miércoles, 9 de julio de 2008

4-3-3: vida, muerte y… ¿resurrección?

Por Cristian Naranjo


Mucho se podría discutir sobre la importancia de un esquema de juego en la consecución de éxitos futbolísticos. Lo que parece innegable es que el sistema de un equipo viene a ser su seña de identidad, su propuesta, su idea de entender el juego… su ADN. Aún resuenan los ecos del triunfo de la selección, conseguido merced a un centro del campo versátil y abundante en cantidad y calidad. En clave azulgrana, el súper ofensivo 3-4-3 de Cruyff dio paso al 4-3-3 de Van Gaal tras pasar por la fugaz etapa de Robson –intachable, por cierto–. De la mano de Rivaldo y Figo, Van Gaal ganó dos Ligas de forma impecable, pero la fragilidad defensiva le condenó en Europa. Tras cuatro temporadas en blanco, Rijkaard recogió el testigo holandés en el banquillo y reinstauró el 4-3-3. Con él ganó dos Ligas y una Champions y lo mantuvo inalterable los dos últimos años salvo con alguna excepción –Copa del Rey 2006-07: Zaragoza-Barça, cuando superó el cruce de cuartos sorprendiendo con un 3-4-3–.

Hoy por hoy, nadie puede obviar la sensación de que todos los equipos que se enfrentan al Barça saben con qué se van a encontrar: gran porcentaje de posesión de balón y constantes ataques posicionales a partir del tridente ofensivo. Es un sistema que dejó de funcionar tan pronto como se fundieron sus estrellas. Cuando Ronaldinho exhibía sus dotes de caballo árabe y Eto’o era lo más parecido a un puñal afilado y bruñido, ese Barça sí tenía sentido. Tal era la grandeza de sus delanteros, que Messi, el pequeño Diego, pudo desarrollarse con calma a la inmensa sombra que proyectaban.

Aquel maravilloso 4-3-3 dispuesto por Rijkaard, que parecía destinado a completar una era dorada, falleció en París dejando únicamente a Messi en el testamento. Ronaldinho era tres años mayor que a su llegada y su nula autoexigencia comenzó a pasarle factura sin que nadie del club dijera ni pío. Eto’o, inconformista y combativo por naturaleza, sufrió el lastre de las lesiones y perdió un punto de fiabilidad. Deco, hasta entonces un mariscal en la zona ancha, se contagió por contacto de ambos males y firmó dos temporadas para olvidar. Por su parte, Laporta y Txiki tuvieron dos veranos para detectar el virus y aplicarle antídoto. No lo hicieron. Su respuesta consistió en fichar campeones del mundo: Thuram, Zambrotta, Henry... Sorprendentemente ninguno aportó nada. El equipo inició un proceso autodestructivo para finalmente morir matando: Rijkaard despedido, Deco regalado, Eto’o sentenciado y Ronaldinho cogiendo quilos a su antojo.

Señalados los culpables comenzó el cambio de pósters en el vestuario. Guardiola por Rijkaard, Keyta por Deco, Alves por Zambrotta; parece que Adebayor por Eto’o y Hleb por Ronaldinho. Un cambio de aires a ventanal abierto, como si todo fuera a recuperar su orden primigenio a partir de un simple trueque de alfiles. Algo más tiene que cambiar en el club además de los nombres. Aficionados y periodistas se preguntan el porqué del derrumbe físico de jugadores como Zambrotta o Abidal, auténticos atletas a su llegada e irreconocibles meses después. Es vox populi que en los grandes de España se entrena poco y mal. Aves de paso como Giuly o Cassano lo corroboran desde Italia.

Mejorar la preparación física no va a ser el único reto de Guardiola. Tiene que idear nuevos mecanismos que doten al Barça de la pegada perdida. Por ahora todo apunta a su intención por mantener el 4-3-3, con un mediocampo fortalecido por la presencia africana, dos extremos dinámicos –Messi y Hleb– y un delantero de amplio repertorio capaz de servir y definir con la misma solvencia –Adebayor–. El once tipo que se empieza a definir arroja dudas de todas las líneas. Alves se ha convertido en Sevilla en un lateral portentoso: incansable, rápido, seguro defensivamente, generoso en esfuerzos, de gran calidad, recorrido y profundidad en ataque. Un corazón auxiliar bombeando en la banda, vamos. ¿Será capaz de mantener ese nivel en Barcelona? ¿Recuperará Abidal el tono físico hasta alcanzar un rendimiento decente? ¿O le ganará Sylvinho el puesto una vez más? ¿Confía Guardiola en Touré como muro de contención o piensa más en Márquez para ese puesto? ¿Qué papel va a tener Iniesta en un equipo superpoblado de extranjería? ¿Es Adebayor el delantero idóneo para la causa? ¿Le encontrará Guardiola utilidad a Henry? Son preguntas que surgen por sí mismas a tenor de lo sucedido en el último bienio. Las respuestas, a partir de agosto en la previa de la Champions.

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jueves, 3 de julio de 2008

Bienvenido, Míster Fútbol

Por Albert Valor

El fútbol ha vuelto. El del bueno, para ser más exactos. Lo dábamos por muerto tras años de sopor con pequeños oasis en el desierto. Entre Capello, Mourinho y Benítez nos habían empezado a hacer creer que ahora lo que se llevaba era el choque, los achiques, el sacar provecho de los fallos ajenos. Unos ganaban Ligas, otros Copas de Europa; incluso combinaban ambas. Si a eso unimos que en los grandes torneos de selecciones de los últimos años, Grecia en 2004 e Italia en 2006 habían salido victoriosas con sus rácanas propuestas, las previsiones para esta Eurocopa no eran muy halagüeñas. Incluso Brasil ganó la final del Mundial 2002 ante Alemania el día en que Brasil jugó como Alemania y Alemania jugó como Brasil.

Todos estos precedentes empezaron a crear un estilo a nivel internacional, y en el fútbol europeo de hoy en día proliferan los sistemas con 5 centrocampistas y un solo delantero y son más bien escasos los equipos que se salen de este guión. En este último lustro, me pasan por la cabeza únicamente tres propuestas de fútbol atractivo a gran nivel: el Barça de Rijkaard que maravilló a Europa, el Olympique de Lyon que se quedaba cada año a las puertas de llegar a los partidos importantes y la Roma de Spalletti, que casi por accidente dio con un sucedáneo de fútbol total, un 4-6-0 en que todos sus centrocampistas podían convertirse en delanteros; la apuesta más bonita del Calcio. También podríamos destacar estilos como el del Getafe o el del Nancy, pero están en otro escalón.

Y entonces llegó la Euro ’08. Tras dos días de competición –en los que también podríamos incluir el Francia-Rumanía de la tercera jornada- en los que sólo destacaron los 25 minutos finales de Portugal ante Turquía, nos temíamos lo peor. Equipos como Suiza, Austria o Polonia ponían atrevimiento sobre la cancha, pero los puntos eran para otros. Pero entonces, cuando menos lo esperábamos, el fútbol resucitó. Primero fue Holanda, que le recordó a Italia que si quería volver a subir a lo más alto, no sería precisamente con catenaccio, y luego España, con esa mezcla entre tiqui-taca y contras perfectas. A partir de ahí, el espectáculo ya no se olvidó de nosotros. El primer beneficiado fue el espectador. El segundo, esta España mía, esta España nuestra. Decían que nos faltaba músculo, altura, mala leche. Pero el torneo que vio renacer al fútbol se olvidó de todos esos conceptos, tan arcaicos ellos. No podía haber otro campeón. Nadie apostó por los conceptos más básicos y románticos del balompié que nuestra selección. La campeona en 2004 vio que su propuesta ya había caducado, y los suplentes de España se encargaron de recordarles a los helenos que ese tipo de fútbol no les serviría para sumar ni un punto. Luego le tocó comprobarlo a Italia, que casi se sale con la suya. Pero la lotería tuvo esta vez conciencia y se acordó de los que más lo merecían. A partir de ahí, desatados por la superación de complejos que ya parecían históricos, los chicos de Luis entendieron que el título les pertenecía. Y el título entendió también que pertenecía a esos locos bajitos.

Ahora haremos un paréntesis y hablaremos de los otros equipos que también dieron rienda suelta a la fantasía hasta las semifinales. Porque está bien claro, a partir de la penúltima ronda el único equipo que existió fue la Roja –con permiso del Alemania-Turquía, más que nada porque Xavi y Cía no estaban sobre el césped-.

Tras España; Rusia, Holanda, Croacia, y Portugal, Turquía y Alemania en algunas fases, han sido los otros equipos que han entendido que el enfermo debía recuperarse. Los de Hiddink han sido, sin duda, la sorpresa del torneo. Tuvieron la desgracia de enfrentarse dos veces a España –donde sumaron sus dos únicas derrotas- pero en el resto de sus partidos, con el balón en su poder se comieron a sus rivales. Tras dejar destellos en la primera fase, la exhibición llegó en cuartos ante Holanda. Se habla mucho de la prórroga en la que Arshavin destrozó a la Oranje con dos cuchillazos sobre mantequilla neerlandesa, pero lo cierto es que el tiempo reglamentario ya fue todo un recital. Al final, la inexperiencia les costó el empate cuando se cumplía el tiempo, pero el partido podría haber acabado tranquilamente 1-3 sin prórroga. Junto al pequeño Joker, Pavlyuchenko, Zhirkov, Zyrianov, Torbinski o Saenko, se encargaron de poner al balompié del este de nuevo en el mapa.

Holanda quedó eliminada ese día, pero lo cierto es que durante la primera fase dio realmente miedo. Además de jugar de manera vistosa, con una gran contención y unos contragolpes de manual en el que salía a relucir la calidad de hombres como Sneijder, Robben, Van Persie o Van der Vaart, el gran aval de los de Van Basten fue la manera que tuvieron de machacar a Italia y Francia, campeona y subcampeona del mundo respectivamente. Quizá fue aquí cuando se vio que algo empezaba a cambiar para el fútbol amarrategui.

Hablemos ahora de Croacia. Los balcánicos eran junto a Rusia, uno de los combinados que apuntaba a tapado en el torneo. Y lo cierto es que en la primera fase empezaron intimidar. Primero ganaron a Austria con algo de suerte, pero en la segunda jornada, ante Alemania, sacaron el rodillo. Guiados por un genial Luka Modric, que dominaba el centro del campo a su antojo, y escoltado por hombres como Rakitic, Pranjic –izquierda-, Srna o Corluka –derecha- en las bandas, los de Bilic borraron a la Mannschaft del campo. Sin duda, su mejor partido en esta Euro. Incluso ya clasificados, con un once plagado de suplentes, tuvimos tiempo de ver a jugadores como Vukojevic o Klasnic. A cuartos con 3 de 3. Pero llegó Turquía y les demostró que creer es poder.

Turquía. Menudo equipo. Puso la magia al campeonato y fue capaz de lo mejor y de lo peor: remontadas, coraje y golazos combinados con errores imperdonables y detalles feos. En el primer partido, no ofrecieron nada, y Portugal acabó pasándoles por encima. En el segundo, estaban eliminados al descanso. Y ahí empezaron a forjar la leyenda. Tras la reanudación, sin ser superiores a los suizos, acabaron ganando por casta con goles de Senturk y Arda Turan, postrero este último. En el tercero se lo jugaban todo ante Chequia. Si ganaban, a cuartos. Si perdían, a casa. Y si empataban, penaltis por primera vez en una liguilla. Tras ir perdiendo 0-2 a un cuarto de hora para el final, acabaron volteando el marcador en un partido que ya está en la Historia Contemporánea del Fútbol. Pero aquí no acabaron los milagros. En cuartos, contra Croacia, se llegó al 28’ de la prórroga con empate a 0. La selección ajedrezada marcó entonces. Cuando los croatas ya se veía en ‘semis’, llegó el empate turco. En ese momento, los de Terim debían creerse ya invencibles, y los penaltis premiaron su fe. Pero en la siguiente ronda ante Alemania, con una alineación plagada de suplentes por las numerosas bajas, tras conseguir el empate a 4’ del final, Lahm acabó con el sueño. Lo sigo pensando, si Turquía se hubiera plantado en la final, todo podría haber pasado. Habiendo llegado a la orilla tras nadar tantas veces a contracorriente, su autoestima hubiese estado por las nubes.

Llega el turno de citar a Portugal. Los lusos llegaron como favoritos al triunfo final, más aún después de ser los primeros en clasificarse para cuartos. Ganaron con suficiencia los dos primeros partidos, en los que vimos a un Deco sublime y a un Pepe que sigue su carrera hacia la cima, mientras Cristiano mostró la misma línea que durante la temporada de clubes. Pero en cuartos se derrumbó el castillo de ilusiones. Alemania se les plantó enfrente. Con su fútbol de siempre, basado en un par de puñetazos sobre la mesa y en aprovechar otros tantos errores del rival, selló la eliminación portuguesa. La verdad es que la falta de un ‘9’ y de un arquero de garantías, así como el afán de protagonismo de Cristiano en los momentos clave, acabaron de hundir el barco. En la hora de la verdad, Deco se quedó solo ante en peligro.

Si hablamos de Alemania poco más hay que añadir, porque hablando de sus víctimas hacia la final –Portugal y Turquía- ya hemos cantado sus excelencias. En la primera fase aburrieron bastante, y ganaron a Polonia y Austria basándose en su oficio y en la falta de éste en su oponente. Su mejor partido fue en cuartos, donde llegaron como víctimas, un papel en el que son trucha en el río. Jugando su mejor media hora del torneo, se pusieron 0-2 e hirieron de muerte a los de Scolari. En ‘semis’, fueron inferiores a Turquía pero, otra vez materializando las llegadas y rapiñando cual buitre los errores del rival, se plantaron en la final.

Otros equipos como Suiza o Austria, quizá empujados por el imperativo de ser los anfitriones, mostraron un fútbol atrevido y siempre fueron a por sus partidos, pero la falta de pegada les condenó.

Y ahora hablemos de lo que pasó a partir de las semifinales. Alemanes y turcos tuvieron la suerte de no enfrentarse a España, lo que les dio la oportunidad de jugarse un puesto en la final. Como ya sabemos, la balanza fue teutona. Y en la otra semifinal, a los rusos les llegó su propia ruleta. Tras sorprender a todo un continente, se encontraron con un revólver en la mano. El primer tiro no trajo consecuencias y la pistola pasó a la sien española, pero Pavlyuchenko se olvidó de rellenar los dos siguientes huecos del cargador. Tras una tregua, el arma volvió a Rusia, que esta vez se la puso en la frente. Quedaban tres disparos. Y como todos sabemos ya, en los tres había balas. Y las tres fueron para Rusia. Evidentemente, ahí se acabó el torneo para los orientales.

Tras una primera parte en la que las fuerzas estaban igualadas, España finiquitó a su rival en el segundo acto. Los rusos no lo sabían, pero el choque de fuerzas en la primera parte les iba a pasar factura. España quizá tampoco lo supiese, pero siguió moviendo el cuero y cansando a su rival hasta que rompió el cántaro. Tras abrir la lata, lo que vino después cayó por su propio peso y la tropa de Aragonés jugó los mejores minutos del torneo. Tras una exhibición y más de dos décadas, España estaba en una final. Y enamorando.

Una vez ahí, sólo quedaba esperar a que la justicia y la lógica, al servicio del buen hacer durante todo el torneo, hicieran su última acción. Y ésta llegó. No hace falta explicar el gol de Torres. Todos lo tenemos grabado en la retina y lo vemos cada noche antes de que el calor nos deje dormir. La Eurocopa castigó la falta de ambición y obsequió a los osados. Y en eso, España no tuvo rival. Ahora sólo hace falta que, por el bien del deporte rey, este estilo tenga continuidad en el futuro. De momento, celebremos su regreso. Por fin has vuelto. Ya te echábamos de menos. Bienvenido.

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martes, 1 de julio de 2008

Gracias viejo, perdona Sam

Por Albert Valor

Luis Aragonés. Desde el 29 de junio de 2008 en la historia del fútbol español. El mejor seleccionador de la historia –el que más partidos ha ganado y el que tiene un porcentaje más positivo entre victorias, empates y derrotas- y uno de los más criticados. Quizá alguna vez le critiqué, pero la única verdad es que muchas más lo defendí, creyendo en su cabezonería, postulando que uno debe ir siempre a muerte con sus ideas. Y así ha sido siempre Luis.

Primero le llovieron críticas por llevar a Raúl al Mundial, luego por dejar de convocarlo, y más recientemente por prescindir de otros pesos pesados como Guti o Joaquín. De lo que la gente no se ha dado cuenta hasta hace bien poco es que el extremo gaditano siempre hubiera querido jugar –no se puede decir lo mismo de Guti, eterno jugador número 12 en el Real Madrid hasta este último curso-, mientras que gente como Cazorla o De la Red –además de tener más proyección- esperaría su oportunidad –si es que llegaba- sin rechistar. Luego está lo de Eto’o. O lo del azul, como El Abuelo le llama haciendo gala de su peculiar sentido del humor. Samuel –del que me declaro incondicional en todos los aspectos, sería feo no admitirlo; y ¡qué error sería venderlo!- es un tipo que, para bien o para mal, dice siempre lo que le pasa por la cabeza. Y nunca ha dudado en afirmar que adora a Luis, a quien quiere como a un padre. Éste, ejerciendo de progenitor futbolístico cuando lo entrenaba en el Mallorca, bien hizo en inculcarle que como realmente se aprende en la vida es a base de ‘palos’ –a las retinas de muchos llegarán ahora las imágenes de Luis zarandeando al africano en los banquillos de la Romareda después de que este le retrajese que le hubiera sustituido-. Algo parecido ha sucedido también en esta Eurocopa con Fernando Torres, e incluso con Sergio Ramos. Por eso y por muchas otras cosas, Luis Aragonés siempre me ha parecido fiable en un banquillo.

Tras la debacle en los octavos de Alemania, todos pedían la guillotina para El Sabio. Nadie se daba cuenta del error que se podía cometer matando al cocinero cuando aun no había terminado su manjar. Un plato único, sólo comparable a concepciones del fútbol como las que tuvieron las selecciones de Brasil en el 70 y en el 82, y que no se cuece en dos días, ni siquiera en dos años. Apuesta por el fútbol de verdad, en el que corren el balón y los contrarios, no los propios jugadores. La verdeamarelha de Pelé ganó el Mundial, la de Zico se quedó en semifinales. Pero las dos ganaron, porque la verdadera victoria –y con esto estoy citando a Santiago Segurola- está en quedar en la cabeza de los aficionados, los trofeos sólo son un adorno en una vitrina.

Y eso es lo que ha conseguido Aragonés. Quedar en la memoria de todos por el juego que han desarrollado sus chicos sobre el tapete. Ese ‘tocar, tocar y tocar’ hasta que el rival caiga rendido por aburrimiento, desconcentración o mareo. El fútbol más puro de hecho. El que se juega a ras de césped con pases milimétricos y para el que hacen falta especialistas con pies de seda. Y ese tipo de jugadores sobran en España. Todos los grandes equipos han sido campeones apostando por un estilo. Normalmente por el que más definía genética futbolística. Los brasileños trasladan la samba al terreno de juego, los italianos el cerrojazo y las contras, mientras que los alemanes emulan cita tras cita a la legión cóndor. Y España siempre ha presumido de furia. Y siempre se ha preguntado porque su apuesta salía mal. Quizá porque no la llevaba en las venas. Y ese ha sido el verdadero éxito de Luis -que ha vuelto a demostrar porque le llaman El Sabio-, trasladar nuestro ADN al campo. Si somos inferiores físicamente, ¿para qué vamos a ir al choque? Aprovechemos nuestra virtud, que es tener la pelota, mimarla y darle brillo.

Y secundado por actores de lujo como Cesc, Iniesta, Silva, Alonso o Senna, Xavi ha sido el principal valedor de este patrón durante el torneo que por fin nos ha coronado. Y es en este punto, cuando después de alardear entono el Mea culpa. Yo he criticado a Xavi hasta la saciedad. ¡He criticado al -según la UEFA- mejor jugador de la mejor Eurocopa que hayan visto mis ojos! Creo haberlo criticado con razón, pues en sus últimas dos temporadas en el Barça, pese a su indiscutible visión de juego y su gran calidad en el pase, me ha parecido un jugador que abusaba del pase horizontal y que defendía poco y mal, más que nada por sus carencias físicas. Si a esto le unes que un medio del campo formado por tres jugadores, de los otros dos sólo uno –como mucho- sea una roca defensivamente, el equipo acaba haciendo aguas. Y sí, siempre le he echado la culpa a Xavi, más si he considerado que Iniesta era una versión mejorada del egarense y que por tanto no hacía falta tener dos cromos repetidos. Pero como decía, mi boca se ha ido cerrando a medida que avanzaba este mes de junio.

Xavi ha sacado su escuadra y su cartabón, su compás y su lapicero, se ha apretado los machos para defender como el que más y se ha visto ayudado por un jugador más –dos en ocasiones- que en Can Barça en su parcela del campo. Con todos estos ingredientes se ha empezado a erigir como la brújula de la Roja. A medida que ha avanzado el torneo, el barcelonista ha ido creciendo –y con él el equipo-. Y poco a poco todos hemos emulado a Andrés Montes, que al más puro estilo de Humphrey Bogart le suplicaba en el pasado Mundial: “Tócala otra vez, Sam”. Y Xavi, reencarnando a aquel músico que tocaba ante el enemigo en Casablanca, ha tocado sin miedo las mejor de sus sinfonías, enamorando a un país y reconquistando todo un continente. El de Terrassa ha demostrado que los mediocampistas que no ven puerta con regularidad también tienen cabida en el fútbol actual –aunque tampoco sería este el año para hablar de su falta de gol, en el que ha sostenido al Barça en muchos momentos y en el que abrió el camino hacia la final contra los rusos-, sobretodo si tienen guantes de seda en vez de metatarsianos y empeines.

Ahora sólo me queda pedirle a Guardiola que considere la opción de cambiar el sistema del Barça pasando de tres a cuatro centrocampistas, o bien que lo blinde con dos perros de presa no exentos de buen fútbol. Pero entonces Iniesta sólo tendría cabida en uno de los dos flancos de ataque –jugando en la posición que antaño tuvo Ronaldinho y en la que este año ha rendido a gran nivel- o en el banquillo. Y Andrés no puede mirar los partidos desde la banda. Visto lo visto, lo más inteligente sería ganar gente en la media. Precedentes hay. Y son exitosos. España ha sido campeona de Europa. Pep es inteligente, seguro elegirá una buena opción. Lo que seguro no hará será renunciar a ese estilo, un estilo que Cruyff promovió desde el banquillo y del que Guardiola fue su extensión en el césped en los gloriosos años del Dream Team. No olvidemos que el ‘toca, toca y toca’ lo ha rescatado el Sabio del Camp Nou, que con la Masia siempre ha tenido una escuela en la que proliferaban este tipo de jugadores. Primero disfrutamos de Milla, Guardiola o De la Peña. Hoy lo hacemos con Cesc, Iniesta, o el propio Xavi. Y en el futuro, seguro lo haremos con Marc Crosas.
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Llegado a este punto me hago dos preguntas, de las cuales podré –y deberé- responder una: ¿Dónde están ahora los que criticaban a Luis? Pues no lo sé ¿Y a Xavi? ¡Presente! Quien quiera pedirles perdón para redimirse de su pecado que lo haga. Mientras tanto, España seguirá feliz. Será en parte gracias a ellos. Gracias viejo. Gracias Sam. Y perdona.

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lunes, 30 de junio de 2008

Resaca personal del 'pudimos'

Por Cristian Naranjo


Sevillistas, béticos, atléticos, merengues, culés, pericos, valencianistas, racinguistas, ovetenses, sportinguistas… Hoy todos somos del mismo equipo y compartimos triunfo por obra y gracia de la selección del “toquen, toquen” de Aragonés. Es francamente bonito. Es francamente sano. Era una necesidad casi imperiosa en un país acostumbrado a vivir en la fracturación política. En parte es una victoria contra los que promueven esa crispación. Gracias al fútbol todos hemos sido España. Desde A Coruña a Tenerife. Desde Bilbao a Barcelona. El triunfo ha abierto una caja de sentimientos que buscaban motivo para ser expresados. Yo soy de Barcelona, de un barrio de tradición independentista. Sin ir más lejos, mi madre está más próxima a serlo que a lo contrario. Mi hermana ídem. Incluso yo, que ante todo me siento barcelonés, tengo inquietudes en ese sentido. No obstante, en mi barrio y en los contiguos se instalaron pantallas para seguir la final. Como debe ser. Sucede que hay un Estado que por el momento aúna a todas las comunidades. Es España, y todos formamos parte, pese a quién pese.

Por eso es mágico un día como hoy, porque hace saltar las caretas de muchos y las destroza, dejando una gran alegría al descubierto. Entiendo las tendencias políticas de cada uno siempre y cuando respeten las demás. Creo que ese es el camino a seguir. Nuestros políticos podrían tomar nota. Ciertos sectores de nuestra ciudadanía, también. Podrían tomar nota porque gracias a una selección de jóvenes traviesos todos hemos cantado victoria. Algunos lo habrán sentido más que otros. Obvio. Algunos lo habrán exteriorizado con entusiasmo y otros no. Lógico. Pero en cualquier caso es una gran noticia sentirnos unidos entorno a algo. Sea lo que sea. Estas líneas surgen como crítica hacia ciertas imágenes que tengo almacenadas: ¿Qué pretendía simular Laporta en el palco, más pendiente del móvil que del partido? ¿Acaso se cree omnipresente, capaz de estar en misa y repicando? En la vida, o se está o no se está. Nunca entenderé las medianías ni las paradojas de esa naturaleza. Laporta podría haberse quedado en casa como otros muchos, alegrándose de la victoria a escondidas. Al menos no habría metido la zanca públicamente.

En mi opinión la coherencia es un valor a tener en cuenta. Por eso critico a Laporta. Por eso critico a Montilla, cuya columna en La Vanguardia tampoco termino de entender: ¿Tiene sentido que el President de la Generalitat de Catalunya –socialista además de nacido y criado en Córdoba– justifique el por qué quería que ganara España? ¿Es de recibo que ponga por delante a los catalanes simplemente por el hecho de serlo? En fin…

Me ha gustado que el triunfo se haya celebrado a lo grande en una ciudad como Barcelona. No me ha gustado que algunos aprovecharan el contexto para dar rienda suelta a sus proclamas retrógradas e intolerantes. Nada que objetar al profundo sentimiento nacional mientras no atente contra las opciones alternativas. Ayer sentí vergüenza ajena cuando por culpa de cuatro analfabetos quemacontenedores los Mossos d’Esquadra tuvieron que evacuarnos a la fuerza de Plaza España. ¡Viva el fútbol valiente! ¡Viva la selección que ha apostado por ese modelo! ¡Y viva España! Con todas las autonomías que la articulan y todas sus gentes. Finalmente sí pudimos.


[*] A modo de homenaje, el 'himno' de La Roja:



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domingo, 29 de junio de 2008

¿Juego de niños en Viena?

Por Cristian Naranjo


Restan apenas 13 horas para la final cuando termino este texto. El minutero avanza ya inexorable. Es imposible conciliar el sueño ante una cita de tal magnitud. Cierto es que nosotros no jugamos, pero moralmente todos formamos parte del equipo que saltará al Ernst Happel esta noche. Los jóvenes de la generación de los 80 no nos hemos visto en una igual. Algunos no habíamos siquiera nacido; otros no tenían todavía uso de razón. El caso es que hasta ahora toda nuestra memoria conectaba con despedidas tan tempranas como amargas. Pudimos echar a Italia en el '94. Perdimos. A Inglaterra en el '96. Caímos. A Francia en el 2000. Palmamos. Debimos proclamarnos campeones en 2002 tras eliminar a Alemania en 'semis' y comernos a Brasil en la final. Teníamos a un Joaquín y a un Morientes estelares, pero un robo coreano y una tanda de penaltis donde Casillas no paró nos devolvieron a casa. De 2004 no se puede salvar nada. Iñaki Sáez no dio con la tecla, Torres fue una escopeta de fogueo y a Raúl Bravo le superaron más veces de las que le encararon. Fue un desastre España y una calamidad la Eurocopa, que coronó la especulación griega por encima del jogo de Portugal. En 2006 más de lo mismo, con el atenuante de que nos echaron los últimos compases de Zidane, así como “la menor condición física de base y tal…” –según Aragonés.

Y así llegamos hasta hoy, con la sensación de que esta Eurocopa le está devolviendo a España algo de lo que le ha ido quitando a lo largo de cuatro desérticas décadas, y al fútbol lo del catenaccio grecorromano de 2004-06. Una vez aquí hay que cerrar el círculo en nombre de Arconada, Maceda, Señor, Camacho, Gordillo, Santillana, Sarabia… En definitiva, hay que hacerlo para redimir a la tropa del '84. También para refrescar la emoción a los veteranos del '64; para honrar al resto de generaciones lacradas por infortunios e injusticias… Hay que rematar “el tema y tal” por Aragonés, sus hijos y su camada de nietos. Todos ellos se lo merecen en la misma medida que nosotros.

Noventa minutos para cerrar una brecha de 44 años. A un lado, la España de los pesos pluma. Al otro, la Alemania de los pesados. La baja de Villa puede quedar compensada por la de Ballack. Juegue quien juegue, el plan de ataque de ambas es de sobra conocido. La Mannschaft se decanta por el veneno de los alacranes: inesperado, fugaz y efectivo. La Roja, en cambio, procede a la hipnosis antes de deleitarse en aplicar una muerte parsimoniosa y dulce. La fiabilidad de otra histórica como última prueba para el tuya-mía de la selección. Más allá de los estilos, las finales son para valientes y descarados. El corazón nos dice que los 'pequeños' se han soltado las riendas definitivamente. De confirmarse nuestras sospechas, el Ernst Happel va a convertirse en el perfecto marco para un lienzo goyesco: Juego de niños.

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viernes, 27 de junio de 2008

Ingeniería alemana

Por Albert Valor

El 16 de junio de 1954, Alemania reaparecía en los grandes torneos. Era la Copa del Mundo de Suiza y los teutones aparecían en escena por vez primera tras la Segunda Guerra Mundial. Previamente, habían sido vetados en los JJOO del 48 y en el Mundial del 50. Nadie hablaba de ellos, es más, eran señalados como unos apestados, y precisamente fue ese rechazo lo que empezó a forjar su leyenda.

El día del debut, se enfrentaron al último rival que han tenido hasta ahora –es decir, Turquía-. Como el pasado miércoles, los otomanos tomaron la delantera en el marcador, pero de nada les sirvió, ya que los germanos acabaron ganando por 4-1. En la final, Alemania derrotó a uno de los mejores equipos que se hayan visto sobre un terreno de juego, la Hungría de Cañoncito Puskas y compañía. Pero como Alemania siempre tiene un plan, la historia de ese partido empezó a forjarse en la primera fase. En la segunda jornada de la liguilla, alemanes y magiares se enfrentaron por vez primera en un día muy caluroso. El seleccionador, Sepp Herberger alineó al capitán Fritz Wälter junto a otros 10 suplentes. Hungría aplastó a la Mannschaft: 8-3. [Walter era el mejor jugador alemán del momento –actualmente el estadio del FC Kaiserslautern lleva su nombre-, pero tras contraer la malaria se hizo muy vulnerable a los partidos disputados bajo el calor y la humedad]. Nadie lo sospechaba entonces, pero ese resultado puso la primera piedra para construir la gloria. La competición fue avanzando y ambos combinados alcanzaron la final. Aquel día, Berna amaneció lluviosa y fría. Hacía un día Fritz Walter. Evidentemente, los dos equipos mostraron sus onces de gala, y una vez más las húngaros eran favoritos. Más cuando a los 9’ el marcador era ya de 0-2. Pero entonces afloró el orgullo alemán. Tras sacar de centro, una jugada dirigida por Walter, la remachó Morlock a la red. Eso espoleó a los teutones, que antes de los 20 minutos ya habían empatado. El desconcierto se apoderó de los magiares, que quedaron intimidados por el ímpetu de su oponente. Tras la reanudación el área alemana era bombardeada una y otra vez, pero una fuerza desconocida impedía que los ataques fueran culminados. Entonces apareció Rahn, que tras un rechace de la defensa magiar recogió el balón en la frontal, buscó el hueco y ¡zas! Corría el minuto 84 y la tropa de Herberger solo tuvo que aguantar el resultado. Esa tarde nació la leyenda alemana. Ellos fueron los primeros exponentes de la fiabilidad que atesoran los germanos cuando la cosa va de fútbol. Aquel partido se recuerda desde entonces como El Milagro de Berna, un hito que fue el punto de inflexión para un país que gracias al fútbol se vino arriba y creyó en salir adelante y reconstruirse.

La siguiente hombrada alemana llegó en el Mundial que organizaron en 1974. Otra vez tras un camino con altibajos –llegaron a perder un partido contra sus vecinos comunistas de la RDA-, los alemanes se plantaron en la final. Y otra vez les esperaba el mejor equipo del momento, en este caso la Holanda de Cruyff. Y otra vez el rival se avanzó bien pronto. Al minuto de juego, Berti Vogts cometió penalti sobre El Flaco tras una jugada en la que ningún alemán tocó el balón. La pena máxima la transformó Neeskens. Beckenbauer, Breitner, Hoeness y compañía estaban hundidos y no sabían como hacer frente al Fútbol Total. Pero como Alemania siempre tiene un plan, decidió pagarle a Holanda con la misma moneda y sus jugadores empezaron a ocupar todas las zonas del campo sin importar su demarcación. Primero fue un penalti y luego una jugada culminada por uno de los mejores definidores de todos los tiempos, Torpedo Müller. Todo antes del descanso. En la segunda parte, la tropa teutona se dedicó a neutralizar a La Naranja Mecánica –el marcaje que Vogts le hizo a Cruyff está hoy en todos los manuales- y sólo hubo que esperar al pitido final.

El triunfo en Italia ‘90 es algo diferente. Contando con una de las escuadras favoritas al triunfo final –en sus filas estaban Voeller, Klinsmann, Matthaus, Kohler o Brehme - la Mannschaft se vengó de la Argentina de Maradona, que la había derrotado en la final de México ’86, en una de las peores finales que se recuerdan.

Visto lo visto, la leyenda que Alemania se ha forjado a través de la Copa del Mundo es para tener en cuenta. Pero en la Eurocopa la cosa cambia. Los tres títulos conseguidos han sido siempre ante rivales a priori inferiores. En 1972, víspera del Mundial ’74, destrozaron a la URSS por 3-0 –hasta ayer no se había visto nada parecido a esas alturas en un Europeo- guiados por un magnífico Gunter Netzer. En el 80, la terna formada por Rummenigge, Schuster y Hrubesch se impuso en la final de Roma a una de las mejores generaciones que ha dado el fútbol belga. Y en el 96, la víctima fue el equipo sorpresa del torneo, la República Checa. Sin contar con un equipazo, la Mannschaft se impuso por oficio y por acierto en los compases decisivos.

Pero si analizamos las dos derrotas que han sufrido los alemanes en el partido final de una Eurocopa llega el lugar para la esperanza. En el 76, cayeron ante Checoslovaquia tras el famoso penalti de Panenka y después de comprobar que en el fútbol del este había nacido otro muro: el meta Ivo Viktor. En la Euro ’92, disputada en Suecia, los tricampeones mundiales sucumbieron ante uno de los campeones más inesperados de la historia. Dinamarca no se había clasificado, pero Yugoslavia tuvo que renunciar a participar tras la guerra. La plaza fue para los nórdicos, que con una columna vertebral formada por Schmeichel, Olsen, Jensen y el hermanísimo Brian Laudrup, se plantaron en la final, donde borraron del campo a los alemanes para acabar ganando 2-0.

Ambas fueron ocasiones en las que Alemania, pese a no enfrentarse al mejor combinado del momento, sí tenía enfrente al equipo que había desarrollado una propuesta más atrevida. Y a diferencia de la Copa del Mundo, cuando se ha encontrado con la generación dorada de un país poco acostumbrado a la victoria en la competición continental, Alemania sí ha mordido el polvo.

‘No importa que sea un vehículo, una lavadora o un equipo de fútbol. Un producto alemán siempre es fiable’. Algo así dijo Alfredo Relaño el pasado día 8, cuando Ballack y compañía saltaban al césped para debutar contra Polonia en este Europeo. Quizá su derrota ante Croacia en la segunda jornada hizo creer a muchos que no bastaba sólo con ser fiables. Pero Alemania ha vuelto. De hecho está a la vuelta de la esquina. Y como decíamos, siempre tiene un plan. Su primer mazazo fue despertar a Portugal del sueño de redimirse de la decepción que supuso perder ante Grecia el primer y el último partido de su Eurocopa. Löw vio que la formación utilizada en la primera fase, con dos delanteros y cuatro centrocampistas, mermaba las cualidades de Ballack, que jugaba demasiado retrasado. Por eso decidió cambiar ante los lusos. Rolfes y Hitzlspelger –a la espera de recuperar al mejor Frings- cubrían las espaldas del crack del Chelsea en la medular mientras éste, escoltado en la izquierda por Podolski y en la derecha por Schweinsteiger, hacía, deshacía y dirigía a su antojo en la mediapunta. Por delante de él, Klose hizo de cazagoles. En la semifinal ante Turquía repitieron. Pero el juego de violines desarrollado por la Roja está haciendo meditar al guaperas Löw, que está barajando la opción de volver a colocar dos puntas para aprovechar mejor las ocasiones que puedan concederles los pupilos del Abuelo. Sea como fuere, seguro que tendrán un plan.

Pero hablemos de los puntos débiles de la Mannschaft. Si de ¾ en adelante cuentan con jugadores resolutivos, tras la medular se esconden las carencias de este equipo. Mertesacker y Metzelder se asemejan más a la competencia de Nowitzki y Jagla –ambos sobrepasan el 1’90- que a una pareja de centrales convencional. Por ende, son eficientes en el juego aéreo, pero si España echa el balón al césped lo pasarán mal. Los laterales dan una de cal y otra de arena, sobretodo Lahm. Si el menudo carrilero del Bayern es un delantero más en las jugadas de ataque –ya lo demostró con su decisivo gol ante Turquía-, sufrirá para defenderse de las internadas y/o combinaciones de Ramos e Iniesta. Friedrich, por contra, pese a no ser tan ofensivo, es mucho más defensa, aunque tampoco es un portento físico. Qué decir de Jens Lehmann. Con unas manos de mantequilla, unos reflejos más bien escasos y una agilidad poco privilegiada es, junto a Rüstü, uno de los peores arqueros que hemos visto durante estas tres semanas. Nadie se explica como puede ser aún el portero de la selección –quizá la respuesta esté en que su sustituto es el ex azulgrana Enke-, y muchos creen que algún día, un error suyo –no porque no los haya cometido ya- le costará un buen disgusto al equipo.
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En todo caso, el partido está ya listo para servirse. A los alemanes, que ganan una de cada tres Eurocopas, les toca ya por estadística, pero a los nuestros -24 años sin final, 44 sin título- la historia les debe una –y unas cuantas más les debe el fútbol-. Y aunque Alemania haya rebuscado en los anales de su historia para recordarnos en estos últimos partidos la esencia de la frase que un día pronunció Gary Lineker, España se está reivindicando como el mejor equipo del torneo, por los menos como el más diferente al resto. Seguro que Alemania llevará su estilo –ese que le ha dado tanta gloria- hasta las últimas consecuencias. España, como ha hecho hasta hoy, no podrá ser menos. Todo campeón surge de la creencia en un estilo. El domingo, el único imperativo debe ser el choque de filosofías, de estilos, de ingenierías. A partir de ahí, que gane el mejor.

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La España de los 'bajitos' se doctora con matrícula ante Rusia

Por Cristian Naranjo


Sigue la fiesta española en Viena y en la península. Continúa el jolgorio merced a la exhibición de los 'pequeños'. Rusia sobrevivió un tiempo entero. Demasiado según lo visto tras el descanso. Gozó de vida mientras la selección se lo permitió. No hay que olvidar los méritos de la tropa bolchevique de Hiddink. Se plantaron en 'semis' destrozando a la gran Holanda de Van Basten con un juego que impresionó. Situaron su fútbol en el mapa comandados por Arshavin, del cual no hubo noticias esta vez. Pavlyuchenko fue el único capaz de inquietar a Casillas, en una mera demostración de su papel de boya en el mar. El delantero ruso es un jugadorazo, un tanque del Este dotado de la mejor tecnología, pero solo y desasistido quedó reducido a poco más que nada. Si además Puyol y Marchena siguen obstinados en ser la pareja perfecta tenemos dibujado el naufragio ruso.

Cuando un equipo tiene alma, calidad, coraje, cuajo y fe es que está diseñado para el éxito. El sexto factor es la suerte, pero suele derivar de los demás. España completó ayer un ejercicio de precisa humillación. En la primera parte, como si de un gran púgil se tratara, midió sus fuerzas y las del oponente. Vaciló masticando en exceso el juego, huérfana de último pase. Le dio a Rusia motivos para seguir soñando con la machada. En el segundo acto, simplemente arrasó cualquier duda sobre el partido. La Roja fue un vendaval de fútbol.

Y todo coincidió con la entrada en escena del más liviano de la tropa. Iniesta sacó el compás y solucionó la cita. Apareció por la izquierda –flanco en el que se muestra más dañino–, le hizo el ovillo con naturalidad a Anyukov y sirvió un balón con lazo para la entrada de Xavi, que remató ante el orgullo de un país y la admiración de un continente. España se ha doctorado a lo grande. Iniesta, Xavi, Cesc y Silva: ligeros, inteligentes, generosos, descarados y sobre todo talentosos, extremadamente talentosos. Ellos son el ADN de la selección. Entre los cuatro fabricaron una goleada de bellísima factura en las semifinales de una Eurocopa. Casi nada.

Tras el 0-1 la Roja se dedicó a gustarse. Estaba sola en el campo, recreándose en su propia calidad. Poco importaban ya la lluvia, el cambio de Villa o el desacierto de Torres. Todo el partido giraba entorno a un solo equipo. En esas condiciones, Rusia se vio obligada a dimitir sin rechistar. Y con ella se despidió Arshavin, una merma para el espectáculo coral.

El 0-2 fue la obra maestra de dos diestras de seda. Cesc puso la bola con mimo al interior del área para el desmarque de Güiza, que la acarició antes de guardarla en el cajón. El arquero demostró que sus flechas también riman en la poesía de la selección.

Y qué decir del 0-3. De nuevo Iniesta, esta vez trazando por arriba, y de nuevo Cesc, utilizando el cartabón al servicio del pase a Silva, que cerró la jugada con categoría: control con la derecha y definición con la izquierda. Un broche dorado –el color anoche de la selección– para un deslumbrante partido.

Es lógico que una victoria de tal calibre haya desatado la euforia. España va a disputar la tercera final de su historia. Hace 24 años que no se da la circunstancia y por ende hay que celebrarlo. Pero no demasiado. La selección sigue estando en deuda con su hinchada. Tiene los mejores jugadores y sobre todo el mejor equipo del torneo. En lo más alto espera la Legión Cóndor alemana. Ballack, Klose, Schweinsteiger y Podolski son los estandartes de un equipo avalado por su exitosa historia –3 Mundiales y 3 Eurocopas–. El equipo actual tiene los centímetros y el vigor de siempre, más las dosis justas de calidad. Como mandan los cánones, la final será el duelo en mayúsculas del torneo. Será un reto durísimo para España, más pedregoso incluso que el de Italia por la relevancia del choque y la variedad del arsenal alemán.

Holanda fue la primera en asombrar tras dejar secas a Italia y Francia. Cuando se antojaba como favorita recibió el severo correctivo de Rusia. Ahora los de Hiddink han caído sin oposición ante España, cediéndole así el testigo. La Roja tiene ahora la ocasión de romper la línea lógica derrotando a Alemania. La Mannschaft es al fútbol lo que el granito a la naturaleza. Es un grupo rocoso y cuenta con la experiencia que dan los triunfos. Esta vez, delante va a tener a una selección surgida de la necesidad de ganar, de esa escasez que agudiza el ingenio según el refranero. Aragonés ha repartido con criterio la escuadra, el cartabón, el compás y el medidor de ángulos entre los capacitados para delinear el juego. Geometría al servicio del fútbol. Esos pequeños genios saben bien que a Alemania es más fácil rodearla que rebasarla por arriba. Por eso pondrán el balón en el piso y se arrancarán a jugar. La fórmula conocida; la fórmula del éxito. Es cierto que no estará Villa para sellar la producción de los jugones. Visto lo visto, apuesto a que Löw no sabe quién le da más miedo, si Cesc o Güiza.

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jueves, 26 de junio de 2008

Siempre gana Alemania

Por Albert Valor

Se acabó el sueño turco. Tras creer hasta el último segundo, los pupilos de Fatih Terim doblaron la rodilla. Poco se le puede objetar a estos guerreros, que han dado la cara en todo momento y que han encadenado un milagro tras otro. Todos los entrenadores que quieran adquirir durante el verano algún jugador que garantice lucha, entrega y compromiso durante 90 minutos –o los que sean necesarios- ya sabe que en la selección turca tiene un buen abanico para elegir. Junto a ese derroche de corazón, habría que destacar a algunos jugadores como Sabri Sarioglu, un pequeño y escurridizo hombre de banda que ha jugado donde le ha exigido el guión, Hamit Altintop, que ha refrendado que aúna clase, temple y polivalencia, Mehmet Aurelio –que junto a Senna ha demostrado que si Brasil no cuenta hoy en día con un mediocentro de garantías es porque no quiere-, Ugur Boral, un desconocido e irregular extremo que ha mostrado su mejor versión en este europeo, Semith Senturk, que ha ejercido de ‘9’ tal y como le exigía su dorsal, Kazim Kazim, el interior que vino de Londres, o Arda Turan, que pese a no estar disponible hoy –al igual que Nihat o Tuncay- ha aprovechado este torneo para darse a conocer.

Si había un equipo que pudiera hacer frente a la imprevisibilidad turca ese era Alemania. Y así fue. El duelo empezó con los germanos demasiado relajados, como si creyesen que el partido se iba a ganar sin dejarse la piel sólo por el simple hecho de que alguien diga que en este deporte siempre ganan ellos o porque los otomanos estuvieron jugando diezmados por sus numerosas bajas. Y claro, los turcos, además de fe, tienen orgullo y decidieron que si se quedaban sin final no sería por no haberlo intentado. Primero avisó Kazim Kazim con un trallazo al larguero, y acto seguido una jugada de carambola acababa con un empalme de Ugur Boral que se le escurría al siempre inseguro Lehman. Por primera vez en esta Eurocopa la selección de los milagros se veía por delante en el marcador. Y evidentemente, como eso no es lo suyo, tras acribillar a la Mannschaft durante unos minutos más, concedieron el empate en la primera jugada de peligro creada por sus rivales. Bastian marcó a pase de Podolski. La primera parte acabó en tablas, sin ofrecer mucho más que una contra marrada por el ‘polaco’.

El segundo acto empezó como acabó el primero, con sopor, y así fue casi todo él. Cuando el telespectador ya pensaba en disfrutar de uno de estos últimos instantes de Eurocopa con treinta minutos más de propina llegó el epílogo. En los últimos 11 minutos se vendió todo el pescado –no podía ser de otra manera con Turquía sobre el green-. Minuto 79; centro siniestro desde la izquierda de Lahm, parecía que Rüstü iba a llegar, pero para no manchar su reputación cantó, y Klose, ave de rapiña donde los haya, aprovechó el regalo. 2-1. La tropa de Terim tenía 11 minutos para jugar al milagro, que es lo que le gusta. Y para no variar con su táctica, siguió creyendo. ¿Qué es un gol de desventaja con 11 minutos por delante? Para ellos bien poco. Y evidentemente empató, a los 86’, cuando el partido agonizaba. Centro raso de Sabri desde la derecha al palo corto y Senturk, avanzándose a su marcador bate a Lehmann por debajo de las piernas. Probablemente medio mundo estuviera frente al televisor con la certeza de que lo que acababa de pasar ya lo esperaba. Pero tres minutos después Alemania, fiable donde los haya, verdugo entre verdugos, asesina a sangre fría, dio de beber a los turcos de su propio elixir. Quedaba un minuto más los tres del alargue. Evidentemente Turquía seguía creyendo. El problema para ellos fue que Alemania ya tenía demasiado claro lo que podía pasar si concedía un solo milímetro. De hecho, Turquía tuvo última opción en una falta que botó Tumer Metin. El jugador del Larissa griego mandó el balón a la grada y con él, toda la proeza al limbo. Tras el saque de puerta Busacca pitó el final.

Turquía puede estar orgullosa de lo que ha hecho. Sin contar entre los favoritos al título, ha demostrado que con fe, testosterona y, evidentemente, algo de fútbol, se puede optar a todo. Terim –el indiscutible parecido razonable de Robert de Niro-, ha comandado un grupo sobradamente preparado para competir aun cuando la guillotina les rozaba el pescuezo. Es para estar orgullosos. Si siguen creyendo así, el futuro estará lleno de dulces. Para nada deben estar tristes. Ya se sabe, en el fútbol, siempre gana Alemania ¿o quizá no?

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lunes, 23 de junio de 2008

¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!

Por Albert Valor

22 de junio. El día en que Diego metió El Gol a los ingleses. Hasta ayer, día fatídico para la selección. Desde anoche, el día en que se superaron todos los malos farios. El de los cuartos. También el de los penaltis. Y hasta el de que Italia siempre se salga con la suya.

España está en semifinales. Allí se encontrará con un viejo, conocido y reconstruido rival. Tras la caída del muro de Berlín, la URSS se desmembró. Aquella selección, siempre competitiva, también sufrió las consecuencias en lo deportivo. La competitividad soviética se la tuvieron que repartir entre Rusia, Ucrania, Letonia y un largo etcétera de selecciones. Todas ellas han sido durante un largo tiempo equipos menores. Si acaso el combinado liderado por Shevchenko, que llegó hasta los cuartos en Alemania 2006, sea la única excepción, la que confirma la regla.

Tras esas dos décadas de sequía, el fútbol del este se ha ido reinventando poco a poco a sí mismo. Podría decirse que el holandés Gus Hiddink, el hombre milagro de los banquillos –llevó a Corea del Sur a las semifinales de una Copa del Mundo y a Australia a los octavos- ha sido en gran artífice. Pero no, ni mucho menos. Tras ir dando tumbos con más pena que gloria por algunas fases finales –lo más destacado sería el 6-1 ante Camerún en USA ’94, con 5 goles de Oleg Salenko, uno de los récords de la Historia de los Mundiales- el fútbol ruso ha dado con una generación excelente de futbolistas que han empezado a despuntar en el momento justo para coincidir con los nuevos talentos. Es curioso el caso de Arshavin y Zyrianov, que con 27 y 30 años respectivamente, han explotado de modo un tanto tardío para unirse así a los Bilyaletdinov (23), Zhirvov (24), Sychev (23), Anyukov (25) o Akinfeev, el meta (22). Un tanto diferente es el caso de Pavlyuchenko, que con 26 años ya lleva varias temporadas destacando en el Spartak de Moscú. Y sí, sería injusto no reconocer la aportación del ex entrenador del Real Madrid con sus resolutivos sistemas tácticos y su receta para que no se cortara la mayonesa.

El partido ante Holanda -aquella que presumíamos como La Naranja Metálica- fue un recital ruso. Quizá era el partido perfecto para la resurrección de los zares. En el 88, se habían despedido de los grandes partidos precisamente ante la Holanda de Van Basten, en aquella final en el Olímpico de Munich. El fútbol de aquella Holanda era enorme. El de Rusia para meterse en la ‘semis’ de este Europeo -con Arshavin haciendo las veces de faro guía, mientras los suyos lanzaban misiles desde cualquier parte del campo a la par que combinaban para llegar al área hasta que llegó un momento en el que la Oranje sólo podía mirar- fue sublime. A estas horas, Hiddink será el villano predilecto de los Países Bajos.

Como decía, el jueves se enfrentan en las semifinales de la Eurocopa España y Rusia. “Jugamos contra los soviéticos”, dirá mi abuelo. Y es que el duelo despertará la nostalgia de los más mayores, aquellas épocas lejanas –sobretodo para los nuestros- en que ambas se enfrentaban en las grandes citas. Como la final del europeo del 64 en el Bernabéu. Ese día, una España anfitriona, llena de talento e ilusión, se medía a un combinado que contaba con Lev Yashin, el mejor portero del mundo por entonces –para muchos, con permiso de Zamora, el mejor de todos los tiempos; de hecho es el único arquero que tiene el Balón de Oro-. Desde entonces -con la final del 84 en el Parque de los Príncipes como paréntesis- España no está entre la flor y nata. Rusia, aunque hace menos, también tiene amnesia triunfal.

Seguro que el jueves, desde Villa hasta Akinfeev, de Arshavin a Casillas, pasando por Xavi o Zyrianov, habrá momentos en los que se evocará a aquella vieja rivalidad. Marcelino se acordará de su gol. Y Pereda de su centro. Y Yashin, desde algún lugar, sonreirá. Y muchos pensarán: “¡Cuánto tiempo sin vernos por aquí!”. Y el fútbol, como antaño, supurará por todos los poros.

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La noche en que 'la Roja' sometió a Italia

Por Cristian Naranjo

Ante la insistencia de su nieto, el abuelo pasó a relatarle una vez más su cuento favorito. Siempre le explicaba la misma historia, la de aquella selección que eliminó a Italia en los penaltis. El viejo detallaba el contexto ante la expectación del niño. Hacía 24 años que no sucedía algo parecido. Eran vísperas de San Juan y la victoria se celebró con el debido estruendo: cláxones, gritos y pirotecnia. La alegría inundó los hogares y las calles en una noche histórica para la hinchada española. El abuelo hablaba de un partido agónico, resuelto por las paradas de un tal Casillas. El nieto, cada vez más emocionado, atendía con los ojos como platos. Además de al portero español, el viejo recordaba a Fàbregas por marcar el último penalti, y a Villa por ser la estrella de aquella Eurocopa. Por parte italiana, el abuelo tenía palabras para sus dos torres: “Su delantero era un gigante vestido de corto y su portero más largo que un domingo sin dinero”. El nieto disfrutaba al mismo tiempo que sin darse cuenta cimentaba sus pasiones y sueños futuros.

En la mente de todos quedó fijada la emoción de los penaltis y la victoria. Ocurre que la memoria es selectivamente traicionera, y sólo permite almacenar pasajes concretos. Lo mejor de aquella noche se perdió por el camino de la historia. El viejo no lo recuerda con nitidez, pero España jugó al billar a costa de la cuatro veces campeona mundial. Echó el balón al tapete, lo multiplicó y se puso a bailar al son de una panda de enanos traviesos. Por desgracia el abuelo olvidó cómo los bajitos se asociaron mil veces para alcanzar la portería rival y cómo un hispano-brasileño se bastó para barrer el mediocampo. Lamentablemente los años hicieron que sólo quedaran los datos, pero aquella noche la selección aunó la belleza con los valores del juego. Puyol, Marchena y Ramos se partieron la cara por cerrar la trinchera; Xavi, Silva, Iniesta y Cesc se conjuraron entorno al balón sustentados siempre por las espaldas de Senna, que dio un recital de percusión y armónica –13 recuperaciones por sólo 3 pérdidas; arriba, contenidos por el oficio de los centrales italianos, Torres y Villa se desfondaron en cada ataque; en la otra orilla, Casillas fue Casillas, el de los milagros cotidianos. Fue una noche de fe, valentía, coraje y orgullo por un patrón de juego. Se anunciaba un duelo a tumba abierta y lo fue. Se escenificó un igualadísimo choque de culturas, donde acabó triunfando a la ruleta rusa quien lo mereció por voluntad y vuelo.

Como siempre tuvo Italia el partido donde lo quiso en muchos instantes del partido: balón parado, balón volando, balón para Toni. La azzurra se mantuvo fiel a su perfil de arisco felino a pesar de contar con talento a grandes cucharadas. Cassano, Aquilani, De Rossi, Di Natale, Del Piero… todos supeditados al manual del catenaccio: balones por alto, contraataques, rebotes, últimos minutos y penaltis. Así se ganaron un nombre entre los todopoderosos y así cayeron aquella noche, ejecutados por su propia mezquindad. En contraste, España hizo algo más que cruzar la alambrada de cuartos. Triunfó en nombre del fútbol, aunque el abuelo no lo recuerde.

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