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domingo, 20 de mayo de 2012

La fuerza del destino

Por Albert Valor


A Didier Drogba le esperaba un duro regreso a casa tras la Copa África disputada en enero. Héroe nacional e icono de todo el continente, debía en ese ahora dar la cara. Y, como siempre, no osó ni por un momento bajar la cabeza. Él falló un penalti decisivo durante el partido que dio paso a la tanda de penaltis que coronó a Zambia. Una vez más, Costa de Marfil se quedaba sin la CAN. Una vez más, siendo la inmensa favorita. Su gente no cayó en la crítica fácil. En África, los futbolistas no son dioses porque levanten copas. Lo son porque ponen a los suyos en el mapa.

La suerte en las grandes citas siempre solía dar la espalda a Didier. Y no sólo con su selección. Le pasaba lo mismo con su querido Chelsea. Pero tras ese duro revés, algo empezó a cambiar. En Stamford Bridge todo apuntaba al fin de una era, más tras una derrota en el San Paolo de Napoli en el partido de ida de octavos de final de la Champions League. La ciudad del sur de Italia ya acogía a los Lavezzi, Cavani, Hamsik y cía como los herederos del glorioso equipo de Maradona y Careca. Un 3-1 ante un equipo en senda perdedora parecía un buen botín. Nada más lejos de la realidad. Justo en ese momento, apareció en escena un hombre sin el que no se entiende esta historia: Roberto Di Matteo. Miembro de aquel último Chelsea romántico previo a los petrodólares, aquel de los Flo, Zola, Le Saux, Poyet o Desailly, el ítalo-suizo pasó a ocupar el banquillo que André Villas-Boas se veía obligado a abandonar. Así es el fútbol. Él quería liderar un cambio de ciclo en el Chelsea que todo el planeta futbolístico vislumbraba y reclamaba ya. Los Terry, Lampard o el propio Drogba, vetustos y hastiados de fracasar en el intento, debían dejar paso a la nueva savia. Pero el fútbol y el destino no creían lo mismo. Y pueden tener razón o no. Pero siempre hay que hacer lo que ellos digan.

Di Matteo se enfundó su traje y decidió que la vieja guardia debía volver a escena. El primer resultado en un partido importante le dio la vuelta a toda la dinámica: remontada en Stamford Bridge ante el Nápoles consumada en la prórroga. Los goles, de Terry, Lampard, Drogba e Ivanovic. Empezaban los guiños. El sorteo resultó asequible para unos cuartos de final que se superaron con sufrimiento ante un atrevido pero tierno Benfica. La auténtica piedra llegaba en semifinales. Derrotar al Barcelona sonaba a utopía. A sueño de noche primaveral, prácticamente. Entonces nadie reparaba en ello, pero el fútbol le seguía debiendo mucho al Chelsea.

El resultado lo conoce todo el mundo. Decenas de ocasiones marradas por el Barça en los dos partidos de la serie, penalti al larguero –cometido por Drogba- y tres disparos a puerta por parte blue. Y tres goles. Excesivo botín, pensaron algunos. No. El destino. Además, anotar en el añadido del primer tiempo del partido de ida y repetir en el partido de vuelta suele darte opciones. En apenas unas semanas, el Chelsea pasó de la depresión a estar en dos finales, ya que también se plantó en el envite por el título de la FA Cup. En ella, Ramires, héroe en las semifinales europeas, también resultó pieza clave y los de Di Matteo salieron vencedores frente al Liverpool.

Y entonces, la gran final. Es en este momento cuando la historia debe centrarse otra vez en Didider Drogba, esa pantera de hormigón. A 7’ del final, el Bayern anota el 1-0. Parece definitivo. Por fin un anfitrión volverá a ser campeón de Europa. Pero no. Tras ver como los alemanes les han lanzado puñados de córners, Mata se dispone a lanzar el primero para la cuenta blue cuando el partido ya agoniza. Alguien se eleva sobre todos. ¡Zás! Sí. Drogba empata. La enésima pesadilla de los aficionados de Stamford Bridge empieza a tornarse sueño. Prórroga. Y nada más empezar, penalti de Drogba. Ahora sí. Parece que la suerte se agota. Otra vez no. Robben vuelve a marrar una oportunidad decisiva en un partido grande. Drogba sabe lo que es eso. Ya sólo queda la tanda. Una ruleta rusa. El Bayern nunca ha perdido en esa suerte en Copa de Europa. El Chelsea nunca ha ganado. Pero eso ya no importa. Mata falla, pero también Olic y Schweinsteiger. Queda un penalti. Y en el campo, sólo hay un tipo al que Neuer no se le hará gigante. Toda la historia del Chelsea se concentra de pronto en la pétrea figura de Drogba. Qué suerte. Ciertamente, no hay nadie más fiable. Y gol. Dentro. De pronto, el resbalón de Terry, el gol de Iniesta, Ovrebo o los derrapes en Anfield Road en dos semifinales quedan definitivamente atrás. Para el marfileño, las decepciones en la Copa África son ahora parte del camino hasta aquí.

Puede parecer que a veces la gloria sonríe a tipos que ni lo comen ni lo beben, como Di Matteo. Pero no es exactamente así. Él fue el elegido para vehicular toda la gloria que ansiaba una generación. Él, que tantas decepciones sufrió con el Chelsea pre-Abramovich de finales del siglo XX, también lo merecía. Es la fuerza del destino.

Didier Drogba, por su parte, seguirá siendo uno de los iconos de la historia del fútbol africano junto a Samuel Eto’o, George Weah o Roger Milla. Y desde ayer, también es el mito absoluto del primer equipo londinense que alza la Copa de Europa. El fútbol se acuerda de todos. Siempre.

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jueves, 7 de mayo de 2009

El gol de Iniesta bien merece un regreso

Por Cristian Naranjo


Llevábamos tres largos meses sin publicar artículo alguno en este cuaderno de bitácora futbolístico. Personalmente, tenía y tengo un motivo: cada vez siento menos la necesidad de estar vinculado directa o indirectamente al periodismo deportivo; cada vez estoy más cómodo en el papel de espectador riguroso y me siento menos atraído por el de profesional sujeto a las rutinas productivas. Durante estos meses he elegido otros canales de comunicación distintos al blog; he priorizado el diálogo a la escritura. No obstante, la ocasión bien merecía un retorno.

Ha llovido mucho desde que abordáramos el debate del mediocampo. Y sin embargo, como la vida dibuja círculos sin cesar, anoche Keita y Busquets dieron su auténtica medida: hoy por hoy, ninguno de los dos es válido para las grandes ocasiones. A mi pesar, Keita debe ser traspasado en verano, en tanto que a sus 29 años no tiene margen de mejora. De él se esperaba que cumpliera el papel de centrocampista doble: que barriera el centro del campo y que a la vez ejerciera de cerrajero desde la segunda línea. En partidos menores ha cumplido con la segunda parte. Ayer no existió. Quedó patente que le falta intensidad y físico para ser un buen carterista y además su aportación en ataque fue exigua. El caso de Busquets es muy distinto: es joven, de la casa y tiene talento y proyección. Varios partidos de trascendencia media y su convocatoria con la selección le avalan.

Han ocurrido tantas cosas en estos tres meses que la lista sería interminable. En clave española, el Madrid ha quedado descolgado de la lucha por la Liga, mientras que el Espanyol ha sacado la cabeza del pozo de segunda. El Barça, por su parte, se encuentra en la mejor posición posible para alcanzar el anhelado trébol. Anoche estuvo a dos minutos de decir adiós a la orejuda. El Chelsea, un equipo mezquino lo entrene quien lo entrene, estaba a un paso de certificar su pase a la final de Roma con un fútbol rácano y cobarde. Le había bastado un obús de Essien para ponerle al Barça la eliminatoria cuesta arriba. Como ya ocurriera en Barcelona, el Chelsea planteó el partido para desactivar al rival, no para explotar sus propias virtudes; un planteamiento tan lícito como deplorable. A punto estuvo de salirle bien la apuesta a Hiddink, que dispuso el mejor 11 posible sobre el campo, con todas las unidades dispuestas para el combate. Los blues cerraron su área a cal y canto, estableciendo su defensa muy atrás pero anulando cualquier línea de pase interior. De nada servía el tacto sedoso de Xavi e Iniesta ni la velocidad de movimientos de Messi. El partido se convirtió pronto en un ataque y gol permanente, con un Barça que quería pero no podía; con un Chelsea agigantándose minuto a minuto. Los ataques culés eran infructuosos, por más que Guardiola inventara fórmulas abrelatas. Eto'o no tenía espacios a la espalda de los centrales; Messi no tenía su noche, ya fuera en la banda o en el centro; Henry, lesionado, no
estaba sobre el tapete.

Desde muy pronto, el encuentro ya parecía predestinado a resolverse en una acción individual puntual. Era evidente que los azulgrana no iban a poder convertir el césped en una pista de baile. Stamford Bridge, hoy por hoy, no es el Bernabéu. Aún así, perserveró el Barça con más tesón que acierto, convencido de poder encontrar un haz de luz entre su penumbra. Sucedía que pasaban los minutos y la trama defensiva del Chelsea se consolidaba. Los disparos del Barça llegaban a cuentagotas y eran siempre forzados o de mala calidad. Cech, un gran portero en horas bajas, fue un espectador más del encuentro. Todo lo contrario que Valdés, de nuevo clave en un partido decisivo. En la ida amargó a Drogba. Anoche lo volvió a desquiciar. El fenomenal delantero marfileño se ganó un mano a mano tras quebrar a Piqué con inusitada frialdad, pero se topó entonces con un pie milagroso del de Hospitalet. Avanzaba el partido y el peligro sólo lo generaba el Chelsea, que trazaba los contraataques de forma vertiginosa. En uno de ellos llegó la injusta expulsión de Abidal. En otro, Piqué cometió un penalti clamoroso al tocar con el brazo extendido un envío de Anelka. El árbitro erró para un lado y para otro. Es el precio a pagar por ser valiente y consecuente con lo que dicta el propio criterio. En un partido a cara o cruz, el perdedor acostumbra a
buscar pretextos para justificar la derrota.

Llegó el partido a su recta final con un guión inmejorable para el Chelsea: ir ganando en su casa y frente a un rival diezmado por una expulsión. Ocurría que enfrente estaba el Barça de Guardiola, un equipo con moral de hierro destinado a hacer historia. Si no eran Messi ni Eto'o, sería Piqué o Alves. Tanto daba quien decidiera, si un actor protagonista o uno de reparto. El partido avanzó inexorablemente hacia la zona Cesarini. El árbitro concedió cuatro minutos de prolongación, que se antojaban pocos para una eliminatoria de 180. Ni por esas se rindió el Barça, decidido a entregar su destino a un golpe de suerte o inspiración.

Sorprendentemente, cuando los culés ya lo daban todo por perdido, Alves, que había estado toda
la noche impreciso pero que se mantenía fresco a pesar del kilometraje, irrumpió por su banda como la flecha de una ballesta y puso su primer y único centro de mérito en todo el partido. Nadie acertó ni a despejar ni a rematar. El balón le cayó a Eto'o que no pudo controlar. Llegó Essien, que se precipitó en su intento por alejarlo del área y se la entregó franca a Messi, que puso pausa donde cualquier otro mortal se hubiera acelerado. El genio argentino se la cedió a otro genio; uno manchego, de Fuentealbilla, humilde, tímido, frío, parco en palabras y que nunca fue el más guapo de clase ni el primero de la foto. A ése le llegó el balón de Messi en el minuto 92. E Iniesta, de empeine exterior, con la precisión de un cirujano penetrando con el bisturí a corazón abierto, reventó de una vez y por todas la resistencia del Chelsea. Sólo un fuera de serie es capaz de dirigir el balón con esa potencia y precisión allá donde dormitan las arañas. Imagínense hacerlo en el descuento del partido de vuelta de una semifinal de Champions League. Lo más parecido al éxtasis futbolístico.

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