Mostrando entradas con la etiqueta Historia del fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia del fútbol. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de junio de 2008

¿Juego de niños en Viena?

Por Cristian Naranjo


Restan apenas 13 horas para la final cuando termino este texto. El minutero avanza ya inexorable. Es imposible conciliar el sueño ante una cita de tal magnitud. Cierto es que nosotros no jugamos, pero moralmente todos formamos parte del equipo que saltará al Ernst Happel esta noche. Los jóvenes de la generación de los 80 no nos hemos visto en una igual. Algunos no habíamos siquiera nacido; otros no tenían todavía uso de razón. El caso es que hasta ahora toda nuestra memoria conectaba con despedidas tan tempranas como amargas. Pudimos echar a Italia en el '94. Perdimos. A Inglaterra en el '96. Caímos. A Francia en el 2000. Palmamos. Debimos proclamarnos campeones en 2002 tras eliminar a Alemania en 'semis' y comernos a Brasil en la final. Teníamos a un Joaquín y a un Morientes estelares, pero un robo coreano y una tanda de penaltis donde Casillas no paró nos devolvieron a casa. De 2004 no se puede salvar nada. Iñaki Sáez no dio con la tecla, Torres fue una escopeta de fogueo y a Raúl Bravo le superaron más veces de las que le encararon. Fue un desastre España y una calamidad la Eurocopa, que coronó la especulación griega por encima del jogo de Portugal. En 2006 más de lo mismo, con el atenuante de que nos echaron los últimos compases de Zidane, así como “la menor condición física de base y tal…” –según Aragonés.

Y así llegamos hasta hoy, con la sensación de que esta Eurocopa le está devolviendo a España algo de lo que le ha ido quitando a lo largo de cuatro desérticas décadas, y al fútbol lo del catenaccio grecorromano de 2004-06. Una vez aquí hay que cerrar el círculo en nombre de Arconada, Maceda, Señor, Camacho, Gordillo, Santillana, Sarabia… En definitiva, hay que hacerlo para redimir a la tropa del '84. También para refrescar la emoción a los veteranos del '64; para honrar al resto de generaciones lacradas por infortunios e injusticias… Hay que rematar “el tema y tal” por Aragonés, sus hijos y su camada de nietos. Todos ellos se lo merecen en la misma medida que nosotros.

Noventa minutos para cerrar una brecha de 44 años. A un lado, la España de los pesos pluma. Al otro, la Alemania de los pesados. La baja de Villa puede quedar compensada por la de Ballack. Juegue quien juegue, el plan de ataque de ambas es de sobra conocido. La Mannschaft se decanta por el veneno de los alacranes: inesperado, fugaz y efectivo. La Roja, en cambio, procede a la hipnosis antes de deleitarse en aplicar una muerte parsimoniosa y dulce. La fiabilidad de otra histórica como última prueba para el tuya-mía de la selección. Más allá de los estilos, las finales son para valientes y descarados. El corazón nos dice que los 'pequeños' se han soltado las riendas definitivamente. De confirmarse nuestras sospechas, el Ernst Happel va a convertirse en el perfecto marco para un lienzo goyesco: Juego de niños.

*************************************************************

viernes, 27 de junio de 2008

Ingeniería alemana

Por Albert Valor

El 16 de junio de 1954, Alemania reaparecía en los grandes torneos. Era la Copa del Mundo de Suiza y los teutones aparecían en escena por vez primera tras la Segunda Guerra Mundial. Previamente, habían sido vetados en los JJOO del 48 y en el Mundial del 50. Nadie hablaba de ellos, es más, eran señalados como unos apestados, y precisamente fue ese rechazo lo que empezó a forjar su leyenda.

El día del debut, se enfrentaron al último rival que han tenido hasta ahora –es decir, Turquía-. Como el pasado miércoles, los otomanos tomaron la delantera en el marcador, pero de nada les sirvió, ya que los germanos acabaron ganando por 4-1. En la final, Alemania derrotó a uno de los mejores equipos que se hayan visto sobre un terreno de juego, la Hungría de Cañoncito Puskas y compañía. Pero como Alemania siempre tiene un plan, la historia de ese partido empezó a forjarse en la primera fase. En la segunda jornada de la liguilla, alemanes y magiares se enfrentaron por vez primera en un día muy caluroso. El seleccionador, Sepp Herberger alineó al capitán Fritz Wälter junto a otros 10 suplentes. Hungría aplastó a la Mannschaft: 8-3. [Walter era el mejor jugador alemán del momento –actualmente el estadio del FC Kaiserslautern lleva su nombre-, pero tras contraer la malaria se hizo muy vulnerable a los partidos disputados bajo el calor y la humedad]. Nadie lo sospechaba entonces, pero ese resultado puso la primera piedra para construir la gloria. La competición fue avanzando y ambos combinados alcanzaron la final. Aquel día, Berna amaneció lluviosa y fría. Hacía un día Fritz Walter. Evidentemente, los dos equipos mostraron sus onces de gala, y una vez más las húngaros eran favoritos. Más cuando a los 9’ el marcador era ya de 0-2. Pero entonces afloró el orgullo alemán. Tras sacar de centro, una jugada dirigida por Walter, la remachó Morlock a la red. Eso espoleó a los teutones, que antes de los 20 minutos ya habían empatado. El desconcierto se apoderó de los magiares, que quedaron intimidados por el ímpetu de su oponente. Tras la reanudación el área alemana era bombardeada una y otra vez, pero una fuerza desconocida impedía que los ataques fueran culminados. Entonces apareció Rahn, que tras un rechace de la defensa magiar recogió el balón en la frontal, buscó el hueco y ¡zas! Corría el minuto 84 y la tropa de Herberger solo tuvo que aguantar el resultado. Esa tarde nació la leyenda alemana. Ellos fueron los primeros exponentes de la fiabilidad que atesoran los germanos cuando la cosa va de fútbol. Aquel partido se recuerda desde entonces como El Milagro de Berna, un hito que fue el punto de inflexión para un país que gracias al fútbol se vino arriba y creyó en salir adelante y reconstruirse.

La siguiente hombrada alemana llegó en el Mundial que organizaron en 1974. Otra vez tras un camino con altibajos –llegaron a perder un partido contra sus vecinos comunistas de la RDA-, los alemanes se plantaron en la final. Y otra vez les esperaba el mejor equipo del momento, en este caso la Holanda de Cruyff. Y otra vez el rival se avanzó bien pronto. Al minuto de juego, Berti Vogts cometió penalti sobre El Flaco tras una jugada en la que ningún alemán tocó el balón. La pena máxima la transformó Neeskens. Beckenbauer, Breitner, Hoeness y compañía estaban hundidos y no sabían como hacer frente al Fútbol Total. Pero como Alemania siempre tiene un plan, decidió pagarle a Holanda con la misma moneda y sus jugadores empezaron a ocupar todas las zonas del campo sin importar su demarcación. Primero fue un penalti y luego una jugada culminada por uno de los mejores definidores de todos los tiempos, Torpedo Müller. Todo antes del descanso. En la segunda parte, la tropa teutona se dedicó a neutralizar a La Naranja Mecánica –el marcaje que Vogts le hizo a Cruyff está hoy en todos los manuales- y sólo hubo que esperar al pitido final.

El triunfo en Italia ‘90 es algo diferente. Contando con una de las escuadras favoritas al triunfo final –en sus filas estaban Voeller, Klinsmann, Matthaus, Kohler o Brehme - la Mannschaft se vengó de la Argentina de Maradona, que la había derrotado en la final de México ’86, en una de las peores finales que se recuerdan.

Visto lo visto, la leyenda que Alemania se ha forjado a través de la Copa del Mundo es para tener en cuenta. Pero en la Eurocopa la cosa cambia. Los tres títulos conseguidos han sido siempre ante rivales a priori inferiores. En 1972, víspera del Mundial ’74, destrozaron a la URSS por 3-0 –hasta ayer no se había visto nada parecido a esas alturas en un Europeo- guiados por un magnífico Gunter Netzer. En el 80, la terna formada por Rummenigge, Schuster y Hrubesch se impuso en la final de Roma a una de las mejores generaciones que ha dado el fútbol belga. Y en el 96, la víctima fue el equipo sorpresa del torneo, la República Checa. Sin contar con un equipazo, la Mannschaft se impuso por oficio y por acierto en los compases decisivos.

Pero si analizamos las dos derrotas que han sufrido los alemanes en el partido final de una Eurocopa llega el lugar para la esperanza. En el 76, cayeron ante Checoslovaquia tras el famoso penalti de Panenka y después de comprobar que en el fútbol del este había nacido otro muro: el meta Ivo Viktor. En la Euro ’92, disputada en Suecia, los tricampeones mundiales sucumbieron ante uno de los campeones más inesperados de la historia. Dinamarca no se había clasificado, pero Yugoslavia tuvo que renunciar a participar tras la guerra. La plaza fue para los nórdicos, que con una columna vertebral formada por Schmeichel, Olsen, Jensen y el hermanísimo Brian Laudrup, se plantaron en la final, donde borraron del campo a los alemanes para acabar ganando 2-0.

Ambas fueron ocasiones en las que Alemania, pese a no enfrentarse al mejor combinado del momento, sí tenía enfrente al equipo que había desarrollado una propuesta más atrevida. Y a diferencia de la Copa del Mundo, cuando se ha encontrado con la generación dorada de un país poco acostumbrado a la victoria en la competición continental, Alemania sí ha mordido el polvo.

‘No importa que sea un vehículo, una lavadora o un equipo de fútbol. Un producto alemán siempre es fiable’. Algo así dijo Alfredo Relaño el pasado día 8, cuando Ballack y compañía saltaban al césped para debutar contra Polonia en este Europeo. Quizá su derrota ante Croacia en la segunda jornada hizo creer a muchos que no bastaba sólo con ser fiables. Pero Alemania ha vuelto. De hecho está a la vuelta de la esquina. Y como decíamos, siempre tiene un plan. Su primer mazazo fue despertar a Portugal del sueño de redimirse de la decepción que supuso perder ante Grecia el primer y el último partido de su Eurocopa. Löw vio que la formación utilizada en la primera fase, con dos delanteros y cuatro centrocampistas, mermaba las cualidades de Ballack, que jugaba demasiado retrasado. Por eso decidió cambiar ante los lusos. Rolfes y Hitzlspelger –a la espera de recuperar al mejor Frings- cubrían las espaldas del crack del Chelsea en la medular mientras éste, escoltado en la izquierda por Podolski y en la derecha por Schweinsteiger, hacía, deshacía y dirigía a su antojo en la mediapunta. Por delante de él, Klose hizo de cazagoles. En la semifinal ante Turquía repitieron. Pero el juego de violines desarrollado por la Roja está haciendo meditar al guaperas Löw, que está barajando la opción de volver a colocar dos puntas para aprovechar mejor las ocasiones que puedan concederles los pupilos del Abuelo. Sea como fuere, seguro que tendrán un plan.

Pero hablemos de los puntos débiles de la Mannschaft. Si de ¾ en adelante cuentan con jugadores resolutivos, tras la medular se esconden las carencias de este equipo. Mertesacker y Metzelder se asemejan más a la competencia de Nowitzki y Jagla –ambos sobrepasan el 1’90- que a una pareja de centrales convencional. Por ende, son eficientes en el juego aéreo, pero si España echa el balón al césped lo pasarán mal. Los laterales dan una de cal y otra de arena, sobretodo Lahm. Si el menudo carrilero del Bayern es un delantero más en las jugadas de ataque –ya lo demostró con su decisivo gol ante Turquía-, sufrirá para defenderse de las internadas y/o combinaciones de Ramos e Iniesta. Friedrich, por contra, pese a no ser tan ofensivo, es mucho más defensa, aunque tampoco es un portento físico. Qué decir de Jens Lehmann. Con unas manos de mantequilla, unos reflejos más bien escasos y una agilidad poco privilegiada es, junto a Rüstü, uno de los peores arqueros que hemos visto durante estas tres semanas. Nadie se explica como puede ser aún el portero de la selección –quizá la respuesta esté en que su sustituto es el ex azulgrana Enke-, y muchos creen que algún día, un error suyo –no porque no los haya cometido ya- le costará un buen disgusto al equipo.
·
En todo caso, el partido está ya listo para servirse. A los alemanes, que ganan una de cada tres Eurocopas, les toca ya por estadística, pero a los nuestros -24 años sin final, 44 sin título- la historia les debe una –y unas cuantas más les debe el fútbol-. Y aunque Alemania haya rebuscado en los anales de su historia para recordarnos en estos últimos partidos la esencia de la frase que un día pronunció Gary Lineker, España se está reivindicando como el mejor equipo del torneo, por los menos como el más diferente al resto. Seguro que Alemania llevará su estilo –ese que le ha dado tanta gloria- hasta las últimas consecuencias. España, como ha hecho hasta hoy, no podrá ser menos. Todo campeón surge de la creencia en un estilo. El domingo, el único imperativo debe ser el choque de filosofías, de estilos, de ingenierías. A partir de ahí, que gane el mejor.

*************************************************************

lunes, 23 de junio de 2008

¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!

Por Albert Valor

22 de junio. El día en que Diego metió El Gol a los ingleses. Hasta ayer, día fatídico para la selección. Desde anoche, el día en que se superaron todos los malos farios. El de los cuartos. También el de los penaltis. Y hasta el de que Italia siempre se salga con la suya.

España está en semifinales. Allí se encontrará con un viejo, conocido y reconstruido rival. Tras la caída del muro de Berlín, la URSS se desmembró. Aquella selección, siempre competitiva, también sufrió las consecuencias en lo deportivo. La competitividad soviética se la tuvieron que repartir entre Rusia, Ucrania, Letonia y un largo etcétera de selecciones. Todas ellas han sido durante un largo tiempo equipos menores. Si acaso el combinado liderado por Shevchenko, que llegó hasta los cuartos en Alemania 2006, sea la única excepción, la que confirma la regla.

Tras esas dos décadas de sequía, el fútbol del este se ha ido reinventando poco a poco a sí mismo. Podría decirse que el holandés Gus Hiddink, el hombre milagro de los banquillos –llevó a Corea del Sur a las semifinales de una Copa del Mundo y a Australia a los octavos- ha sido en gran artífice. Pero no, ni mucho menos. Tras ir dando tumbos con más pena que gloria por algunas fases finales –lo más destacado sería el 6-1 ante Camerún en USA ’94, con 5 goles de Oleg Salenko, uno de los récords de la Historia de los Mundiales- el fútbol ruso ha dado con una generación excelente de futbolistas que han empezado a despuntar en el momento justo para coincidir con los nuevos talentos. Es curioso el caso de Arshavin y Zyrianov, que con 27 y 30 años respectivamente, han explotado de modo un tanto tardío para unirse así a los Bilyaletdinov (23), Zhirvov (24), Sychev (23), Anyukov (25) o Akinfeev, el meta (22). Un tanto diferente es el caso de Pavlyuchenko, que con 26 años ya lleva varias temporadas destacando en el Spartak de Moscú. Y sí, sería injusto no reconocer la aportación del ex entrenador del Real Madrid con sus resolutivos sistemas tácticos y su receta para que no se cortara la mayonesa.

El partido ante Holanda -aquella que presumíamos como La Naranja Metálica- fue un recital ruso. Quizá era el partido perfecto para la resurrección de los zares. En el 88, se habían despedido de los grandes partidos precisamente ante la Holanda de Van Basten, en aquella final en el Olímpico de Munich. El fútbol de aquella Holanda era enorme. El de Rusia para meterse en la ‘semis’ de este Europeo -con Arshavin haciendo las veces de faro guía, mientras los suyos lanzaban misiles desde cualquier parte del campo a la par que combinaban para llegar al área hasta que llegó un momento en el que la Oranje sólo podía mirar- fue sublime. A estas horas, Hiddink será el villano predilecto de los Países Bajos.

Como decía, el jueves se enfrentan en las semifinales de la Eurocopa España y Rusia. “Jugamos contra los soviéticos”, dirá mi abuelo. Y es que el duelo despertará la nostalgia de los más mayores, aquellas épocas lejanas –sobretodo para los nuestros- en que ambas se enfrentaban en las grandes citas. Como la final del europeo del 64 en el Bernabéu. Ese día, una España anfitriona, llena de talento e ilusión, se medía a un combinado que contaba con Lev Yashin, el mejor portero del mundo por entonces –para muchos, con permiso de Zamora, el mejor de todos los tiempos; de hecho es el único arquero que tiene el Balón de Oro-. Desde entonces -con la final del 84 en el Parque de los Príncipes como paréntesis- España no está entre la flor y nata. Rusia, aunque hace menos, también tiene amnesia triunfal.

Seguro que el jueves, desde Villa hasta Akinfeev, de Arshavin a Casillas, pasando por Xavi o Zyrianov, habrá momentos en los que se evocará a aquella vieja rivalidad. Marcelino se acordará de su gol. Y Pereda de su centro. Y Yashin, desde algún lugar, sonreirá. Y muchos pensarán: “¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!”. Y el fútbol, como antaño, supurará por todos los poros.

*************************************************************

miércoles, 18 de junio de 2008

El verso libre contra el teletipo

Por Cristian Naranjo


España e Italia son dos países acostumbrados a mirarse de cerca. Muy próximos geográficamente, no son escasos los paralelismos históricos, sociales, culturales y económicos que mantienen. El fútbol de selecciones tampoco es ajeno a esa longeva relación. Desde 1920, la Roja y la azzurra se han enfrentado en 9 partidos oficiales –Juegos Olímpicos, Mundiales y Eurocopas– y 18 amistosos. El balance de victorias es abrumador a favor de Italia en los grandes torneos: seis victorias por una de España –1920, JJOO de Amberes, casi en la prehistoria. Con cuatro trofeos mundiales y uno europeo en sus vitrinas, la capacidad de los transalpinos a la hora de batirse el cobre está más que probada.

Para los jóvenes que nacimos a mediados de los ochenta, USA '94 supuso nuestro primer contacto con las desgracias de la selección. Yo tenía 9 años y el fútbol aún no formaba parte de mis prioridades. Me recuerdo junto al televisor a la hora del partido, tras haber apurado hasta la noche un intenso día de piscina. No tengo presente el gol de Caminero. Sí el de Baggio. Sí la sangre de Luis Enrique sobre el blanco perla de la segunda equipación. En suma, sí la impotencia. La misma de todas las decepciones posteriores.

Catorce años después, España vuelve a verse las caras con Italia, la squadra azzurra de toda la vida, con su concepción del fútbol a medio camino entre lo admirable y lo mezquino. Como siempre ha llegado a la cita sin encandilar, a trompicones y generando dudas a periodistas y aficionados. Pero ya la tenemos aquí. Con su Panucci, su Luca Toni, su Buffon y su Donadoni, que en el '94 estaba en el campo y ahora está del otro lado de la línea de banda.

La selección italiana es criticada y odiada porque siempre busca sacar el máximo provecho de la mínima propuesta. En un ejercicio de negación de los propios azares del juego, la azzurra suele destruir mucho más de lo que produce. Se trata del famoso catenaccio, un concepto tan arraigado en la selección como en el calcio; un fútbol en las antípodas del de Brasil y Holanda. Lo cierto es que siempre jugaron y ganaron así, con lo que tienen motivos para seguir cultivando su dañino modelo. Pero que no cuenten conmigo para la causa. Yo soy de Iniesta, no de Perrotta.

De hecho, el contraste de estilos está servido en la zona ancha: De Rossi, Ambrosini, Aquilani, Perrotta y Camoranesi frente a Senna, Xavi, Iniesta, Silva y Cesc. No voy a perder tiempo en pronósticos. Es un duelo en las alturas: o cal o arena, o azul o rojo, o tú o yo. Los contendientes se conocen a las mil maravillas. Saben a qué hora y para qué están citados. Hay muchas cuentas pendientes de ser saldadas. Es tradición contra ilusión; guerreros curtidos contra imberbes descarados; el fútbol de toque contra el directo; el verso libre contra el teletipo; rosas y revólveres. La camada de Luis tiene lo propio de los poetas, excelsos cuando encuentran la inspiración y condenados a sufrir ante el blanco nuclear cuando se desconectan. Lo contrario es Italia, un revólver que te mata si te giras, una batería de teletipos: un fútbol pragmático, uniforme y repetido en serie. Se trata de la belleza del juego contra la pura mercancía. Hasta ahora ya sabemos quién se impuso, pero hay que volver a dirimirlo. Va a ser un choque a cara de perro en cualquier caso. El verbo ágil se ha de imponer a la proteína. Es un España-Italia en los cuartos de una Eurocopa. Palabras mayores.

*************************************************************

lunes, 16 de junio de 2008

10 añitos en el infierno

Por Albert Valor


Cuando en la temporada 99-00 el Atlético bajaba a la Segunda División, el club colchonero preparó un slogan para alentar a los suyos. ‘Un añito en el infierno’, rezaba el anuncio en el que un Kiko en posición acrobática representaba la esperanza de una afición tocada, nunca hundida. El añito no resultó ser tal; al final fueron 24 largos meses. A día de hoy, en Gijón se ríen de esos 2 años. Y digo hoy, porque por fin les ha llegado la hora. A diez minutos del final, el canterano Luis Morán marcaba el gol definitivo. El gol que ponía el 2-0 y confirmaba el ascenso. El esperado regreso a la gloria 10 años después. Aquella temporada 97-98 el Sporting firmaba una de las peores temporadas de un equipo en toda la historia de Liga española ―sólo 13 puntos en 38 jornadas―, que evidentemente sellaba su caída al infierno.

Durante una década, uno de los equipos históricos de la Primera División ha sufrido las miserias de una categoría igualadísima, loca y que siempre depara desgracias inesperadas ―sin ir más lejos, hoy el Cádiz, otro histórico, ha fallado un penalti en el quinto minuto del alargue que le condena a la 2º B; un lanzamiento que tras pegar en el palo y en el cuerpo del arquero del Hércules, se ha marchado a córner―. Los rojiblancos han empezado muchos años como un tiro, y han sido líderes durante la primera vuelta. Pero la segunda parte de una temporada muy larga acababa por alejarles de la gloria y sumirlos en una resignación tras otra.

Una región uniprovincial que en los noventa vivía en primera uno de los derbis por excelencia del balompié español, el Sporting-Oviedo ―si antes decía que los dos añitos del Atleti en la categoría de plata provocaban risas en Gijón, a los carbayones, en Tercera, les provoca carcajadas oír que en Gijón hablan del infierno de Segunda―, un duelo que tras ser amputado en la máxima por el descenso sportinguista, en apenas tres años vio como el Oviedo, con la inauguración de un nuevo y flamante estadio incluida, daba con sus carnes en Tercera por deméritos sobre el césped y falta de buena gestión en los despachos. Atrás quedaban los duelos en que los rusos Lediakhov y Tcherischev, por parte sportinguista, y la magnífica dupla formada por el panameño Dely Valdés y el uruguayo Héctor el Tito Pompei, por parte ovetense, ponían la pólvora.

Hoy Asturias, en un mes de junio en el que parece que sólo exista la Eurocopa, ha regresado a la élite aunque sólo sea a medias. El Sporting dejará de visitar Ipurúa y el Helmántico para preparar sus visitas al Camp Nou y al Bernabéu. En la 2008/09 tratará de dar el salto de calidad necesario para afianzarse en la Liga de las Estrellas apelando a su historia, recordando que mitos como Quini, Luis Enrique o Villa ―héroe local y nacional en estos momentos― salieron de El Molinón. También le puede servir para subsistir esa gran cantera que es Mareo, una de las mejores de España. Entretanto, cada año mirará de reojo las fases de ascenso de categorías inferiores hasta que un día se reencuentre con su rival del alma. Por el bien de la tradición, esperemos que sea en Primera.

Para acabar, sólo me queda felicitar a un Málaga que también regresa a la élite tres años después y a los cuatro equipos que hoy regresan al fútbol profesional procedentes de las catacumbas de la Segunda B: el Huesca ―ojo al derby aragonés de la temporada que viene―, al Rayo Vallecano, al Alicante y en especial a un Girona que, a parte de ser un equipo al que he seguido toda la temporada de cerca, regresa a Segunda 52 años después. Seguro que a diferencia de otros, jugar en el supuesto infierno no les sabrá a hiel.

*************************************************************

sábado, 14 de junio de 2008

'La Naranja Metálica'

Por Albert Valor

La Holanda de los 70, la que dirigía Johan Cruyff en el campo y Rinus Michels desde la banda, maravilló al mundo durante los mundiales de Alemania ‘74 y Argentina ‘78. Su problema fue que ese idilio que mantenía con el espectáculo transcurría paralelo a su divorcio con los grandes trofeos. Johnny Rep, Johan Neeskens, Robert Rensenbrink, Ruud Krol, el Flaco y compañía mostraron el fútbol total al gran público. Había nacido La Naranja Mecánica.

Una década después, en 1988, una nueva versión de fútbol en estado puro conquistaba la Eurocopa de naciones en Alemania. Aquella escuadra, cuya columna vertebral formaban Koeman, Rijkaard, Gullit y Van Basten, por fin consiguió llevar un título a las vitrinas de la KNVB. En la final frente a la URSS, el Cisne de Utrecht sentenció el partido conectando sin ángulo un remate que al salir de su bota se convirtió en un misil directo a la red que defendía Dasaev; quizá sea el mejor empalme de todos los tiempos por fuerza, colocación, elegancia y magia ―qué bonito hubiera sido no tener sólo 2 años para poder contar que lo vi en directo. Ese torneo y sus posteriores temporadas en el Milan de Arrigo Sacchi coronaron a un jugador que, de no ser por una lesión que le hizo colgar las botas con tan sólo 29 años, hoy sería considerado el 5º grande sin ningún tipo de dudas.

Quizá desde el día en que dijo adiós a los terrenos de juego, Marco Van Basten tiene una espina clavada. Una espina que quizá se quiera quitar en la etapa que ahora vive en su vida profesional, la de entrenador. De Holanda para ser más exactos. Es evidente que el genio que Marco llevaba dentro guarda regalos que su elegante figura ya nunca podrá mostrar sobre el tapete, y a nadie más que a él le dolerá. Pero el sistema de juego que ha ideado para la Oranje en esta Eurocopa de Austria y Suiza ―un modo de juego que ha llegado a ser criticado por ese experimentado entrenador de equipos en la sombra que es Cruyff― quizá le permita redimirse.

Van Basten ha diseñado un equipo rocoso, que no está constantemente enamorando a la grada como aquel equipo que él veía por televisión cuando era sólo un crío ni que alberga tanto talento como el del que él formaba parte, pero que sabe leer los partidos, resistir en momentos de poca inspiración y matar al rival con contragolpes mortales, a la par que reuniendo a un grupo de hombres que se encuentra en una plenitud física incuestionable. El Cisne ha creado La Naranja Metálica, un equipo que ciñéndose a los cánones del balompié actual se muestra férreo en la medular, infranqueable en área propia y resolutivo en la del rival, dando muestras de una pegada descomunal en los metros finales.

Entorno al círculo central ―y si empiezo por esta zona es porque a mi entender ahí se encuentra el centro de gravedad del equipo―, Orlando Engeelar y Nigel De Jong secan la brújula de los rivales ―Pirlo y Gatusso; Makélélé y Toulalan, ya lo han comprobado― mientras Wesley Sneijder guía la nave. Delante del irregular Van der Sar ―sublime en esta recta final de la temporada―, los desconocidos Mathijsen y Ooijer cierran a cal y canto la puerta del área, mientras el incombustible Gio Van Bronckhorst ―quién te ha visto y quién te ve― y el infravalorado ―tanto en el Pizjuán como en Stamford Bridge― Khalid Boulahrouz vigilan las bandas e intentan crear peligro cuando el exhausto extremo de turno lo permite.

La fiabilidad de todos estos jugadores y la capacidad para armar contras de muchos de ellos, hace que con tres atacantes, véase Van der Vaart, Van Nistelrooy y Kuyt, la selección holandesa se haya bastado para destrozar sistemas defensivos durante los dos primeros partidos de esta Euro’08. Y menudos sistemas. Nada más y nada menos que los del campeón y del subcampeón del mundo. Fieras del área, auténticas pesadillas para los atacantes como Materazzi, Panucci, Gallas o Evra, soñarán estos días con el juego de escuadra y cartabón desplegado por la Oranje.

Bien es verdad que en el primer partido, la suerte giró la cara a los transalpinos, que cuando más luchaban por recortar la distancia se encontraron con un tercer tanto que los condenaba definitivamente y que en el segundo, la Francia de Domenech ―ese señor que ha intentado juntar a viejas glorias con savia nueva pero se ha quedado e medias, consiguiendo un resultado parecido al que se obtendría al intentar mezclar el agua con el aceite― se ha visto con el marcador en contra en los primeros compases del partido. Pero un envite dura 90 minutos, y en cada uno de esos 2 actos, Holanda ha infligido crueles derrotas a azzurris y blues. Claro está que el componente de la suerte también ha estado de su lado. Pero la suerte hay que buscarla, dicen.

Holanda ya está en cuartos y además como primera de grupo. A partir de aquí empezarán los partidos a vida o muerte. Y ahí será donde los pupilos de Marco demostrarán si la metalización que han mostrado en esta primera fase seguirá dando sus frutos. De momento parece que este va a ser su año, o al menos eso se cree a estas horas en los Países Bajos. El problema es que los croatas, tras proclamarse como la bestia negra oficial de Germania, también creen lo mismo. Y aquí, esperanzados con que por fin será el año de la Roja, también. No mintamos, todos lo hemos pensado ya, aunque sea sólo una vez: ‘¿Y si este es el año?’

El caso es que en el mercado de la Eurocopa hay mucha demanda y la oferta de la gloria sólo será para uno. Veremos qué pasa al final. El desenlace, el día 29 en el Präter de Viena. A eso de las 11.

*************************************************************

martes, 3 de junio de 2008

¿Podemos?

Por Albert Valor



La selección española no pertenece a esa estirpe de selecciones como Italia –capaz de ganar 2 de sus 4 Copas del Mundo los mismos años en los que su liga se ha visto salpicada por el escándalo de la compra de partidos– o Alemania –que un día de verano de 1954 derrotó en la final de la copa Jules Rimet a uno de los mejores equipos de todos los tiempos (la Hungría de Czibor, Puskas o Boszik, entre otros) sin saber aún cómo; o que en 1990 tuvo tiempo de vengarse del Pelusa y sus otros 10 comparsas, que los habían derrotado 4 años antes en México-, selecciones en las que la mayoría de sus internacionales jugaban en la liga de su país –con excepción de la Manschaft campeona en Italia ’90, que confirma la regla– y con el coraje como bandera. Tampoco pertenece al estilo de Argentina o de Brasil, combinados que en época de trabajo reparten a sus figuras por las mejores ligas de Europa para tocar la gloria algún verano de cada 4 años, y casi siempre guiados por un faro superlativo, aquél que separa a vencedores de vencidos, desde Pelé hasta Maradona, pasando por Garrincha o Kempes.

Dicen que España nunca ha tenido un gran jugador al nivel de éstos, alguien que guiara a los nuestros hacia la gloria. También está en boca de todos que España nunca ha ganado nada. Quizá lo dicen porque no recuerdan que, en 1964, España ganó la Eurocopa de naciones en una final ante la URSS que resolvió el gallego Marcelino cuando el partido ya agonizaba. Tampoco recuerdan que el emblema de aquel equipo era Luis Suárez, un jugador que además logró de la mano de Helenio Herrera llevar al Inter de Milán a conquistar sus 2 primeras –y únicas– Copas de Europa y que hoy por hoy es el único futbolista español que tiene el Balón de Oro.

Actualmente, España está entre medio de esos dos estilos descritos antes y muy lejos de ellos a la vez. También parece difícil acercarse al estilo del combinado campeón en el 64 aunque coincidamos en que este año también hay sede olímpica asiática –antes Tokio, ahora Pekín– y en la convocatoria dos jugadores del Real Madrid –ayer Zoco y Amancio, hoy Casillas y Sergio Ramos–. El caso es que el Sabio aún está por encontrar definitivamente el patrón de juego de la roja: a día de hoy, sólo sabemos que la Selección apostará por el toque, pero nos falta saber si Cesc encajará con Xavi, si Villa acompañará a Torres –o si Torres acompañará a Villa–, y si la pareja de centrales necesita algún retoque.

Con todas estas premisas, el ambiente que vive la afición no es precisamente de euforia, lo cual puede ser favorable. También lo sería no apabullar a Rusia en el primer partido, al más puro estilo del debut en Alemania 2006, cuando la Ucrania de Sheva cayó por 4-0 ante los que iban a ser los nuevos campeones del Mundo según Marca y As. La verdad es que el lema que Cuatro ha elegido para alentarnos de cara a la cita en Austria y Suiza no se lo creen ni Los Manolos –por Carreño y Lama–, pero eso también es positivo; como lo sería pasar la primera fase con más pena que gloria –daría lo mismo ser primeros que segundos– para no crear falsas esperanzas en el respetable. Una vez en cuartos empezaría la hora de la verdad para los nuestros. Ahí el rival será un coco: o Italia, o Francia, u Holanda –y no olvidemos a Rumanía, según Luis, uno de los favoritos y de los que nadie habla–.

Con un equipo para tener el balón pero también con futbolistas para jugar a la contra –Cazorla, Xabi Alonso, Fernando Torres– pese a no contar con un extremo puro, España debería desarrollar entonces el papel de agente doble. Sea cual sea el rival, Luis ya debería tener claros para entonces los once guerreros que por fin nos harían pasar de cuartos en la época moderna, y el equipo debería ser la mezcla perfecta entre tiqui-taca y catenaccio, entre pianistas y asesinos, asociados para matar al rival cuando menos se lo espere. Es posible que la combinación entre los que juegan aquí y los ingleses –Xabi, Cesc y el Niño (quizá el protagonismo que estos dos últimos puedan tener en el equipo sea clave)–, que han conocido los recovecos de otra concepción del fútbol, sea la fórmula.

Se pueden hacer mil pronósticos, pero ya sabemos que en el fútbol cualquier predicción puede quedar en broma –recuerden que en la Copa del Mundo de 2002 todo el mundo apostaba por una final entre Francia y Argentina, eliminadas en la primera fase, y nadie daba un duro por Brasil, a la postre campeona, o que en la Euro ’96 la subcampeona del mundo, Italia, tampoco pasó de la liguilla–. Piensen ahora en la sorpresa que se llevó el Planeta Fútbol cuando la República Checa llegó a la final del 96 en Wembley para después morir en la orilla liderada por un mediocampo demoledor formado por la valentía de Karel Poborsky, el pundonor de Patrik Berger y la calidad emergente de Pavel Nedved; o cuando en la última cita europea de selecciones, Otto Rehaggel reunió a 11 gladiadores al más puro estilo de los ejércitos de Alejandro Magno, con una columna vertebral formada por Nikopolidis, Dellas, Zagorakis y Charisteas, apostando por contener los ataques del rival y aprovechando cualquier error para acabar con ellos. Así se deshicieron de Francia en cuartos, la vigente campeona por aquel entonces; de la República Checa en semifinales, la mayor favorita para alzarse con el trofeo; y de Portugal, la anfitriona, en la final. La principal baza de cualquier campeón –y sobre todo de aquella Grecia– es apostar por un patrón de juego y llevarlo hasta las últimas consecuencias.

Quizá sea la hora de que la selección española defina el suyo. Quizá teniendo el balón. Quizá jugando a la contra. Quizá con una mezcla de ambos –y siempre creyendo en lo que ponga sobre el tapete–, creando un nuevo estilo entre la LFP y la Premier que pase a los anales de la historia. Sólo así Casillas puede levantar la copa Henry Delaunay el 29 de junio en el Ernst Happel de Viena. Sólo así podemos.

*************************************************************

La motivación se llama Cuatro: