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lunes, 5 de julio de 2010

O maior espetáculo da Terra

Por Albert Valor

Que el titular de este post sea en portugués no es casualidad. Y Dunga debería darse por aludido. Es el brasileño un tipo que decidió ir a morir con sus arcaicas ideas a cambio de serle infiel a la pelota. Recibió señales, pero no hizo caso. Este deporte, tran grande, tan injusto, tan justo, castiga a veces a los vulgares. ¿Y Argentina? Fue, simple y llanamente, víctima de sí misma y su desproporcionada confianza en que los hados se encargarían de todo. Maradona lo fió todo a la magia, y los argentinos, todo a Maradona. El Pelusa fue víctima de su propia leyenda. Una vez más. Para ganar un Mundial también hace falta fútbol. Incluso Italia tenía a Pirlo en 2006. La eliminación de ambas sin duda restará embrujo a la cita, pero quilates, ni mucho menos.

En un Mundial que casi siempre olió a sudor y a miedo, se nos sirve ahora la mejor parte. Si hablamos de la selección española, el gol a Paraguay nos debería servir como ilustración. La victoria se gestó en la sala de turbinas, entorno al triángulo mágico. Iniesta para Busquets, y éste entrega a Xavi, que devuelve a Iniesta. Todo en un par segundos. Ahí, el manchego rompe las líneas de presión y ya lo fía todo a la pólvora. A partir de entonces, Pedro, los palos y Villa -sobre todo Villa- se encargaron de concluir. Qué fácil es el fútbol cuando se juega a flor de piel. Sintiéndolo. El rendimiento de España está donde los expertos, casas de apuestas y demás la colocaban en las quinielas previas. Lo curioso es que no ha llegado explotando las armas que la hicieron temible. El poder de ruptura de Iniesta entre líneas ahí está. Los goles de Villa, también. Busquets se ha erigido como un Senna de tez blanca. Y Xavi sigue siendo la autoridad. Hasta Casillas ha recuperado su aureola. Sí. Pero falta mermelada. El mejor partido de España debería estar por llegar. Y la dulzura. Y el gol de Torres. O el de Pedro. Que así sea. Esperaremos con gusto el desenlace.

Mientras, hemos entendido que España juega ahora a soplos. Durante el resto, se dedica a competir. Veremos si alcanza. Lo que ‘la Roja’ ya ha entendido es que el castillo está tras la zanja. Para rescatar a la princesa ya sólo le hacen falta dos acometidas más. Pero se precisará de toda la artillería. Arietes, arcos y flechas. Incluso morteros. También dagas. Y no se deberían descuidar los yelmos. Nunca una fantasía estuvo tan cerca.

Quizá la mayor traba que el destino y sus avatares le han tendido a la Selección es que el resto de candidatas también tienen cuentas pendientes con la historia. Empezando por Alemania. Tres veces campeona del mundo. Pero otras tantas o más finalista. Los teutones han jugado más finales que Brasil y en más de la mitad de las ocasiones la fortuna miró hacia otro lado.

Y qué decir del otro lado del cuadro. Los oranje, siempre icono del fútbol de etiqueta –excepto en esta competición- perdieron dos finales en los setenta cuando tenían uno de los mejores combinados que ha dado este deporte. Y Cruyff, Resenbrinck, Rep, Krol y los demás mecanizados saben que la tropa del especulativo Van Marwijk puede saldar la deuda. De momento ya dejaron a Brasil en la cuneta. Aunque su destemplada defensa podría ser su mayor enemigo, la dupla Van Bommel-De Jong -tarugos para algunos, imprescindibles para otros- ayudará a cerrar el candado.

Luego, y para terminar, está Uruguay. Puede que el equipo con más mística del campeonato. Sobre todo ahora que la Argentina del Diego dijo adiós. Los charrúas no asomaban por aquí desde hace décadas. Y su manera de acceder a la penúltima ronda conduce irremediablemente a la lírica. Se habló de EEUU, Serbia o Costa de Marfil. Pero nada de eso. La auténtica tapada de la competición es Uruguay. ¿Se habrán aliado los planetas para que el ‘paisito’ complete otra gesta en la Copa del Mundo?

Cada cuatro años, el fútbol nos brinda un regalo. Sentémonos ahora frente al televisor y disfrutemos. Lo mejor está por venir.

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lunes, 22 de marzo de 2010

Se acaban los calificativos

Por Albert Valor

'Messirato'. 'Infinito Messi'. 'Messi, patrimonio de la humanidad. Todos los equipos del mundo deberían poder disfrutarlo al menos durante un partido'. 'La dictadura de Messi'. Esos sean, quizá, los titulares más originales que se han escrito sobre el incalificable '10' del Barça. Vaya por delante que el cuadro de jugadas que nos brindó el azulgrana no se da siquiera en construcciones oníricas. Es imposible incluso soñar con algo parecido. Y la verdad es que tanto hechizo acumulado, tanto en tan poco tiempo, va a secar las plumas de todos los redactores y se va a acabar cayendo en enunciados ordinarios.

Le escuchaba decir el otro día Santiago Segurola que la principal cualidad de Messi es sorprender. Sorprender al rival. Sorprender al público. Sorprendernos a todos. Cuando ya creíamos que el gol a los ingleses era cosa exclusiva de Diego Armando Maradona, llegó Leo para sacarle la mejor fotocopia -incluso anotó unas semanas más tarde uno con la mano-. Cuando aún no le veíamos como un especialista en el juego aéreo, marcó un gol de cabeza en una final de la Copa de Europa. Cuando creíamos que el guante lo tenía en la zurda, ayer nos descubrió que tiene otro en la testa y, sin saltar, cabeceó con dulce de leche, como a cámara lenta, un centro no menos liviano de Pedro. Y, por si no era suficiente, nos dejaba otra obra de arte en el 0-2. En Rac1 se acordaron de Ronaldo y de su gol al Compostela. Olía a desenlace el gol que completaba el hat-trick diez minutos después. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque sea la realidad de Messi. Tras dos chispazos zaragocistas, el argentino cercenó la remontada maña provocando un penalti.

Petón decía en la Ser que nunca vio una actuación tan completa de un futbolista en un partido. Que si la prensa deportiva puntúa a los jugadores sobre 3, él le pondría un 6. Y todo esto, con un flemón. Y como de citas célebres va la cosa, ahí queda la de Alfredo Relaño en su columna de hoy en As: "Messi sería bueno hasta con apendicitis". La verdad es que todo ello colma los límites de esa realidad tan vulgar que vive por momentos la Liga española. Dos tripletes en competición doméstica en una semana y, entremedio, la exhibición europea ante el Stuttgart.

Parece que el fin de semana ha sido monopolio de Messi. Parece difícil hablar de otra cosa. Pero en PLF sacamos pecho por otro personaje que nos dejó el duelo de La Romareda. Se hablaba antes de esa remontada abortada por el rosarino. Una reacción que tenía nombre y apellido. Adrián Colunga, que apenas jugó media hora, tendrá el honor de decir que marcó dos goles en aquel encuentro. Aquél que aún elevará el recuerdo de Leo Messi dentro de tres o cuatro décadas, cuando los abuelos expliquen batallas a los nietos. El asturiano mostró ayer que habitar a la espalda de las defensas y romper fueras de juego es para él un modo de vida. Su estilo para hallar el gol, sutil y eléctrico a partes iguales, tendrá pronto un reconocimiento en la elite. Mientras, la Liga seguirá viviendo del presunto hijo de Dios. 'Messirato', titulan algunos. Una fantasía. Un mito. Y viviente.

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martes, 9 de febrero de 2010

Ever forever

Por Albert Valor

Hace ya dos años que Ever Banega arribó a España. Cumpliendo esa regla cada vez más universal, el chaval cruzó el charco sin haber salido aún del cascarón. Allá en la Argentina, apenas se había asentado en la posición que Fernando Gago había dejado vacante tras su marcha al Real Madrid. Fue entonces cuando su club, Boca Juniors, recibió una oferta irrechazable de 18 millones de € por parte del Valencia.

Banega formó parte de la revolución que Koeman pretendía implantar a orillas del Turia. Debía cubrir un hueco muy sensible en el centro del campo, más aun cuando su antecesor era el apartado David Albelda. Todo eso con sólo 19 añitos. Por aquel entonces ya se atisbó su talento. Pero es evidente que formar parte del envoltorio perpetrado por el holandés en Paterna resultó una inevitable condena para el chaval. Al cabo de medio año, en verano, fue cedido al Atlético de Madrid mientras Unai Emery se decidía a reconstruir el navío del murciélago. En la capital, fue víctima de la cobardía de los esquemas esbozados por Javier Aguirre. Cuando el mexicano fue destituido, Abel Resino recogió el testigo con la obligación de meter al equipo en Champions y sin posibilidad de hacer experimentos. Y otra vez Banega vio truncada su progresión. Su periodo de cesión terminó y voló de Barajas a Manises. Encaraba la nueva temporada tal y como había finalizado las anteriores: con pocas expectativas y con muchas dudas acerca de su porvenir. No contaba para Emery, e incluso una oferta del Stuttgart de 3,5 millones estuvo a punto de llevarle a compartir vestuario con Hleb y Pogrebniak.

Empezó los entrenamientos en julio en la cola de candidatos para ocupar la medular, por detrás de Albelda, Baraja, Fernandes e incluso del canterano Míchel. Pero algo cambió de pronto. Las lesiones de algún compañero, siempre desgraciadas, forjaron un hilo de esperanza para Ever, que con sus destacadas actuaciones y su cambio de actitud se ganó la oportunidad del mister. La relación del joven con la noche y sus continuos deslices es algo que ni siquiera él ha escondido. Pero las ganas de madurar y de triunfar en la Liga española le han llevado a cambiar los hábitos. Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Esa es la máxima que ha debido aplicar el argentino a sus quehaceres diarios.

Evercito aún sigue fuera de la plenitud física y en ocasiones no aguanta los 90 minutos de partido. Pero Roma no se hizo en un día. Por lo menos ya ha dejado de lado los fogonazos de clase y se ha apuntado a deleitar al personal de un modo continuado. Empezó la pretemporada ofreciendo detalles, pinceladas de que su resurgir podía estar al caer. Hoy es una de las sensaciones del curso y una de las claves de un Valencia que asoma de nuevo a las plazas del podio liguero. Tras años en los que el mediocampo de Mestalla destacaba por físico y disciplina, el argentino le ha puesto pajarita a la zona ancha. Además, ha sido el mejor de su equipo en muchos de los partidos de la primera vuelta. De hecho es él quien fabrica la miel en el panal de abejas ché. Y si bien es verdad que en algunos envites esas mismas abejas y su propia extenuación lo han dejado en un segundo plano, lo más importante ya lo ha conseguido. Se ha reinventado a sí mismo. Es más, ya es una realidad que tras una década encomendándose a Albelda y Baraja, la medular de Mestalla ha encontrado alternativa.

Mucho se habla en los foros futboleros de la necesidad de copar el mediocampo de contundencia. Pero más allá de algunas excepciones como Guti, Xavi, De la Peña o Iniesta, lo que se constata con el paso de los tiempos es que todos los equipos deberían poner en su vida a un jugador como Ever. Por supuesto que está muy bien eso de la presencia física. Todo el mundo tiene en su equipo a un Gattusso, a un Essien o a un Eguren. ¿Pero cuantos tienen a uno como Banega? Hay plantillas que no tienen ninguno. Otras, como la del Barça, tienen dos. Y esos son los futbolistas que quiere un espectador en la sala de máquinas. Los que añaden quilates al espectáculo y que mancomunan todas esas características tan impagables en una sola silueta: ante todo, buen manejo de balón, y por ende, verticalidad para hacer avanzar la transición ofensiva, prestaciones tanto para llevar la batuta cuando el equipo lleva la iniciativa como para dirigir un contragolpe, buenos tributos a la hora de abrir el juego hacia las bandas, precisión de bisturí tanto en largo como en corto, ese extra del último pase… y ahora, parece que también llegada desde atrás y gol. El que regaló ante el Villarreal es de esos que únicamente están al alcance de los empeines de mermelada. El de este sábado frente al Valladolid es más de potrero. Hallar el resquicio y zas. Es eso lo más curioso del juego de Ever. Ver como alterna detalles de academia con arrebatos callejeros.

Por el bien del fútbol, el chaval se está consolidando en el once titular. Del Valencia, claro. Quien sabe si también debería hacerlo en el de Argentina. Él, Perotti o la vuelta de Gaby Milito le pueden dar un aire nuevo a una formación que seguiría contando con Messi, Agüero, Diego Milito y Mascherano. No está mal, la verdad. Pero antes, habrá que preguntarle al Diego…

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jueves, 15 de octubre de 2009

Pasado, presente y futuro

Por Albert Valor

¿Saben aquello que se dice a veces de hacerle un monumento al fútbol? Pues bien, ayer Uruguay y Argentina hicieron todo lo contrario. Si se dice de manera educada, el partido fue un borrón. Sin exagerar, puede que el peor partido visto por un servidor. Bien es verdad que el partido prometía emoción, nervios y tensión por lo que ambos se jugaban, y por ello nos podíamos imaginar un partido trabado, poco aseado y sin ninguno de los contendientes enlazando más de tres pases. Aunque quizá no se enlazaran ni dos. La mejor jugada fue, quizá, axiomas del fútbol, la del gol. Y eso ya es decir mucho. O muchísimo. El caso es que Messi sacó una falta lateral hacia atrás, hacia la media luna, y allí esperaba Verón para ponerla en el arco. La puso, pero, en una cenefa de rebotes que terminó a pies de Bolatti, que tocó con el interior para después tocar el cielo.

No se podrá decir que Maradona, con sus cambios, no ha revolucionado los partidos. El pasado sábado, ante Perú, dando entrada a Demichelis por Higuaín, dejó si cabe más confundida a la defensa, que acabó por recibir el gol del empate al borde del descuento. Eso sí, su otro hombre de refresco, Palermo, anotó después el gol que le sirvió para hacer la 'foquita' en el césped –o piscina– del Monumental. Y lo de ayer ya se sabe: cuando todos sus compatriotas lo maldecían por sacar otra vez al infravalorado delantero madridista y dar entrada a Bolatti, fue éste último, contra todo pronóstico, el que le dio los billetes para, al menos, tres partidos del Mundial del año que viene.

El resto del partido no arrojó más aclaraciones que las ya reseñadas. Se recuerda un tiro de Forlán, una amarilla a Heinze al poco de comenzar, un par de buenos detalles de Verón y el bullicio que siempre aporta Higuaín –esta vez estéril–. De los demás poco o nada. De Luis Suárez, pretendido por el Barça y el Atlético, poco. De Di María, nada. De Messi, nada de nada. Quizá tengan razón algunos críticos del rosarino, que alcanza el súmmum con el Barça de domingo a miércoles –de miércoles a domingo–, y que luego se pierde por los campos de la América Latina. Cierto es que la albiceleste no juega para él, que no le aporta nada, ningún bien, pero cierto es también que el pibe juega con miedo, acongojado. La suerte para Leo es que ya el sábado los Xavi, Iniesta, Touré y cía llegan para rescatarle del olvido y del sopor.

Así pues, y cambiando de tercio, queda claro que Tabárez y Maradona podrán darse con un canto en los dientes. El segundo sabe que, con o sin él en Sudáfrica, ha conseguido el objetivo. El primero tiene la repesca, que no es poco. No es poco viendo que pese al lamentable partido de ayer, por leyes balompédicas, casi siempre hay uno que pierde y otro que gana, y ayer les tocó a los suyos. Y no es poco sabiendo que, pese a ello, Ecuador, un notable equipo de fútbol, no les dejó fuera tras haber ocupado durante muchas jornadas plazas mundialistas en el grupo suramericano. Y no es poco sabiendo que el rival en el repechaje es Costa Rica. Habrá que tomarse el cruce en serio, pero los Los Ticos no son una potencia mundial, precisamente.

Quedan ahora ocho meses por delante. No me cabe duda de que ambos combinados ganarán identidad en este tiempo y por ende, también algo de fútbol. No es que haya visto jugar mucho a Uruguay, pero creo que en esta fase de clasificación ha sido capaz de bastante más de lo que ayer se vio. De la mejora de Argentina, estoy casi seguro. No sé si Diego seguirá o no, si aceptará ayuda o no. O si Riquelme volverá. O si Messi saldrá de la cueva. Lo que sé es que la concentración previa a la Copa del Mundo establecerá nexos de unión en un grupo que, una vez clasificado, hará un buen papel en el torneo. De momento, quedémonos con lo mejor de ayer. La imagen de Bilardo y El Diego llorando abrazados en el césped del Estadio Centenario de Montevideo puede significar un antes y un después.

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Brasil se refuerza a costa de Maradona

Un análisis de Cristian Naranjo

Sucede a menudo que los partidos más esperados por el aficionado acaban reducidos a cenizas una vez terminan. La expectación generada no acostumbra a reflejarse en el juego, y el resultado siempre deja damnificados. El triunfo de unos supone el sinsabor de otros, mientras que el empate suele descontentar a ambos. Los espectadores neutrales, que se cuentan por millones en este tipo de choques, también tienen algo que perder: su tiempo. La madrugada del pasado sábado al domingo, según horario peninsular, buena parte del planeta se acomodó frente a un televisor con señal de Rosario. El duelo se presentaba como una cita ineludible: Argentina-Brasil, un nuevo volumen del clásico de clásicos, con la clasificación mundialista en juego. Una albiceleste en apuros frente a una canarinha confiada. Maradona frente a Dunga. Messi contra Kaka'. Y el escenario, el Gigante de Arroyito, literalmente a reventar. En definitiva, todos los alicientes posibles en el campo, en los banquillos y en la grada.

Argentina llegaba al encuentro necesitada de algo más que puntos. Hasta el momento su trayectoria había sido titubeante, ya fuera con Basile o Maradona al mando. La última derrota frente a Ecuador, así como la debacle sufrida en Bolivia, generaron críticas en todas direcciones. La mayoría cayeron sobre Maradona y Messi, las dos cabezas visibles de la selección. Se cuestiona la validez del técnico, mientras que impacienta el escaso rendimiento de la estrella culé. Parece un hecho que Messi no encaja en el sistema del 'Pelusa', y los periodistas argentinos apuntan hacia el propio director técnico. Así las cosas, la albiceleste compareció al partido con sus líderes sitiados y el ambiente enrarecido. La coyuntura exigió a entrenador y jugadores actuar según el procedimiento habitual: aislarse todo lo posible del entorno. La medida quizá funcionó, pero hay filtraciones del exterior que son inevitables. Es una evidencia que el caldo de cultivo no era el idóneo para afrontar 90 minutos a cara de perro.

Por su parte, Brasil se presentaba en una situación diametralmente opuesta. Acudía a la cita como líder, colmada de confianza y sabedora de que podía obtener billete a Sudáfrica en caso de vencer. La pentacampeona ha dominado con mano de hierro la fase de clasificación, donde se ha destacado como la selección más realizadora y menos goleada. Lo cierto es que nadie ha hecho sombra a Brasil desde 2007, cuando se alzó con la Copa América. Fue la primera competición de Dunga como seleccionador. La verdeamarela no carburó durante los primeros partidos, de modo que el técnico recibió tantas críticas como Maradona ahora. En cambio la seleçao se hizo fuerte ante la adversidad. Sacó brillo a sus espadas y escaló hasta la final, donde aguardaba la incontestable favorita: Argentina. El desenlace, 3-0 para Brasil, fue tan contundente como inesperado. El impacto de aquella final explica el actual estado de las cosas. Argentina cayó de forma inapelable pese a tener a los mejores, y la derrota aún sangra. Los tres directos de Brasil sumieron a la albiceleste en una crisis de identidad de la que aún convalece.

La milicia de Dunga no se detuvo ahí. Llegó a la Copa Confederaciones y también la ganó, en un ejercicio de pragmatismo sólo comparable con USA '94 y Corea-Japón 2002. Definitivamente, Brasil se ha reinventado con el paso de los años. La mutación le ha permitido cosechar más triunfos, al tiempo que se ha resentido su lírica. No hay lugar para la nostalgia. Se llevan los repliegues, los trivotes, los balones colgados y, cómo no, los socorridos contraataques. No ha quedado ni rastro de Zico, Sócrates, Falcão, Junior y compañía, aquellos que maravillaron en España '82. Pero que no vencieron. Salta a la vista que la Confederación Brasileña prioriza el resultado por encima del estilo. No en vano prefiere apostar por tipos como Scolari ─cuyo ideario tiene algo rescatable─ o Dunga, en una nueva vuelta de tuerca. La elección parece tan segura como comprar un melón garantizado. El objetivo es ganar a cualquier precio, y entrenadores de esa calaña tienen el secreto. Conscientes del potencial que por generación natural siempre tendrán arriba, su fórmula se basa en blindar la propia portería y esperar buenas nuevas. Antes eran Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo. Ahora son Kaka', Robinho y Luis Fabiano. Cambian los nombres; permanece el estilo. Poco juego y mucho gol. Pura praxis, sin noticias del jogo bonito.

Finalmente, el clásico respondió a la lógica. Maradona hizo la convocatoria a su modo. Recurrió a un estadio pequeño para intimidar. Cargó toda la presión sobre Messi. Proyectó un vídeo de motivación. Y finalmente dispuso un once de postguerra, con los centrales de Vélez, los laterales del Medievo, el centro del campo comandado por Mascherano y por un Verón de Serie B, y una delantera donde se echó a suertes el compañero de Messi. En su fijación por presentar un dibujo simétrico, Maradona dejó las bandas a cargo de Maxi Rodríguez y Dátolo, que salvo noticia no inventaron el oficio de extremo. Con todo, la improvisación era de enormes proporciones. El vídeo no funcionó, la pizarra más bien no existió, y la albiceleste saltó al campo hecha un manojo de nervios. Tuvo más el balón porque a Brasil le convino, pero Verón no conectó jamás con Messi y Tévez.

En realidad, el partido estaba visto para sentencia desde que Maradona dio a conocer los convocados. Ausencias como las de Zabaleta, Garay, Banega o Higuaín son francamente denunciables. También es digna de llevar a juicio la sustitución de Riquelme por el prejubilado Verón. Pablo Aimar, Ariel Ibagaza y por supuesto Ever Banega serían opositores más capacitados. La no convocatoria de un extremo serio como Di María en beneficio de un jugador plano como Dátolo ─golazo a parte─ tampoco es comprensible más allá del reducido campo de visión de Maradona. Además de los alistamientos, las alineaciones de Maradona también atentan contra el buen gusto. A nadie escapa que 'Nico' Pareja y Coloccini deberían ocupar el eje de la zaga, que el 'Kun' ha de ser un fijo en ataque, y que las bandas son un desperdicio si las regentan Maxi y Dátolo. El anacrónico 4-4-2 de Maradona, donde la movilidad brilla por su ausencia, no conduce más que al naufragio. Sólo un improbable cambio hacia algo similar al 4-3-3, con Messi gozando de un ecosistema más propicio, corregiría el rumbo de Argentina de cara a sus definitivos duelos.

La balanza del clásico la decantó Maradona porque además de ser inepto no tiene ningún plan de acción. Dunga tiene ideas prehistóricas, pero es consecuente con ellas. Sabe cómo hacer fuego con dos piedras, y volvió a constatarlo en territorio enemigo. Los mecanismos que ha introducido compensan el escaso atractivo del esquema. Es cierto que utiliza un trivote de poca elaboración, pero los tres hombres tienen una función perfectamente definida. Gilberto Silva es el ancla del equipo. Barre su zona y no complica la entrega. Su concurso es vital para mantener la firmeza del esqueleto. Felipe Melo es el jugador equilibrado y completo por excelencia. Tiene llegada, disparo y remate aéreo, además de abarcar grandes espacios y asegurar trabajo. Elano es el más fino del trío. Goza de una derecha depurada que le asegura distribución y peligro a balón parado. Como Gilberto y Melo, tampoco rehúye las obligaciones defensivas. La gran ventaja de jugar con tres unidades en el medio es la importancia que adquieren los laterales. André Santos y sobre todo Maicon tienen libertad para surcar su banda con asiduidad porque en su ausencia son los volantes los que cubren el hueco. En cuanto a los centrales, Lucio y Luisão forman una de las mejores parejas de la actualidad. Por arriba, son torres en defensa y catapultas en ataque, además de tener criterio con el balón. Es conocida la capacidad de Lucio de superar líneas de presión con sus decididas conducciones. Y delante, toda la fantasía aglutinada. Kaka' en la mediapunta trazando líneas maestras. Robinho sobrevolando el área en busca de inspiración. Y en punta Luis Fabiano, un goleador de amplio repertorio.

A pesar de que su equipo se asemeja cada vez más a un yunque, Dunga también comete atentados. Alves no debería ser incompatible con Maicon en el once titular. Jugadores de la talla de Alexandre Pato, Diego y Hulk no pueden sobrar nunca en la seleçao. Otros, como Amauri, Anderson, Bastos o Ederson también merecen toda la atención. El caso es que el Brasil actual no levanta pasiones pero es tan fiable como las viejas costumbres. Su juego es un pestiño porque no tiene hilo conductor. Funciona a ráfagas, al ritmo descompasado del propio Kaka'. Su centro del campo no goza de grandes atractivos y sus puntas tampoco deslumbran pese a su categoría. Sin embargo Dunga ha construido una estructura de sólidos cimientos. Ha rastreado la oferta de compatriotas en busca del gen competitivo y a la vista está que lo ha encontrado. Este equipo ganó la Copa América, la Confederaciones y aspira al Mundial 2010. Según lo demostrado, el resto de candidatos deben ponerse a la cola. Incluida España. La pentacampeona quiere más. En Rosario dio un nuevo aviso de su ambición. El manual de Dunga es feo, rudimentario y limitado, pero los resultados lo avalan. Frente a Argentina, la canarinha volvió a mostrarse infalible. Primero apeló al oficio y encontró oro en dos tiros libres. Después ahogó la reacción argentina con una contra bella y letal que finiquitó el partido. Brasil no necesitó más. Maradona le allanó el camino a Dunga. Messi no tocó más de diez balones, y Argentina no existió. Se derrumbó con las decisiones de su entrenador. En conjunto, el partido fue una farsa, un engaño al espectador y una inútil pérdida de horas de sueño. Urge la vuelta de Liga y Champions, con el tricampeón poniendo a prueba su escasa plantilla y Florentino controlando cómo crece su parque de atracciones.

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