro, seguro lo haremos con Marc Crosas.
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Llegado a este punto me hago dos preguntas, de las cuales podré –y deberé- responder una: ¿Dónde están ahora los que criticaban a Luis? Pues no lo sé ¿Y a Xavi? ¡Presente! Quien quiera pedirles perdón para redimirse de su pecado que lo haga. Mientras tanto, España seguirá feliz. Será en parte gracias a ellos. Gracias viejo. Gracias Sam. Y perdona.

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