Avanza España hasta la final de la Eurocopa tras deshacerse de Portugal en la suerte de los penaltis, en un partido equilibrado al máximo, donde las defensas se impusieron a los ataques excepto en la prórroga, cuando la Roja sí hizo méritos para desnivelar el choque.
jueves, 28 de junio de 2012
Una 'Roja' de leyenda
Avanza España hasta la final de la Eurocopa tras deshacerse de Portugal en la suerte de los penaltis, en un partido equilibrado al máximo, donde las defensas se impusieron a los ataques excepto en la prórroga, cuando la Roja sí hizo méritos para desnivelar el choque.
domingo, 20 de marzo de 2011
Miscelánea y delicias de Juanma Trueba
Resulta una verdadera fortuna que lo que te pasa por la cabeza sea pura imaginación, pura lírica, puro ardor y pasión por algo. Si además sabes transformarlo en prosa poética, la cosa ya es memorable. Eso es algo que le sucede a Juanma Trueba, el cronista en As de los partidos del Real Madrid. Pocos, quizá Segurola, pueden competir con tales florituras ante una hoja de papel. Tras cada crónica de este señor periodista, podríamos hacer el ejercicio que hoy se presenta. Pero lo cierto es que ha sido este derbi madrileño en el día del Padre el que ha motivado este manantial de citas. Allá va lo más granado:“Para el anfitrión queda el consuelo, mínimo, de haber recortado un metro de los mil que todavía le separan del rico vecino. (…) el Atlético no hizo un planteamiento realista del asunto. Se lanzó a por la victoria con los ojos cerrados, el sable apuntando a Cibeles y los caballos al galope, (…). De manera que el partido se dividió en un grupo de comanches románticos y un frío comando de élite. Flechas contra balas. ”
Recital. Qué razón tiene el bueno de Juanma. Sobre todo, apuntando de modo implícito a ese don de Jose Mourinho, ese Rey Midas de la Guerra. Y es que el portugués militariza todo lo que toca. Si su Chelsea parecía un ejército cada vez que saltaba a los terrenos de la húmeda, antigua y pérfida Albión, el Inter parecía un escuadrón de bandera transalpino. Y ahora, el Madrid. Los malditos bastardos del siglo XXI. Los hostiles del Señor de la Guerra siempre siguen el mismo guión: manipulan el calendario y desvirtúan la competición teniendo a los colegiados su lado. Y por supuesto, le tienen envidia. Pero sigamos:
“Para el Atlético no había marcha atrás. La locura era la única solución y el equipo se agarró a su palanca de emergencia: Kun Agüero. (…) y se tropezó con Casillas. Al rato disparó raso y la desvió Casillas. Casillas, Casillas, Casillas. (…) Casillas es un muro en la cima del Everest. Una crueldad intolerable. (…) apareció Marcelo para recordarnos su promiscua relación con las musas. Amagó, ganó la línea de fondo y asistió a Özil, que marcó con delicadeza.”
Dijo Trueba en una ocasión que Özil no era turco de nacimiento. Que era turquesa. Pero aún hay más:
“Entre un paisaje de comanches caídos, Kun lo siguió intentando. Marcelo le robó un balón con el que ya apuntaba a Casillas y cuando se encararon para citarse fuera hicimos la foto de dos genios.”
El derbi nos dejó este triángulo. A Casillas, santo y seña del madridismo, en primera instancia. Tiene aureola. E incluso alas. Él es la hipotenusa. Marcelo y Agüero, los catetos. Dos genios incomprendidos. Al brasileño le vilipendian sus lagunas defensivas y le condena su arrogancia. El Kun cuenta con una desventaja. Los que no le ven jugar a menudo piensan que es un futbolista de jugadas sueltas, de ratitos. Y no. Es un jugador imperial. Y está preparado para ir a cenar a un sitio caro. Desde hace ya tiempo.
De todos modos, la opinión que Adebayor le merece a Trueba tampoco tiene desperdicio: “(…) Adebayor rozó el gol de aquella manera tan suya, entre la torpeza absoluta y la genialidad relativa.”
Curiosa fue también la moraleja que extrae del desenlace del choque: “El gol [de Agüero] demostró a los niños que existe recompensa para quien se esfuerza, aunque no sirva para pagar todas las deudas.”
Así las cosas, la vida sigue igual en la capital. Ya son 21 derbis sin que el Atleti entone el grito de la victoria. Y por abajo, la Liga está que arde. Parece que al Sporting se le pone todo cuesta abajo a costa de un Almería con muchas aptitudes pero con poco pragmatismo. El Málaga abandona el farolillo ganando al Espanyol. Los pericos son la revelación de la temporada, pero siempre les moja la oreja el colista de turno. Colista es ahora el Hércules, que cada jornada que pasa le pierde más la cara a la División de Honor. Pero es otro equipo valenciano el que da gratas sorpresas. El Levante, construido en base a cesiones e ilusión, está a punto de firmar la permanencia con toda justicia. Caicedo, la relación más productiva entre goles y puntos de esta Liga, se lesionó en Riazor. Fue otro de los talentosos del equipo granota, Rubén Suárez, el que decidió. El asturiano fue clave en el ascenso y estaba inédito hasta la fecha. Ya se sabe. En el fútbol, como en la vida, todo viene y va.
Arriba, en las islas, un titán se reconstruye. Y es que viendo el Sunderland-Liverpool que se ofreció en esta sobremesa de domingo quedan claras algunas cosas. La primera, que tras la llegada de Kenny Dalglish, el Liverpool ya no se mueve tan a menudo por arenas movedizas. Con la victoria en The Stadium of Light, suman 20 de los últimos 27 puntos y ya reposan en la sexta plaza, algo impensable en Navidades.
Pese a la marcha de Torres y la lesión de Gerrard, los reds han dejado de dar palos de ciego. Y mucho tiene que ver en ello Luis Suárez, versión charrúa del Lazarillo de Tormes. Y es que el uruguayo está cada vez más asentado en lo que siempre pareció que sería: un crack que lleva siempre la picaresca al límite. Con él, la fiabilidad y compromiso de Kuyt y una defensa con las tuercas apretadas como antaño, ya no se debaten constantemente entre la cal y la arena. Meireles va a más y a Andy Carrol se le empieza a intuir. Acabará siendo un referente.
El duelo propició también el reencuentro entre el nuevo y flamante ‘7’ de Anfield y Gyan Asamoah. Dosis de morbo tras la secuencia ‘Mano-Penalty-Fallo-Lágrimas de todo tipo’ de la eliminatoria de cuartos de final del pasado Mundial entre Ghana y Uruguay. También quedó al descubierto lo desguarnecido que queda el talento de Gyan #33 en los Black Cats. Si yo fuera el secretario técnico de algún equipo que quiere jugar al fútbol y necesita un delantero con recursos técnicos y que sabe jugar de espaldas al arco, vendría ya a rescatarlo. Desde el Sánchez Pizjuán, por ejemplo. O desde el Manzanares.
Fútbol. La ciencia menos cierta. La religión con más adeptos. Y cómo nos gusta.
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viernes, 16 de julio de 2010
Sudáfrica 2010: España encuentra su primera estrella. Así se hizo.
3 de julio. Sábado noche. Acabábamos de liquidar, no sin apuros, a la incómoda Paraguay de Gerardo Martino. 1-0. Gol de Villa en el 81'. En el 58', Casillas paró un penalti. Era momento, pues, de festejar el pase a semifinales, hito histórico de la selección en los mundiales. Pero, cómo celebrar algo tan preciado, cuando se tiene tan cerca y a la vez tan lejos. Cómo recaer en la trampa de soñar despierto, tras casi un siglo mordiendo el polvo. Cómo calcular las distancias, la medida de las pulgadas, cuando el terreno es ajeno a lo humano. Por qué beberse la pista de baile a martillo –me preguntaba–, si al fin y al cabo no existen en el fútbol los cimientos; si nadie paga luego la cuenta de doña decepción y don remordimiento.
Como todos los juegos que molan, el Mundial está lleno de castillos en el aire y puertas secretas, que conducen a princesas que siempre se llaman Daniela. Ni siquiera Super Mario, en el tajo desde el '81, tiene respuesta a tanto acertijo. En cuanto a mí, a cuatro noches de batirnos con Alemania, preso de la sed de estrellas, no se me ocurrió nada mejor que tratar de adivinar lo que estaba por venir. Error. O no. Todo depende de quién sea el coyote, y quién el correcaminos.
Lo primero en que pensé fue en la frase de Maradona que rescaté de por ahí: "Siempre queda una pelota para la epopeya". No cabía esperar menos de un duelo contra la todopoderosa Die Mannschaft –'el equipo'–, que llegaba a la cita como flamante sensación del torneo y con la robótica mejorada respecto a 2008. Es cierto que Joachim Löw perdía por sanción a Thomas Müller, su Mazinger Z particular, pero a esas alturas de campeonato si algo había demostrado la selección germana era la fiabilidad del conjunto de su ingeniería. Competitiva por naturaleza, acostumbrada a verse entre las cuatro mejores, para Alemania disputar una 'semi' –onceava en su historia– era como un día más en la oficina.
De España, más cerca que nunca pero lejos todavía de alcanzar su estrella supernova, esperaba todo lo mejor. Desde el revolcón frente a Suiza, el rendimiento de 'la Roja' dibujaba una curva que invitaba al optimismo. A la confianza. Y a la fe. Esperaba que Casillas se cosiera las alas; que Ramos hiciera de su banda un cortijo; que Piqué y Puyol electrificaran el perímetro a su espalda; que Capdevila, arriba y abajo, continuara pintando su cerca; que Busquets siguiera siendo el jardinero fiel; que Xabi Alonso liberara más palomas mensajeras; que Xavi Hernández marcara la sístole y diástole del partido; que Iniesta fuera Iniesta; que Villa tampoco desayunara ese día; y que Torres, desangelado hasta el momento, volviera a ser el cazador elegido: la voraz hambruna del coyote, junto a la rapidez del correcaminos.
Finalmente, el destino de los sucesos es tan esquivo al pronóstico que el 'Indio' Torres apenas tuvo 25 minutos más en el resto del torneo. Se acabó imponiendo el fulgor de Pedrito. Y en contra de cualquier apuesta previa, el hombre del día resultó siendo el jugador más defensivo; el menos técnico y goleador. Ironías del fútbol. Una más. Guiño a todos aquellos centrales del corte de Puyol: melena, casta y corazón. Sin nada más… Y nada menos. Imposible ganar sin jugadores así.
En la misma línea, para la historia quedará otra mágica contradicción: España conquista el trofeo siendo, con mucho, el campeón con peor número de goles a favor –8–. Tampoco nadie había obrado el milagro de superar los cuatro partidos definitivos sin encajar ninguno. La memoria de millones de aficionados se encargará de resolver el aparente sinsentido: aquel equipo –se ensancharán al decir– defendía como ningún otro. Tenía grandes defensas; Piqué, Puyol y Ramos eran extraordinarios. Pero el mejor defensor de todos… Era Xavi.
Todavía una paradoja más: el gol definitivo no lo fue a marcar precisamente el tipo con mejores registros. Ni siquiera un delantero. Perteneciente al gremio de corte y confección, Andrés Iniesta suele jugar sin demasiadas balas en el revólver. Renegar de los disparos al aire, su particular modo de afinar puntería. Acostumbrado a actuar como centrocampista puro, su labor principal consiste en enhebrar la aguja; casi nunca en dar la última puntada. El arte del gol requiere altas dosis de egocentrismo y voracidad de escenario. Liturgias. Nada que ver con Iniesta, que perfeccionista por definición, se reconoce más en otras facetas del juego que en el disparo. Como si le supiera a poco eso de firmar la obra; siempre más cerca del proletario que del artista endiosado.
Hubo una noche, en cambio, en que el manchego aprendió el valor del último minuto y le encontró el lado bueno al hecho de no malgastar munición. Fue un partido terrible en Londres, en un pisadero llamado The Bridge. En el Soccer City de Johannesburgo, final de la Copa del Mundo, la situación tampoco era la mejor. Ya no se oía una vuvuzela, síntoma de que se acabaron las bromas. Tras 115 minutos al límite del reglamento, la Holanda de Van Marwijk estaba a punto de dejar en nada el enorme despliegue de 'la Roja'.
Demasiadas agresiones soportadas. Excesiva tensión acumulada. Frustración. Rabia contenida. Estaba en juego la honra de centenas de ex futbolistas. De millones de aficionados. La selección quería y creía, pero el tiempo se escurría en cada ataque perdido. Casi a caballo del delirio, asomaban ya los temidos penaltis. Con menos de cinco minutos por jugarse, a España le quedaba una sola baza: percutir la zona de Mathijsen, hecho unos zorros y absolutamente desbordado desde la expulsión de Heitinga. Con Xavi, Fàbregas, Iniesta y Navas, cuatro formidables pasadores a su servicio, el 'Indio' Torres debía tener alguna opción de remate. El segundero apretaba, pero 'la Roja' seguía creyendo. Sinatra tenía razón: lo mejor estaba por llegar.
Descarado como casi nadie hasta entonces en Holanda, Eljero Elia se aventuró a penetrar en terreno vedado. Eléctrico, trató de colarse entre Fàbregas y Ramos. Sólo se vive una vez. Ese balón perdido acabó en botas de su equivalente en España. Jesús Navas se fue hacia arriba con el galopar propio de un potrillo. Su mérito fue convertir, con su alocado sprint, la jugada en contraataque. A partir de ahí, la embestida cobró sentido. Apareció Iniesta en la jugada, que cedió de espuela para Cesc. Éste trató de abrir de primeras hacia Torres. El pase lo interrumpió por un instante Robben, pero ya sin fuerzas para nada. Navas llegó para descargar en banda, donde a pierna cambiada el 'Niño' intentó un centro imposible, destinado a morir en la orilla. Por suerte, a esas alturas de la jugada, tras 20 segundos de achique a contrapelo, en la selección oranje ya nadie sabía quién actuaba de central zurdo. Van der Vaart pasaba por allí. Con un despeje horrible, se convirtió en el autor del penúltimo pase.
80 años y 19 Mundiales después, el balón de los balones cayó a pies de Iniesta. Lejos de ser el ariete del equipo, algo sí estaba asegurado: lo gestionaría con cabeza. Jamás sabremos qué pulsaciones marcaba en el momento del control. Tampoco importa demasiado. Sabemos que la bajó con la clase que define a esta selección, y que el remate llevó la furia de los antiguos.
De apariencia frágil, a la hora de la verdad, cuando las cosas se pusieron realmente feas, a Iniesta no le tembló el gatillo. Conocía el valor de esa pelota. La pelota de la epopeya. En el tambor, una sola bala. Cosido a patadas, sin tiempo para sudores fríos, llegó el momento de la descarga. Pocas cosas tan sanas, tan épicas y justas, como la venganza deportiva. Al final, Andrés Iniesta no tuvo elección: el destino se citó en sus botas. A sangre fría, honorando para siempre a Luis Enrique, disparó con plata de primera ley contra el pecho de Stekelenburg. Galvanizado en ese proyectil, el argento de la Eurocopa trajo consigo el oro bruñido en siglos por Jules Rimet. Faltaban estrellas al sur de la ciudad. También al este del edén. Pero a partir de Iniesta será distinto. Por fin descansa en suelo español el Santo Grial del fútbol. La copa amarilla, madre de todos los trofeos, nunca estuvo en mejores manos. El mundo estrena firmamento, color rojo enamorado.
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miércoles, 30 de junio de 2010
Proverbio
Desde el momento en que España conformó su actual estilo de toque, juega cada tarde como transmitiendo la defensa de una causa justa. Estructurado alrededor de Xavi, Iniesta, Busquets y Alonso, no habría equipo capaz de basarse en la destrucción como sistema. No podría siquiera ser inventado en mezquinos tubos de ensayo. Por una cuestión de genoma, la actual quinta de seleccionados no conoce otro plan que no sea el de enroscar una y otra vez el cuero. Pese a que, como en todos los órdenes, construir conlleva tres veces más esfuerzo que derruir, la Roja asumió hace tiempo que alguien tenía que salvar la lírica. Con esa premisa abordó y conquistó la Eurocopa.Dos años después, y con exacta filosofía, se ha abierto paso en el Mundial; no sin dificultades. La derrota frente a Suiza invitó a dudar; ante Honduras se restableció la ilusión; y contra Chile se instaló de nuevo un pequeño amargor respecto a la forma física y el esquema. Con todo, el combinado ya estaba en octavos, donde esperaba una peliaguda Portugal. El duelo ibérico debía dirimir quién aspiraba realmente al Mundial. Y fue España, domesticando una tarde más la bola, quien salió vencedora y reforzada del choque. Se consolidan Busquets y Alonso; crecen Xavi, Iniesta y Ramos; Villa se muestra en estado de gracia; Puyol y Piqué son una red de seguridad.
Queda la incógnita de Torres, desconocido por ahora. Y en menor medida también la de Casillas. Respecto al lateral izquierdo, poco más se le puede exigir al veterano Capdevila. Si el debate existe es porque el banquillo de Del Bosque invita al sonrojo: Cesc, Llorente, Pedro, Javi Martínez, Valdés… Cualquiera sería indiscutible con la Italia de Lippi, la Inglaterra de Capello o la Francia de Domenech. En la Roja, en cambio, calientan banquillo. Anoche, el gol de la victoria llegó con Llorente sobre el campo. A nadie escapa que el Superman de Lezama mejoró las prestaciones de Torres; pero el tanto definitivo se fraguó, ante todo, porque la selección entendió que su juego necesita de algo más importante que el coraje. Para ser efectiva, España también necesita… Paciencia.
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jueves, 22 de octubre de 2009
Fiesta en el geriátrico
Ya desde el inicio de las clases se viene cuestionando al Madrid por su juego discontinuo y áspero, más cercano a la lija que a la seda. No son críticas gratuitas pero tampoco endógenas: responden al síndrome del triplete azulgrana. Es la famosa teoría de los vasos comunicantes, según la cual el estado moral de unos depende directamente de los otros. En este caso, son mayoría los observadores que atribuyen el derroche de Florentino a la gran temporada culé. Dejando de lado la causa, la consecuencia es que el Madrid ha renovado su cuadriga. De los 250 millones gastados, más de la mitad sufragaron dos corceles incontenibles; un Cavallino Rampante y un Pegaso. A saber: Cristiano Ronaldo y Kaka'. El portugués asegura una lluvia de goles, en tanto que el brasileño se caracteriza por una inteligencia y elegancia que remiten a Julian Ross. Salvo que a él no le duele el corazón. Futbolistas ambos indiscutibles, superlativos, de talla mundial, cuya ausencia acusaría cualquier formación. El Madrid ha perdido al más determinante cara a puerta y lo está sufriendo en los lances de altura, como ocurrió en Sevilla y esta noche frente al Milán. Sobre el césped, a priori, sí estaba el escolapio Kaka', ilusionado por el careo ante sus ex compañeros. En la práctica, sólo la alineación dio fe de su concurso. No existió, y comienza a imponerse la sensación que el media punta se esfuma en noches exigentes. A la pobre actuación del evangelista se unió Benzema, todo un especialista en desapariciones, así como Granero, que de capitán ha pasado a grumete. Tampoco funcionó el doble pivote, donde sigue sin adivinarse qué tarea tiene asignada cada uno. Es una realidad: hoy por hoy Xabi Alonso y Lassana Diarra, más que mezclar, se cortan.Si el equipo de Pellegrini llegaba al clásico europeo inmerso en dudas y rodeado de críticas, el de Leonardo ─qué nombre más renacentista y bello, ¿no es cierto?─ se presentaba con graves heridas de bala. En plena caída libre desde que levantara su séptima Liga de Campeones, presidido por un demente que ha limpiado las arcas, estructurado en base a futbolistas neolíticos como Kaladze, Seedorf e Inzaghi y huérfano de Kaka', el Milan es hoy un sucio borrón de su leyenda. No hay forma de explicar cómo un gigante de Europa ha podido dejarse llevar así, exprimiendo una generación obsoleta desde incluso antes de aquella final de 2007 en Atenas. Deportivamente fue un suicidio acudir al desguace a por Ronaldo y Ronaldinho, incapaces ambos de mover su cuerpo de mamut. Y no es otra que la afición rossonera la que sufre las consecuencias de la corrupción de sus dirigentes, a los que no es necesario nombrar. Por todo ello llegaba el Milan herido de muerte y el Madrid, rompiendo apuestas, no lo remató. En el último lustro no había tenido el equipo blanco un partido en Europa más propicio para exhibir su bestial pegada. Ante un once deslavazado y hecho jirones, formado por ancianos del deporte, los de Pellegrini volvieron a colmar de razones a los escépticos.
Tras cinco años sin pasar de octavos a nivel continental los merengues habían perdido su temible aura. De la mano de Florentino, inédita y salvaje inversión mediante, todo parecía haber cambiado en Chamartín. Por chamba, todo menos Raúl, el único superviviente del naufragio. Ausente Cristiano Ronaldo y desdibujado Kaka', el Madrid se conjuró una vez más entorno al añejo pescador, que rodeado de sangre fresca aún puede permitirse brillar. Como recitaría Manolo García en relación a aquélla mujer madura, pese a ser uva de la vieja parra Raúl está bendecido por un dios: el de los años bien llevados. Larga vida al eterno capitán, que abrió el marcador de nuevo a su manera, recogiendo las conservas del área como haría Carpanta. Fue Dida quien le cedió los calamares. Quizá le supo mal la segada de Zambrotta a Benzema. A partir de ahí, lo sucedido fue más abstracto que un film de Lars von Trier. No tiene justificación alguna que el Madrid haga una fiesta en el geriátrico, regalándole el campo y el cuero a un grupo de jugadores vetustos, prejubilados, carentes de todo físico. El once blanco ninguneó al Milán, le permitió desplegarse a ritmo de caracol, ganar la zona de tres cuartos y maniobrar sin lastre en la frontal, donde Pirlo, Seedorf y Ronaldinho aún pueden resultar mortales. El italiano empató el marcador ya en la segunda parte, con un respingo precioso que sorprendió a un Casillas contagiado de tanta mediocridad. Acto seguido llegó el segundo en plena revolución senil, merced a un envío a la espalda de Pepe y Albiol que Casillas salió a abortar en falso, abriéndole paso a Pato para que definiera a placer. El tanto, que se antoja sencillo, va precedido de un asombroso quiebro al guardameta con el tronco. El joven brasileño es un escándalo.
Corría el 66' y al Madrid le tocaba recurrir a la épica, esa que tantas veces le salvó el culo a última hora. Entró Drenthe por Granero y activó la batidora. Gracias al holandés el conjunto blanco ganó revoluciones como para exigir a Dida, cuyos guantes tenían restos del desayuno. En el 76', tras una carga de ocasiones y por una cuestión de justicia, Drenthe empató el choque con un zurdazo seco adonde les duele a los porteros. El pase, del más listo del recreo. Siempre 'Tom Cruise'. 2-2 y una minutada por delante. Viento de cara para el Madrid, obligado a cerrar el choque ante un rival que iba en pantuflas por el Bernabéu. No fue así. Un minuto después del empate, Ronaldinho se calzó las botas por primera vez, dejó de rueda a Pepe y su centro terminó a pies de Seedorf, que lo enganchó a bote pronto mandándolo arriba. No fue sino el trailer de lo que estaba por venir. En el 85' Pato exigió lo mejor de Casillas. En el 86', fruto de un córner limpio, llegó el 2-3. El árbitro lo anuló por decoro. Ni así, aprovechando el juego del mentiroso, pudo el Madrid adelantarse en la recta final. De nuevo fueron los saurios los que pusieron cerco al marco contrario, avanzando a paso lento pero a campo abierto, sin oposición alguna. En mitad del ida y vuelta, la zurda de Seedorf alcanzó la media luna y dirigió el balón con plumas de ganso a Alexandre Rodrigues da Silva, 'Pato', que rubricó su exhibición con un remate en suspensión, al primer toque y acolchado de interior. Gol de figura mundial en el mejor escenario posible. No debería tardar mucho el brasileño en migrar de Milán.
Finalmente 2-3 en el Bernabéu en una velada tan fría como la de anoche en el Camp Nou. Si por algo destaca la Liga de Campeones es por ser caprichosa. Depara trampas en lugares inesperados y no concede indultos: quien perdona, lo paga. Los dos grandes ya están apercibidos. Sobre todo el Barcelona, obligado a ganar en Rusia y después ante un Inter que ya prepara el abrigo de borrego. De no ser así deberá ir a Kiev a batirse el cobre de los octavos. Hipotecarse en Europa supone un interés muy elevado, en ocasiones insalvable, como le ocurre a un Atlético para quien lo trágico siempre ha sido magnético. Sólo el Sevilla se mantiene en pie, heráldico, con nueve puntos y goleando fuera de casa. El equipo de Jiménez desprende aromas de jazmín de España, el más oloroso y radiante de su especie.
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sábado, 8 de agosto de 2009
La Liga más bipolar (I)
Introducción
Desde que la Liga es Liga, Madrid y Barcelona han dominado el torneo con mazo de hierro. Atrás quedaron los años dorados de Atlético, Athletic, Valencia y Real Sociedad, todos ellos campeones en al menos dos ocasiones. En los últimos 25 años, el torneo nacional por excelencia ha evidenciado una bipolaridad prácticamente total ─no podía ser de otro modo en un país con sólo dos colores políticos─. Salvo cinco excepciones puntuales, donde otros clásicos de la Liga se hicieron un hueco en el palmarés, Barça y Madrid se han erigido siempre como campeones. Durante esos años, escasas han sido las temporadas donde algún otro equipo les haya disputado siquiera el trofeo. En cualquier caso, siempre han sido equipos con tradición los encargados de salpimentar el campeonato. Desde 2004, cuando el Valencia de Benítez salió vencedor con autoridad, ningún equipo ha osado a discutirle la hegemonía a los dos grandes. La Liga no es ajena al mal endémico mundial de las desigualdades: los ricos se enriquecen cada vez más, mientras que los necesitados se empobrecen al mismo ritmo. Las diferencias presupuestarias entre Madrid, Barcelona y el resto son cada vez más abismales, lo cual también acrecenta las diferencias deportivas. Los medios tampoco contribuyen a escurrir las desigualdades. Día tras día, privilegian la información de Madrid o Barça, pero nunca la referente a otros equipos, cuyo tratamiento sólo encuentra cobertura en los medios locales. Deportivamente, temporada tras temporada las grandes estrellas del fútbol se congregan en la Liga, merced a los ingresos de televisión. Eso atrae a los aficionados, que se multiplican alrededor del mundo. Con todo, la situación dibuja un círculo cerrado muy difícil de quebrantar. Esta temporada, con los fichajes de Florentino Pérez y el equipazo que ha formado el Barcelona, no se presume una rebelión contra el orden establecido. Es por ello que, una vez que los onces iniciales de Guardiola y Pellegrini ya pueden ser descifrados, ha llegado el momento de radiografiar a los dos grandes jugador a jugador. He aquí el análisis pormenorizado de PLF.
Capítulo I: La sobriedad y el milagro
Cabeza rapada, músculos prietos, tatuajes y gesto serio, desafiante, casi de perdonavidas. Podría pasar por ser la descripción de Derek Vinyard, personaje central de American History X. Por suerte, a Víctor Valdés no se le conoce ideología tan radical y devastadora, aunque desde siempre le ha perseguido una fama de altivo e inaccesible. Pese a ser el guardameta titular del Barcelona desde 2003 y haber contribuido decisivamente en la consecución de cinco títulos mayores, nunca ha encontrado el reconocimiento proporcional a sus méritos. Cualquier error puntual ha sido señalado con fluorescente por parte de medios y aficionados. En cambio sus intervenciones clave, las que ganan títulos, suelen ser sepultadas por los goles de otros. El aficionado azulgrana, de corte operístico, exige al futbolista la perfección a todos los niveles. El modelo a seguir es Xavi, fiable como un Rolex tanto en el césped como después de la ducha. Su secreto estriba en que siempre se muestra accesible, ya sea para recibir el pase del compañero o la pregunta del periodista. Para deleite de la masa social culé, Xavi no es el único cortado por el mismo patrón. En general, todos los canteranos salen bien educados de La Masia: Puyol, Iniesta, Messi, Piqué… Valdés también participa de los mismos valores. Es un profesional ejemplar y sus declaraciones son el reflejo de una cabeza bien amueblada. El problema es otro. Además de su timidez mal comprendida, ser arquero del Barça siempre ha sido una profesión de riesgo. Los rivales llegan poco, y cuando lo hacen no basta con ser un portero cualquiera. Hay que ser un portero de discoteca, preparado para negar el paso a cuantos delanteros se presenten. A lo largo de su trayectoria en el primer equipo, Valdés se ha reivindicado como el mejor para esa tarea. De no ser por él, ni París ni Roma se hubieran convertido en templos azulgranas. Henry o Drogba pueden dar fe de ello. Tampoco las Ligas se hubieran logrado con esa pulcritud. Mientras que hay deportistas que viven de la inspiración, otros no serían nada sin concentración. Valdés forma parte del segundo grupo. Es admirable cómo saca lo mejor de sí mismo en momentos de máxima tensión. Con todo, el Barcelona tiene su cajón a buen recaudo. Valdés es mentalmente pétreo, portentoso con ambos pies, bloca con seguridad y funciona como un candado en el una para uno. Como todos los porteros tiene puntos flacos, pero sólo están al alcance de las mejores ganzúas. En definitiva, no encontraría el equipo culé un portero mejor ni en un millón de años.
Si la imagen que proyecta Valdés no se corresponde con la realidad, no sucede lo mismo con Casillas, cuya personalidad sólo ofrece una lectura posible. Pese a tener 28 años, el mostoleño conserva la mirada despierta de un adolescente. Su extrema humildad es otro de los rasgos que le caracterizan, así como su cercanía. Casillas tiene la virtud de poder ser él mismo siempre, en cualquier contexto. Es risueño, sincero y auténtico. No se esconde ante los medios, sino que más bien se gusta. No rehúsa pregunta alguna, pero jamás se embarra. Es insólito que un deportista de élite, encumbrado con su equipo y su selección, se muestre tan natural y sencillo. Lo cierto es que donde Valdés genera controversia, Casillas genera unanimidad. Cuatro Ligas, dos Ligas de Campeones, una Copa Intercontinental y una Eurocopa. Ocho títulos de altura, además de tres Supercopas de España y una de Europa. Un palmarés que asusta y habla por sí solo. Tras ser considerado durante años como uno de los mejores porteros del mundo, la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) le encumbró definitivamente en 2008, tras levantar la Eurocopa como capitán.
La carrera de Casillas está salpicada de episodios mágicos, como su inesperada entrada en la final de la Champions de 2002, en la que César se lesionó. Su concurso acabó siendo clave para conseguir el trofeo, merced a paradas repletas de reflejos, casi milagrosas. Ese tipo de actuaciones, repetidas en decenas de partidos de Liga, comenzaron a forjar su fama de santo. Con la selección, sus milagros se han manifestado también en forma de penaltis parados. Gracias a él, el combinado nacional superó los octavos de final frente a Irlanda en el Mundial de Corea y Japón 2002, con un total de tres penas máximas detenidas a lo largo del partido. Una actuación similar en los cuartos de final de la última Eurocopa, frente a Italia, permitió extender el puente hacia el Ernst Happel de Viena.
Si Valdés es un candado, Casillas es lo más parecido a un tabique. La gran diferencia entre ambos es que desde que son titulares indiscutibles, la defensa del Madrid ha acostumbrado a hacer más aguas que la del Barça, por lo que Casillas ha tenido que manifestar continuamente sus reflejos gatunos. Valdés para mucho y bien; Casillas lo repele casi todo. Esa es otra de sus grandes diferencias, ya que el catalán destaca por aquello en lo que flaquea el madrileño: salidas por alto y paradas a un tiempo. Casillas aún es algo vulnerable en ese sentido, aunque en la Eurocopa se pareció bastante a su mejor versión de siempre. El sustantivo que mejor define a Valdés es 'sobriedad'. Sigue la tradición de los clásicos porteros españoles, pero añadiendo la capacidad de golpear el balón como un mediocentro. Por su parte, a Casillas le describe cualquier adjetivo similar a 'imposible'. Dos porteros distintos para dos clubes distintos, aunque primos hermanos en el fondo. Cada uno, a su manera, es el portero ideal para su equipo, lo cual evidencia su clase. Valdés y Casillas, dos guardianes de altura para las porterías más cotizadas.
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lunes, 23 de junio de 2008
La noche en que 'la Roja' sometió a Italia
Ante la insistencia de su nieto, el abuelo pasó a relatarle una vez más su cuento favorito. Siempre le explicaba la misma historia, la de aquella selección que eliminó a Italia en los penaltis. El viejo detallaba el contexto ante la expectación del niño. Hacía 24 años que no sucedía algo parecido. Eran vísperas de San Juan y la victoria se celebró con el debido estruendo: cláxones, gritos y pirotecnia. La alegría inundó los hogares y las calles en una noche histórica para la hinchada española. El abuelo hablaba de un partido agónico, resuelto por las paradas de un tal Casillas. El nieto, cada vez más emocionado, atendía con los ojos como platos. Además de al portero español, el viejo recordaba a Fàbregas por marcar el último penalti, y a Villa por ser la estrella de aquella Eurocopa. Por parte italiana, el abuelo tenía palabras para sus dos torres: “Su delantero era un gigante vestido de corto y su portero más largo que un domingo sin dinero”. El nieto disfrutaba al mismo tiempo que sin darse cuenta cimentaba sus pasiones y sueños futuros.En la mente de todos quedó fijada la emoción de los penaltis y la victoria. Ocurre que la memoria es selectivamente traicionera, y sólo permite almacenar pasajes concretos. Lo mejor de aquella noche se perdió por el camino de la historia. El viejo no lo recuerda con nitidez, pero España jugó al billar a costa de la cuatro veces campeona mundial. Echó el balón al tapete, lo multiplicó y se puso a bailar al son de una panda de enanos traviesos. Por desgracia el abuelo olvidó cómo los bajitos se asociaron mil veces para alcanzar la portería rival y cómo un hispano-brasileño se bastó para barrer el mediocampo. Lamentablemente los años hicieron que sólo quedaran los datos, pero aquella noche la selección aunó la belleza con los valores del juego. Puyol, Marchena y Ramos se partieron la cara por cerrar la trinchera; Xavi, Silva, Iniesta y Cesc se conjuraron entorno al balón sustentados siempre por las espaldas de Senna, que dio un recital de percusión y armónica –13 recuperaciones por sólo 3 pérdidas; arriba, contenidos por el oficio de los centrales italianos, Torres y Villa se desfondaron en cada ataque; en la otra orilla, Casillas fue Casillas, el de los milagros cotidianos. Fue una noche de fe, valentía, coraje y orgullo por un patrón de juego. Se anunciaba un duelo a tumba abierta y lo fue. Se escenificó un igualadísimo choque de culturas, donde acabó triunfando a la ruleta rusa quien lo mereció por voluntad y vuelo.
Como siempre tuvo Italia el partido donde lo quiso en muchos instantes del partido: balón parado, balón volando, balón para Toni. La azzurra se mantuvo fiel a su perfil de arisco felino a pesar de contar con talento a grandes cucharadas. Cassano, Aquilani, De Rossi, Di Natale, Del Piero… todos supeditados al manual del catenaccio: balones por alto, contraataques, rebotes, últimos minutos y penaltis. Así se ganaron un nombre entre los todopoderosos y así cayeron aquella noche, ejecutados por su propia mezquindad. En contraste, España hizo algo más que cruzar la alambrada de cuartos. Triunfó en nombre del fútbol, aunque el abuelo no lo recuerde.
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