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jueves, 3 de julio de 2008

Bienvenido, Míster Fútbol

Por Albert Valor

El fútbol ha vuelto. El del bueno, para ser más exactos. Lo dábamos por muerto tras años de sopor con pequeños oasis en el desierto. Entre Capello, Mourinho y Benítez nos habían empezado a hacer creer que ahora lo que se llevaba era el choque, los achiques, el sacar provecho de los fallos ajenos. Unos ganaban Ligas, otros Copas de Europa; incluso combinaban ambas. Si a eso unimos que en los grandes torneos de selecciones de los últimos años, Grecia en 2004 e Italia en 2006 habían salido victoriosas con sus rácanas propuestas, las previsiones para esta Eurocopa no eran muy halagüeñas. Incluso Brasil ganó la final del Mundial 2002 ante Alemania el día en que Brasil jugó como Alemania y Alemania jugó como Brasil.

Todos estos precedentes empezaron a crear un estilo a nivel internacional, y en el fútbol europeo de hoy en día proliferan los sistemas con 5 centrocampistas y un solo delantero y son más bien escasos los equipos que se salen de este guión. En este último lustro, me pasan por la cabeza únicamente tres propuestas de fútbol atractivo a gran nivel: el Barça de Rijkaard que maravilló a Europa, el Olympique de Lyon que se quedaba cada año a las puertas de llegar a los partidos importantes y la Roma de Spalletti, que casi por accidente dio con un sucedáneo de fútbol total, un 4-6-0 en que todos sus centrocampistas podían convertirse en delanteros; la apuesta más bonita del Calcio. También podríamos destacar estilos como el del Getafe o el del Nancy, pero están en otro escalón.

Y entonces llegó la Euro ’08. Tras dos días de competición –en los que también podríamos incluir el Francia-Rumanía de la tercera jornada- en los que sólo destacaron los 25 minutos finales de Portugal ante Turquía, nos temíamos lo peor. Equipos como Suiza, Austria o Polonia ponían atrevimiento sobre la cancha, pero los puntos eran para otros. Pero entonces, cuando menos lo esperábamos, el fútbol resucitó. Primero fue Holanda, que le recordó a Italia que si quería volver a subir a lo más alto, no sería precisamente con catenaccio, y luego España, con esa mezcla entre tiqui-taca y contras perfectas. A partir de ahí, el espectáculo ya no se olvidó de nosotros. El primer beneficiado fue el espectador. El segundo, esta España mía, esta España nuestra. Decían que nos faltaba músculo, altura, mala leche. Pero el torneo que vio renacer al fútbol se olvidó de todos esos conceptos, tan arcaicos ellos. No podía haber otro campeón. Nadie apostó por los conceptos más básicos y románticos del balompié que nuestra selección. La campeona en 2004 vio que su propuesta ya había caducado, y los suplentes de España se encargaron de recordarles a los helenos que ese tipo de fútbol no les serviría para sumar ni un punto. Luego le tocó comprobarlo a Italia, que casi se sale con la suya. Pero la lotería tuvo esta vez conciencia y se acordó de los que más lo merecían. A partir de ahí, desatados por la superación de complejos que ya parecían históricos, los chicos de Luis entendieron que el título les pertenecía. Y el título entendió también que pertenecía a esos locos bajitos.

Ahora haremos un paréntesis y hablaremos de los otros equipos que también dieron rienda suelta a la fantasía hasta las semifinales. Porque está bien claro, a partir de la penúltima ronda el único equipo que existió fue la Roja –con permiso del Alemania-Turquía, más que nada porque Xavi y Cía no estaban sobre el césped-.

Tras España; Rusia, Holanda, Croacia, y Portugal, Turquía y Alemania en algunas fases, han sido los otros equipos que han entendido que el enfermo debía recuperarse. Los de Hiddink han sido, sin duda, la sorpresa del torneo. Tuvieron la desgracia de enfrentarse dos veces a España –donde sumaron sus dos únicas derrotas- pero en el resto de sus partidos, con el balón en su poder se comieron a sus rivales. Tras dejar destellos en la primera fase, la exhibición llegó en cuartos ante Holanda. Se habla mucho de la prórroga en la que Arshavin destrozó a la Oranje con dos cuchillazos sobre mantequilla neerlandesa, pero lo cierto es que el tiempo reglamentario ya fue todo un recital. Al final, la inexperiencia les costó el empate cuando se cumplía el tiempo, pero el partido podría haber acabado tranquilamente 1-3 sin prórroga. Junto al pequeño Joker, Pavlyuchenko, Zhirkov, Zyrianov, Torbinski o Saenko, se encargaron de poner al balompié del este de nuevo en el mapa.

Holanda quedó eliminada ese día, pero lo cierto es que durante la primera fase dio realmente miedo. Además de jugar de manera vistosa, con una gran contención y unos contragolpes de manual en el que salía a relucir la calidad de hombres como Sneijder, Robben, Van Persie o Van der Vaart, el gran aval de los de Van Basten fue la manera que tuvieron de machacar a Italia y Francia, campeona y subcampeona del mundo respectivamente. Quizá fue aquí cuando se vio que algo empezaba a cambiar para el fútbol amarrategui.

Hablemos ahora de Croacia. Los balcánicos eran junto a Rusia, uno de los combinados que apuntaba a tapado en el torneo. Y lo cierto es que en la primera fase empezaron intimidar. Primero ganaron a Austria con algo de suerte, pero en la segunda jornada, ante Alemania, sacaron el rodillo. Guiados por un genial Luka Modric, que dominaba el centro del campo a su antojo, y escoltado por hombres como Rakitic, Pranjic –izquierda-, Srna o Corluka –derecha- en las bandas, los de Bilic borraron a la Mannschaft del campo. Sin duda, su mejor partido en esta Euro. Incluso ya clasificados, con un once plagado de suplentes, tuvimos tiempo de ver a jugadores como Vukojevic o Klasnic. A cuartos con 3 de 3. Pero llegó Turquía y les demostró que creer es poder.

Turquía. Menudo equipo. Puso la magia al campeonato y fue capaz de lo mejor y de lo peor: remontadas, coraje y golazos combinados con errores imperdonables y detalles feos. En el primer partido, no ofrecieron nada, y Portugal acabó pasándoles por encima. En el segundo, estaban eliminados al descanso. Y ahí empezaron a forjar la leyenda. Tras la reanudación, sin ser superiores a los suizos, acabaron ganando por casta con goles de Senturk y Arda Turan, postrero este último. En el tercero se lo jugaban todo ante Chequia. Si ganaban, a cuartos. Si perdían, a casa. Y si empataban, penaltis por primera vez en una liguilla. Tras ir perdiendo 0-2 a un cuarto de hora para el final, acabaron volteando el marcador en un partido que ya está en la Historia Contemporánea del Fútbol. Pero aquí no acabaron los milagros. En cuartos, contra Croacia, se llegó al 28’ de la prórroga con empate a 0. La selección ajedrezada marcó entonces. Cuando los croatas ya se veía en ‘semis’, llegó el empate turco. En ese momento, los de Terim debían creerse ya invencibles, y los penaltis premiaron su fe. Pero en la siguiente ronda ante Alemania, con una alineación plagada de suplentes por las numerosas bajas, tras conseguir el empate a 4’ del final, Lahm acabó con el sueño. Lo sigo pensando, si Turquía se hubiera plantado en la final, todo podría haber pasado. Habiendo llegado a la orilla tras nadar tantas veces a contracorriente, su autoestima hubiese estado por las nubes.

Llega el turno de citar a Portugal. Los lusos llegaron como favoritos al triunfo final, más aún después de ser los primeros en clasificarse para cuartos. Ganaron con suficiencia los dos primeros partidos, en los que vimos a un Deco sublime y a un Pepe que sigue su carrera hacia la cima, mientras Cristiano mostró la misma línea que durante la temporada de clubes. Pero en cuartos se derrumbó el castillo de ilusiones. Alemania se les plantó enfrente. Con su fútbol de siempre, basado en un par de puñetazos sobre la mesa y en aprovechar otros tantos errores del rival, selló la eliminación portuguesa. La verdad es que la falta de un ‘9’ y de un arquero de garantías, así como el afán de protagonismo de Cristiano en los momentos clave, acabaron de hundir el barco. En la hora de la verdad, Deco se quedó solo ante en peligro.

Si hablamos de Alemania poco más hay que añadir, porque hablando de sus víctimas hacia la final –Portugal y Turquía- ya hemos cantado sus excelencias. En la primera fase aburrieron bastante, y ganaron a Polonia y Austria basándose en su oficio y en la falta de éste en su oponente. Su mejor partido fue en cuartos, donde llegaron como víctimas, un papel en el que son trucha en el río. Jugando su mejor media hora del torneo, se pusieron 0-2 e hirieron de muerte a los de Scolari. En ‘semis’, fueron inferiores a Turquía pero, otra vez materializando las llegadas y rapiñando cual buitre los errores del rival, se plantaron en la final.

Otros equipos como Suiza o Austria, quizá empujados por el imperativo de ser los anfitriones, mostraron un fútbol atrevido y siempre fueron a por sus partidos, pero la falta de pegada les condenó.

Y ahora hablemos de lo que pasó a partir de las semifinales. Alemanes y turcos tuvieron la suerte de no enfrentarse a España, lo que les dio la oportunidad de jugarse un puesto en la final. Como ya sabemos, la balanza fue teutona. Y en la otra semifinal, a los rusos les llegó su propia ruleta. Tras sorprender a todo un continente, se encontraron con un revólver en la mano. El primer tiro no trajo consecuencias y la pistola pasó a la sien española, pero Pavlyuchenko se olvidó de rellenar los dos siguientes huecos del cargador. Tras una tregua, el arma volvió a Rusia, que esta vez se la puso en la frente. Quedaban tres disparos. Y como todos sabemos ya, en los tres había balas. Y las tres fueron para Rusia. Evidentemente, ahí se acabó el torneo para los orientales.

Tras una primera parte en la que las fuerzas estaban igualadas, España finiquitó a su rival en el segundo acto. Los rusos no lo sabían, pero el choque de fuerzas en la primera parte les iba a pasar factura. España quizá tampoco lo supiese, pero siguió moviendo el cuero y cansando a su rival hasta que rompió el cántaro. Tras abrir la lata, lo que vino después cayó por su propio peso y la tropa de Aragonés jugó los mejores minutos del torneo. Tras una exhibición y más de dos décadas, España estaba en una final. Y enamorando.

Una vez ahí, sólo quedaba esperar a que la justicia y la lógica, al servicio del buen hacer durante todo el torneo, hicieran su última acción. Y ésta llegó. No hace falta explicar el gol de Torres. Todos lo tenemos grabado en la retina y lo vemos cada noche antes de que el calor nos deje dormir. La Eurocopa castigó la falta de ambición y obsequió a los osados. Y en eso, España no tuvo rival. Ahora sólo hace falta que, por el bien del deporte rey, este estilo tenga continuidad en el futuro. De momento, celebremos su regreso. Por fin has vuelto. Ya te echábamos de menos. Bienvenido.

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jueves, 26 de junio de 2008

Siempre gana Alemania

Por Albert Valor

Se acabó el sueño turco. Tras creer hasta el último segundo, los pupilos de Fatih Terim doblaron la rodilla. Poco se le puede objetar a estos guerreros, que han dado la cara en todo momento y que han encadenado un milagro tras otro. Todos los entrenadores que quieran adquirir durante el verano algún jugador que garantice lucha, entrega y compromiso durante 90 minutos –o los que sean necesarios- ya sabe que en la selección turca tiene un buen abanico para elegir. Junto a ese derroche de corazón, habría que destacar a algunos jugadores como Sabri Sarioglu, un pequeño y escurridizo hombre de banda que ha jugado donde le ha exigido el guión, Hamit Altintop, que ha refrendado que aúna clase, temple y polivalencia, Mehmet Aurelio –que junto a Senna ha demostrado que si Brasil no cuenta hoy en día con un mediocentro de garantías es porque no quiere-, Ugur Boral, un desconocido e irregular extremo que ha mostrado su mejor versión en este europeo, Semith Senturk, que ha ejercido de ‘9’ tal y como le exigía su dorsal, Kazim Kazim, el interior que vino de Londres, o Arda Turan, que pese a no estar disponible hoy –al igual que Nihat o Tuncay- ha aprovechado este torneo para darse a conocer.

Si había un equipo que pudiera hacer frente a la imprevisibilidad turca ese era Alemania. Y así fue. El duelo empezó con los germanos demasiado relajados, como si creyesen que el partido se iba a ganar sin dejarse la piel sólo por el simple hecho de que alguien diga que en este deporte siempre ganan ellos o porque los otomanos estuvieron jugando diezmados por sus numerosas bajas. Y claro, los turcos, además de fe, tienen orgullo y decidieron que si se quedaban sin final no sería por no haberlo intentado. Primero avisó Kazim Kazim con un trallazo al larguero, y acto seguido una jugada de carambola acababa con un empalme de Ugur Boral que se le escurría al siempre inseguro Lehman. Por primera vez en esta Eurocopa la selección de los milagros se veía por delante en el marcador. Y evidentemente, como eso no es lo suyo, tras acribillar a la Mannschaft durante unos minutos más, concedieron el empate en la primera jugada de peligro creada por sus rivales. Bastian marcó a pase de Podolski. La primera parte acabó en tablas, sin ofrecer mucho más que una contra marrada por el ‘polaco’.

El segundo acto empezó como acabó el primero, con sopor, y así fue casi todo él. Cuando el telespectador ya pensaba en disfrutar de uno de estos últimos instantes de Eurocopa con treinta minutos más de propina llegó el epílogo. En los últimos 11 minutos se vendió todo el pescado –no podía ser de otra manera con Turquía sobre el green-. Minuto 79; centro siniestro desde la izquierda de Lahm, parecía que Rüstü iba a llegar, pero para no manchar su reputación cantó, y Klose, ave de rapiña donde los haya, aprovechó el regalo. 2-1. La tropa de Terim tenía 11 minutos para jugar al milagro, que es lo que le gusta. Y para no variar con su táctica, siguió creyendo. ¿Qué es un gol de desventaja con 11 minutos por delante? Para ellos bien poco. Y evidentemente empató, a los 86’, cuando el partido agonizaba. Centro raso de Sabri desde la derecha al palo corto y Senturk, avanzándose a su marcador bate a Lehmann por debajo de las piernas. Probablemente medio mundo estuviera frente al televisor con la certeza de que lo que acababa de pasar ya lo esperaba. Pero tres minutos después Alemania, fiable donde los haya, verdugo entre verdugos, asesina a sangre fría, dio de beber a los turcos de su propio elixir. Quedaba un minuto más los tres del alargue. Evidentemente Turquía seguía creyendo. El problema para ellos fue que Alemania ya tenía demasiado claro lo que podía pasar si concedía un solo milímetro. De hecho, Turquía tuvo última opción en una falta que botó Tumer Metin. El jugador del Larissa griego mandó el balón a la grada y con él, toda la proeza al limbo. Tras el saque de puerta Busacca pitó el final.

Turquía puede estar orgullosa de lo que ha hecho. Sin contar entre los favoritos al título, ha demostrado que con fe, testosterona y, evidentemente, algo de fútbol, se puede optar a todo. Terim –el indiscutible parecido razonable de Robert de Niro-, ha comandado un grupo sobradamente preparado para competir aun cuando la guillotina les rozaba el pescuezo. Es para estar orgullosos. Si siguen creyendo así, el futuro estará lleno de dulces. Para nada deben estar tristes. Ya se sabe, en el fútbol, siempre gana Alemania ¿o quizá no?

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sábado, 21 de junio de 2008

El héroe circense

Por Albert Valor


El fútbol ha vuelto a demostrar que no se rige por ninguna ley. ¿Cómo es posible que el mejor jugador de un partido –con una abismal diferencia sobre el resto– tenga que irse con la cabeza gacha como uno de los responsables de la eliminación de los suyos y que el peor del partido –también con bastante diferencia- salga a hombros como un héroe? Ayer Rüstü Reçber, ese portero que le endosaron a Laporta para que empezara a construir el Barça postgasparista, tras evocar en cada acción a la madre de Forrest Gump y recordarnos en cada acción del partido que la vida es una caja de bombones y que –con el ex azulgrana– nunca sabes lo que te va a tocar, alternó paradas de mérito con actuaciones circenses –como la del gol. Hasta que llegaron los penaltis. Ahí el meta turco se miró en el espejo de otros cancerberos con más sombras que luces que también se han erigido en héroes después de las fatídicas tandas –su compañero de selección Volkan Demirel, el ahora madridista Dudek o el portugués Ricardo.

Esa es la primera impresión que deja el partido. La segunda viene tras una breve observación. En el descanso de su segundo partido en esta Eurocopa, Turquía estaba fuera, con las maletas por hacer para regresar a casa. Ahora mismo, está en semifinales, con la moral más alta después de cada partido; no por el qué sino por el cómo. Tras el gol postrero de Arda Turan contra Suiza y el ejercicio de creencia demostrado ante Chequia, pensábamos que un mismo equipo de fútbol ya no nos podía enseñar nada más, que en el libro de los milagros Turquía ya lo había escrito todo.

Al partido de ayer le sobraron 118 minutos –excluyendo, claro está, a Modric, que estuvo exquisito, cruyffesco por momentos, maradoniano incluso; la pena es que apareció con cuentagotas en un partido huérfano de talento. De hecho le sobraron los 120 –si acaso un balón enviado al larguero por Olic tras genialidad de Modric y algún chut envenenado de los hombres de segunda línea turca, pero poco más–, pero el caso es que en esos dos últimos se empezó a configurar la balanza psicológica del encuentro, esa que tan bien dominan los pupilos de Terim y que sería decisiva en la lotería final. Faltaba un minuto para que se cumpliera la totalidad de la prórroga cuando Modric llegó por los pelos a un balón que parecía perderse por la línea de fondo. Eso creyó Rüstü, que salió a proteger el balón. Al verse entre la portería y el crack croata, ya con el balón junto a la bota, el meta reculó. Mientras, el '14' centró para que Klasnic hiciera más grande su hazaña tras la operación de riñón. El balón entró tras tocar en Rüstü, que lo tocó a contrapelo. La selección ajedrezada se veía ya en 'semis'. Pero, ¿acaso alguien creía que con 3 minutos de alargue Turquía no seguiría creyendo? Con el tiempo cumplido –mientras Bilic pedía un cambio–, Rüstü envió el cuero desde su campo directo hasta el área croata, y tras un par de segundos de incertidumbre –y de falta de contundencia croata–, Senturk la empalmó directa a la escuadra de Pletikosa para después mandar callar a la afición balcánica. De locos. Bilic se mostraba entre atónito e indignado –sobretodo con Mejuto- con lo que veían sus ojos. A Croacia entera le parecía una película de terror. A los turcos les resultaba ya de lo más normal.

Luego llegó la tanda. La estupefacción de unos y la fe de otros acabaron por finiquitar la eliminatoria. Turquía ha llegado ya al penúltimo escalón. Su siguiente rival será Alemania. Eso ya les da igual. Lo único que les compete es seguir creyendo.

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lunes, 16 de junio de 2008

Y Turquía sigue creyendo

Por Albert Valor

Hace unos días hablaba con unos amigos de la alarmante falta de goles, emoción y buen fútbol en esta Euro’08. Hoy me tengo que callar. Es posible que, más allá de los buenos momentos que nos han regalado Portugal, Holanda y España, haya visto, concentrado en 20 minutos, todo lo que no he visto durante toda la temporada; la porción de fútbol más pura en lo que llevamos de Eurocopa. Turquía, que se veía en la calle, ha apelado a la pasión que lleva su gentilicio para dejar fuera a los checos a base de ímpetu, fe y calidad, sobre todo la de un Nihat que se iba a ir de vacaciones con más pena que gloria y que se ha convertido en héroe en 3 minutos. Empieza a ser el del Villarreal.

Teniendo a sus órdenes a una de las peores defensas del campeonato, Fatih Terim habrá pensado que ya daba igual perder por 2 que por 4 y ha lanzado a sus chicos al ataque quemando todas las naves. En estos últimos minutos hemos vivido de todo. Fútbol en estado puro: errores de bulto, golazos, destellos de calidad, detalles feos ―como el de Demirel con Koller― y sobre todo, la pasión con la que 22 jabatos, 11 por cada bando, defendían a su patria con el cuchillo entre los dientes. Eso que quizá le falte a España.

El partido se ha decidido, no obstante, por un simple detalle: la creencia en uno mismo. En este caso la creencia de un equipo, de todo un país que vive el fútbol como una religión, en sí mismo. Allá por el minuto 60 Plasil anotaba, tras una triangulación perfecta de los centroeuropeos, el 0-2. Koller había hecho el primero antes del descanso. Los checos ya se veían en cuartos e incluso Polak pudo finiquitar el encuentro, pero su disparo pegó en la madera. Aún así, Turquía seguía creyendo. Un cuarto de hora después, Arda Turan, uno de los tapados del torneo y que ya fue héroe hace 4 días frente a Suiza, recortaba distancias. Los checos se echaban entonces atrás para contener los ataques otomanos. Turquía, por su parte, seguía creyendo. A los 88’, Nihat, tras un error garrafal del gran Cech, empataba el partido. Las radios y las televisiones de medio mundo ya anunciaban los morbosos penaltis, los primeros en la historia de una Eurocopa en su primera fase. Cech pensaba ya en redimirse con los 11 metros mediante y algunos de los jugones checos ya veían inevitable emular a su gran antepasado futbolístico, Antonín Panenka, para salvar los muebles. Pero Turquía seguía creyendo. No le bastaba con haber forzado los penaltis. Y tan grande fue el corazón de los turcos, que al final Nihat la rompió en un mano a mano con el meta del Chelsea, resuelto de forma inapelable.

Fue entonces cuando Chequia, un tanto superada por los acontecimientos, se lanzó al ataque para volver a igualar la balanza, la del electrónico y la psicológica. Pero ya era demasiado tarde. Turquía había creído demasiado como para venirse abajo. Tanto, que a Volkan no le importó tocarle la cara a Koller para dejar a los suyos con diez, y a Tuncay rezando bajo los palos de improvisado cancerbero. Un minuto después, se confirmaba la hombrada. Después de creer hasta el final, Turquía alcanzó los cuartos y la gloria del que nunca desfallece. La República Checa, un buen conjunto pero que ha sido algo rácano en este europeo, se va a casa porque le faltó tesón y le sobró conformismo en los minutos decisivos.

El buen fútbol es como la pasión, siempre vuelve a nuestras vidas. Y hoy toda Turquía, el final de Europa o el principio de Asia, empezando por Nihat y acabando por Volkan, pasando por Fatih Terim o por los que estaban en la grada, todos, nos lo han demostrado. Ahora les espera Croacia, una selección que, con el toque rockero de su entrenador Slaven Bilic, juega ―y lucha― los 90 minutos. Pero Turquía sigue creyendo.

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