domingo, 30 de enero de 2011
'Fútbol... Luego Existo'
miércoles, 29 de octubre de 2008
Hambre de gol
En verano, cuando se cocinan los designios del curso futbolístico, Pep Guardiola y Txiqui Beguiristain rumiaban acerca de cómo rediseñar la plantilla del Barça. Tras dos años en blanco, había llegado el momento de abrir los ventanales de un vestuario viciado por el autogobierno y la condescendencia de Rijkaard. Dicho y hecho: se defenestró a Ronaldinho y a Deco; se substituyó a Zambrotta por Alves; se vendió a Edmilson y se compró a Keita; se hizo lo propio con Giovanni y con Hleb; y así hasta llegar a un puesto clave para cualquier equipo, el del ‘9’.
Sorprendentemente, Guardiola tenía clara su apuesta por el melancólico Henry en detrimento de la raza de Eto’o. Tanto es así, que la cúpula directiva del Barça estaba convencida de la necesidad de vender al delantero africano para acometer después un fichaje de relumbrón. El elegido por Guardiola era Emmanuel Adebayor, el punta togolés del Arsenal. Al parecer, Pep valoraba la capacidad del africano para jugar de espaldas a portería, posibilitando la entrada de los extremos y de los volantes. ¿Acaso se olvidaba Guardiola de las cifras de Eto’o?
Nadie puede discutir la validez de jugadores como Benzema –posiblemente el ‘9’ más deseado en can Barça– o del mencionado Adebayor, pero a un delantero centro lo que se le debe exigir es el gol, la capacidad para convertir en valor absoluto todo el trabajo intangible del equipo. Precisamente por eso, por su hambruna, es por lo que destaca Eto’o. Más de 100 goles con la zamarra del Barça. Evidentemente, Guardiola era consciente de lo que hacía cuando seguía manteniendo su apuesta por un delantero foráneo. De hecho, la cuestión se alargó hasta que se descartaron todas las opciones: Eto’o no quería salir y ningún equipo estaba dispuesto a pagar los emolumentos que demandaba. A saber, 10 millones de euros por temporada. Por otro lado, los fichajes de Benzema y de Adebayor se enquistaron.
Así las cosas, Guardiola y Eto’o estaban condenados a entenderse. El entrenador, por más que rastreara el mercado cien años, no encontraría un delantero con la velocidad, la ambición, la raza y el gol del camerunés. Por su parte, Eto’o sabe que en ningún club como en el Barça podría explotar sus virtudes. De momento, el tiempo le está dando la razón al matrimonio. Cuando se llevan 8 jornadas de Liga, Eto’o ya suma 9 goles. Avidez pura.
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miércoles, 9 de julio de 2008
4-3-3: vida, muerte y… ¿resurrección?

Hoy por hoy, nadie puede obviar la sensación de que todos los equipos que se enfrentan al Barça saben con qué se van a encontrar: gran porcentaje de posesión de balón y constantes ataques posicionales a partir del tridente ofensivo. Es un sistema que dejó de funcionar tan pronto como se fundieron sus estrellas. Cuando Ronaldinho exhibía sus dotes de caballo árabe y Eto’o era lo más parecido a un puñal afilado y bruñido, ese Barça sí tenía sentido. Tal era la grandeza de sus delanteros, que Messi, el pequeño Diego, pudo desarrollarse con calma a la inmensa sombra que proyectaban.
Aquel maravilloso 4-3-3 dispuesto por Rijkaard, que parecía destinado a completar una era dorada, falleció en París dejando únicamente a Messi en el testamento. Ronaldinho era tres años mayor que a su llegada y su nula autoexigencia comenzó a pasarle factura sin que nadie del club dijera ni pío. Eto’o, inconformista y combativo por naturaleza, sufrió el lastre de las lesiones y perdió un punto de fiabilidad. Deco, hasta entonces un mariscal en la zona ancha, se contagió por contacto de ambos males y firmó dos temporadas para olvidar. Por su parte, Laporta y Txiki tuvieron dos veranos para detectar el virus y aplicarle antídoto. No lo hicieron. Su respuesta consistió en fichar campeones del mundo: Thuram, Zambrotta, Henry... Sorprendentemente ninguno aportó nada. El equipo inició un proceso autodestructivo para finalmente morir matando: Rijkaard despedido, Deco regalado, Eto’o sentenciado y Ronaldinho cogiendo quilos a su antojo.
Señalados los culpables comenzó el cambio de pósters en el vestuario. Guardiola por Rijkaard, Keyta por Deco, Alves por Zambrotta; parece que Adebayor por Eto’o y Hleb por Ronaldinho. Un cambio de aires a ventanal abierto, como si todo fuera a recuperar su orden primigenio a partir de un simple trueque de alfiles. Algo más tiene que cambiar en el club además de los nombres. Aficionados y periodistas se preguntan el porqué del derrumbe físico de jugadores como Zambrotta o Abidal, auténticos atletas a su llegada e irreconocibles meses después. Es vox populi que en los grandes de España se entrena poco y mal. Aves de paso como Giuly o Cassano lo corroboran desde Italia.
Mejorar la preparación física no va a ser el único reto de Guardiola. Tiene que idear nuevos mecanismos que doten al Barça de la pegada perdida. Por ahora todo apunta a su intención por mantener el 4-3-3, con un mediocampo fortalecido por la presencia africana, dos extremos dinámicos –Messi y Hleb– y un delantero de amplio repertorio capaz de servir y definir con la misma solvencia –Adebayor–. El once tipo que se empieza a definir arroja dudas de todas las líneas. Alves se ha convertido en Sevilla en un lateral portentoso: incansable, rápido, seguro defensivamente, generoso en esfuerzos, de gran calidad, recorrido y profundidad en ataque. Un corazón auxiliar bombeando en la banda, vamos. ¿Será capaz de mantener ese nivel en Barcelona? ¿Recuperará Abidal el tono físico hasta alcanzar un rendimiento decente? ¿O le ganará Sylvinho el puesto una vez más? ¿Confía Guardiola en Touré como muro de contención o piensa más en Márquez para ese puesto? ¿Qué papel va a tener Iniesta en un equipo superpoblado de extranjería? ¿Es Adebayor el delantero idóneo para la causa? ¿Le encontrará Guardiola utilidad a Henry? Son preguntas que surgen por sí mismas a tenor de lo sucedido en el último bienio. Las respuestas, a partir de agosto en la previa de la Champions.
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