sábado, 14 de junio de 2008

'La Naranja Metálica'

Por Albert Valor

La Holanda de los 70, la que dirigía Johan Cruyff en el campo y Rinus Michels desde la banda, maravilló al mundo durante los mundiales de Alemania ‘74 y Argentina ‘78. Su problema fue que ese idilio que mantenía con el espectáculo transcurría paralelo a su divorcio con los grandes trofeos. Johnny Rep, Johan Neeskens, Robert Rensenbrink, Ruud Krol, el Flaco y compañía mostraron el fútbol total al gran público. Había nacido La Naranja Mecánica.

Una década después, en 1988, una nueva versión de fútbol en estado puro conquistaba la Eurocopa de naciones en Alemania. Aquella escuadra, cuya columna vertebral formaban Koeman, Rijkaard, Gullit y Van Basten, por fin consiguió llevar un título a las vitrinas de la KNVB. En la final frente a la URSS, el Cisne de Utrecht sentenció el partido conectando sin ángulo un remate que al salir de su bota se convirtió en un misil directo a la red que defendía Dasaev; quizá sea el mejor empalme de todos los tiempos por fuerza, colocación, elegancia y magia ―qué bonito hubiera sido no tener sólo 2 años para poder contar que lo vi en directo. Ese torneo y sus posteriores temporadas en el Milan de Arrigo Sacchi coronaron a un jugador que, de no ser por una lesión que le hizo colgar las botas con tan sólo 29 años, hoy sería considerado el 5º grande sin ningún tipo de dudas.

Quizá desde el día en que dijo adiós a los terrenos de juego, Marco Van Basten tiene una espina clavada. Una espina que quizá se quiera quitar en la etapa que ahora vive en su vida profesional, la de entrenador. De Holanda para ser más exactos. Es evidente que el genio que Marco llevaba dentro guarda regalos que su elegante figura ya nunca podrá mostrar sobre el tapete, y a nadie más que a él le dolerá. Pero el sistema de juego que ha ideado para la Oranje en esta Eurocopa de Austria y Suiza ―un modo de juego que ha llegado a ser criticado por ese experimentado entrenador de equipos en la sombra que es Cruyff― quizá le permita redimirse.

Van Basten ha diseñado un equipo rocoso, que no está constantemente enamorando a la grada como aquel equipo que él veía por televisión cuando era sólo un crío ni que alberga tanto talento como el del que él formaba parte, pero que sabe leer los partidos, resistir en momentos de poca inspiración y matar al rival con contragolpes mortales, a la par que reuniendo a un grupo de hombres que se encuentra en una plenitud física incuestionable. El Cisne ha creado La Naranja Metálica, un equipo que ciñéndose a los cánones del balompié actual se muestra férreo en la medular, infranqueable en área propia y resolutivo en la del rival, dando muestras de una pegada descomunal en los metros finales.

Entorno al círculo central ―y si empiezo por esta zona es porque a mi entender ahí se encuentra el centro de gravedad del equipo―, Orlando Engeelar y Nigel De Jong secan la brújula de los rivales ―Pirlo y Gatusso; Makélélé y Toulalan, ya lo han comprobado― mientras Wesley Sneijder guía la nave. Delante del irregular Van der Sar ―sublime en esta recta final de la temporada―, los desconocidos Mathijsen y Ooijer cierran a cal y canto la puerta del área, mientras el incombustible Gio Van Bronckhorst ―quién te ha visto y quién te ve― y el infravalorado ―tanto en el Pizjuán como en Stamford Bridge― Khalid Boulahrouz vigilan las bandas e intentan crear peligro cuando el exhausto extremo de turno lo permite.

La fiabilidad de todos estos jugadores y la capacidad para armar contras de muchos de ellos, hace que con tres atacantes, véase Van der Vaart, Van Nistelrooy y Kuyt, la selección holandesa se haya bastado para destrozar sistemas defensivos durante los dos primeros partidos de esta Euro’08. Y menudos sistemas. Nada más y nada menos que los del campeón y del subcampeón del mundo. Fieras del área, auténticas pesadillas para los atacantes como Materazzi, Panucci, Gallas o Evra, soñarán estos días con el juego de escuadra y cartabón desplegado por la Oranje.

Bien es verdad que en el primer partido, la suerte giró la cara a los transalpinos, que cuando más luchaban por recortar la distancia se encontraron con un tercer tanto que los condenaba definitivamente y que en el segundo, la Francia de Domenech ―ese señor que ha intentado juntar a viejas glorias con savia nueva pero se ha quedado e medias, consiguiendo un resultado parecido al que se obtendría al intentar mezclar el agua con el aceite― se ha visto con el marcador en contra en los primeros compases del partido. Pero un envite dura 90 minutos, y en cada uno de esos 2 actos, Holanda ha infligido crueles derrotas a azzurris y blues. Claro está que el componente de la suerte también ha estado de su lado. Pero la suerte hay que buscarla, dicen.

Holanda ya está en cuartos y además como primera de grupo. A partir de aquí empezarán los partidos a vida o muerte. Y ahí será donde los pupilos de Marco demostrarán si la metalización que han mostrado en esta primera fase seguirá dando sus frutos. De momento parece que este va a ser su año, o al menos eso se cree a estas horas en los Países Bajos. El problema es que los croatas, tras proclamarse como la bestia negra oficial de Germania, también creen lo mismo. Y aquí, esperanzados con que por fin será el año de la Roja, también. No mintamos, todos lo hemos pensado ya, aunque sea sólo una vez: ‘¿Y si este es el año?’

El caso es que en el mercado de la Eurocopa hay mucha demanda y la oferta de la gloria sólo será para uno. Veremos qué pasa al final. El desenlace, el día 29 en el Präter de Viena. A eso de las 11.

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1 comentario:

José María dijo...

Muy bueno, Valor!
Me encanta poder disfrutar cada día (más o menos) de un nuevo artículo.
Saludos!