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jueves, 21 de mayo de 2009

La verdadera victoria

Por Albert Valor

Antes de jugar la final de Copa el pasado día 13, el Barça ya había ganado. Antes de que se confirmara su alirón liguero el fin de semana, el Barça ya había ganado. Y a menos de una semana para el choque de trenes en Roma, el Barça ya ha ganado. Y no me refiero a títulos –como diría Santiago Segurola, los trofeos son sólo un adorno en la vitrina-. Me refiero a ganar de verdad. Me refiero a ganar corazones, a ganar memorias, a ganar aplausos. A conseguir que Marca y As omitieran la vuelta de Florentino Pérez en su portada el día después de que Puyol alzase la Copa de Su Majestad el Rey. No tenían otro remedio ante tal exhibición. El futurible a la presidencia fue quien habló en su día de la política deportiva de Zidanes y Pavones, y son los barcelonistas quienes, no sólo la han llevado a cabo sino que la han mejorado, porque entre otras cosas, han conseguido que algunos Pavones sean Zidanes.

Tras el Dream Team de Cruyff, la excelencia futbolística en el Camp Nou estuvo ausente durante una década. Los pupilos del maestro holandés versionaron el Fútbol Total de la Naranja Mecánica que el propio Johan había liderado como jugador, pero la máxima siempre era marcar más goles que el contrario. Daba igual recibir tres goles si marcabas cuatro. Con todo eso, el bagaje fue de 4 Ligas, 1 Copa de Europa, 1 Copa del Rey, 1 Recopa y 1 Supercopa de Europa en 6 años. Los años de luces y sombras, donde destacó la temporada de Robson y el doblete de Louis Van Gaal y en los que hay que lamentar la vuelta del propio holandés y los años muertos de Serra Ferrer o Charly Reixach dieron paso a la llegada de Rijkaard y Ronaldinho. El Barça de hoy no se puede entender sin su figura. El 3-4-3 de principios de los noventa se tornó en un 4-3-3 en el que los pilares del equipo eran los mismos que los de antaño: un portero seguro que solventara las pocas llegadas al área del rival (Zubirrarreta-Valdés), un zaguero con buena salida de balón (Koeman-Márquez), un creador acompañado por un perro de presa no exento de clase (Guardiola,Bakero-Xavi, Deco) y arriba, tres puñales siempre eran mejor que dos (Stoichkov, Romario-Etoo, Ronnie). Pero está claro que fue el Gaúcho, que vino solo en la temporada 2003-04, el que devolvió la alegría y el optimismo a la Gent Blaugrana después de un lustro en las catacumbas.

El Barça de Rijkaard logró una perfección en el juego muy loable, pero cuando los partidos empezaban a ponerse cuesta abajo el equipo pecaba de preciosismo. De todas formas, siempre ha parecido que la perfección y la practicidad son dos términos que están reñidos. Si eres Wenger no puedes ser Capello; si eres Benítez no puedes ser Pellegrini.

Tuvo que llegar Pep Guardiola para negar ese absurdo axioma. El Fútbol Club Barcelona llega al terreno de juego y le hace ver al rival que si en el césped hay un balón éste tendrá un propietario, que lo tocará y lo tocará hasta marear al rival, hasta desquiciarlo y meterle un gol. Una vez conseguido esto, volverá a intentar el mismo proceso. Y todo ello, desde el más profundo respeto, desde la más absoluta deportividad.

Hay quienes se quejan de que Tom Henning favoreció a los culés en Londres hace unos días. Y puede que tengan razón. Pero como decía Carlos Martínez en su retransmisión para Canal +, fue el Dios del fútbol quien premió a los azulgrana. Premió al equipo que siempre quiere dar espectáculo, premió al que siempre busca la portería. En definitiva, premió al que siempre quiere jugar al fútbol. Y aunque en los últimos tiempos haya parecido lo contrario, a eso se sale a un terreno de juego, ¿no? Esa es la verdadera victoria. El Barcelona ha demostrado que se puede ser práctico sin el patadón, sin la especulación, sin el constante achique, sin las dobles líneas de cuatro. Ha demostrado que la presión arriba, la posesión y la valentía también sirven para ganar. Porque en definitiva, la mejor defensa siempre ha sido un buen ataque.

El pasado verano, fue España la que conquistó el cielo con el tiqui-taca y la base del juego de los culés personificada en Xavi e Iniesta y complementada de maravilla por finos estilistas como Silva o Cesc y con magníficas puntas de lanza como David Villa o Fernando Torres. El 29 de junio la Roja abrió la veda. Y el 27 de mayo se juega una final de Champions. Está en la mano del Barça poder ganarla. Gane o pierda, se cerrará un círculo que será sólo el inicio del futuro del fútbol. España y el Barça han iniciado este nuevo camino. Puedo pecar de fanático, pero me siento español y catalán a partes iguales. Soy incondicional de la Selección y barcelonista hasta el tuétano. Y no saben lo orgulloso que me siento. Viva el fútbol.

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miércoles, 9 de julio de 2008

4-3-3: vida, muerte y… ¿resurrección?

Por Cristian Naranjo


Mucho se podría discutir sobre la importancia de un esquema de juego en la consecución de éxitos futbolísticos. Lo que parece innegable es que el sistema de un equipo viene a ser su seña de identidad, su propuesta, su idea de entender el juego… su ADN. Aún resuenan los ecos del triunfo de la selección, conseguido merced a un centro del campo versátil y abundante en cantidad y calidad. En clave azulgrana, el súper ofensivo 3-4-3 de Cruyff dio paso al 4-3-3 de Van Gaal tras pasar por la fugaz etapa de Robson –intachable, por cierto–. De la mano de Rivaldo y Figo, Van Gaal ganó dos Ligas de forma impecable, pero la fragilidad defensiva le condenó en Europa. Tras cuatro temporadas en blanco, Rijkaard recogió el testigo holandés en el banquillo y reinstauró el 4-3-3. Con él ganó dos Ligas y una Champions y lo mantuvo inalterable los dos últimos años salvo con alguna excepción –Copa del Rey 2006-07: Zaragoza-Barça, cuando superó el cruce de cuartos sorprendiendo con un 3-4-3–.

Hoy por hoy, nadie puede obviar la sensación de que todos los equipos que se enfrentan al Barça saben con qué se van a encontrar: gran porcentaje de posesión de balón y constantes ataques posicionales a partir del tridente ofensivo. Es un sistema que dejó de funcionar tan pronto como se fundieron sus estrellas. Cuando Ronaldinho exhibía sus dotes de caballo árabe y Eto’o era lo más parecido a un puñal afilado y bruñido, ese Barça sí tenía sentido. Tal era la grandeza de sus delanteros, que Messi, el pequeño Diego, pudo desarrollarse con calma a la inmensa sombra que proyectaban.

Aquel maravilloso 4-3-3 dispuesto por Rijkaard, que parecía destinado a completar una era dorada, falleció en París dejando únicamente a Messi en el testamento. Ronaldinho era tres años mayor que a su llegada y su nula autoexigencia comenzó a pasarle factura sin que nadie del club dijera ni pío. Eto’o, inconformista y combativo por naturaleza, sufrió el lastre de las lesiones y perdió un punto de fiabilidad. Deco, hasta entonces un mariscal en la zona ancha, se contagió por contacto de ambos males y firmó dos temporadas para olvidar. Por su parte, Laporta y Txiki tuvieron dos veranos para detectar el virus y aplicarle antídoto. No lo hicieron. Su respuesta consistió en fichar campeones del mundo: Thuram, Zambrotta, Henry... Sorprendentemente ninguno aportó nada. El equipo inició un proceso autodestructivo para finalmente morir matando: Rijkaard despedido, Deco regalado, Eto’o sentenciado y Ronaldinho cogiendo quilos a su antojo.

Señalados los culpables comenzó el cambio de pósters en el vestuario. Guardiola por Rijkaard, Keyta por Deco, Alves por Zambrotta; parece que Adebayor por Eto’o y Hleb por Ronaldinho. Un cambio de aires a ventanal abierto, como si todo fuera a recuperar su orden primigenio a partir de un simple trueque de alfiles. Algo más tiene que cambiar en el club además de los nombres. Aficionados y periodistas se preguntan el porqué del derrumbe físico de jugadores como Zambrotta o Abidal, auténticos atletas a su llegada e irreconocibles meses después. Es vox populi que en los grandes de España se entrena poco y mal. Aves de paso como Giuly o Cassano lo corroboran desde Italia.

Mejorar la preparación física no va a ser el único reto de Guardiola. Tiene que idear nuevos mecanismos que doten al Barça de la pegada perdida. Por ahora todo apunta a su intención por mantener el 4-3-3, con un mediocampo fortalecido por la presencia africana, dos extremos dinámicos –Messi y Hleb– y un delantero de amplio repertorio capaz de servir y definir con la misma solvencia –Adebayor–. El once tipo que se empieza a definir arroja dudas de todas las líneas. Alves se ha convertido en Sevilla en un lateral portentoso: incansable, rápido, seguro defensivamente, generoso en esfuerzos, de gran calidad, recorrido y profundidad en ataque. Un corazón auxiliar bombeando en la banda, vamos. ¿Será capaz de mantener ese nivel en Barcelona? ¿Recuperará Abidal el tono físico hasta alcanzar un rendimiento decente? ¿O le ganará Sylvinho el puesto una vez más? ¿Confía Guardiola en Touré como muro de contención o piensa más en Márquez para ese puesto? ¿Qué papel va a tener Iniesta en un equipo superpoblado de extranjería? ¿Es Adebayor el delantero idóneo para la causa? ¿Le encontrará Guardiola utilidad a Henry? Son preguntas que surgen por sí mismas a tenor de lo sucedido en el último bienio. Las respuestas, a partir de agosto en la previa de la Champions.

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