Por Albert Valor
Hace ya dos años que Ever Banega arribó a España. Cumpliendo esa regla cada vez más universal, el chaval cruzó el charco sin haber salido aún del cascarón. Allá en la Argentina, apenas se había asentado en la posición que Fernando Gago había dejado vacante tras su marcha al Real Madrid. Fue entonces cuando su club, Boca Juniors, recibió una oferta irrechazable de 18 millones de € por parte del Valencia.
Banega formó parte de la revolución que Koeman pretendía implantar a orillas del Turia. Debía cubrir un hueco muy sensible en el centro del campo, más aun cuando su antecesor era el apartado David Albelda. Todo eso con sólo 19 añitos. Por aquel entonces ya se atisbó su talento. Pero es evidente que formar parte del envoltorio perpetrado por el holandés en Paterna resultó una inevitable condena para el chaval. Al cabo de medio año, en verano, fue cedido al Atlético de Madrid mientras Unai Emery se decidía a reconstruir el navío del murciélago. En la capital, fue víctima de la cobardía de los esquemas esbozados por Javier Aguirre. Cuando el mexicano fue destituido, Abel Resino recogió el testigo con la obligación de meter al equipo en Champions y sin posibilidad de hacer experimentos. Y otra vez Banega vio truncada su progresión. Su periodo de cesión terminó y voló de Barajas a Manises. Encaraba la nueva temporada tal y como había finalizado las anteriores: con pocas expectativas y con muchas dudas acerca de su porvenir. No contaba para Emery, e incluso una oferta del Stuttgart de 3,5 millones estuvo a punto de llevarle a compartir vestuario con Hleb y Pogrebniak.
Empezó los entrenamientos en julio en la cola de candidatos para ocupar la medular, por detrás de Albelda, Baraja, Fernandes e incluso del canterano Míchel. Pero algo cambió de pronto. Las lesiones de algún compañero, siempre desgraciadas, forjaron un hilo de esperanza para Ever, que con sus destacadas actuaciones y su cambio de actitud se ganó la oportunidad del mister. La relación del joven con la noche y sus continuos deslices es algo que ni siquiera él ha escondido. Pero las ganas de madurar y de triunfar en la Liga española le han llevado a cambiar los hábitos. Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Esa es la máxima que ha debido aplicar el argentino a sus quehaceres diarios.
Evercito aún sigue fuera de la plenitud física y en ocasiones no aguanta los 90 minutos de partido. Pero Roma no se hizo en un día. Por lo menos ya ha dejado de lado los fogonazos de clase y se ha apuntado a deleitar al personal de un modo continuado. Empezó la pretemporada ofreciendo detalles, pinceladas de que su resurgir podía estar al caer. Hoy es una de las sensaciones del curso y una de las claves de un Valencia que asoma de nuevo a las plazas del podio liguero. Tras años en los que el mediocampo de Mestalla destacaba por físico y disciplina, el argentino le ha puesto pajarita a la zona ancha. Además, ha sido el mejor de su equipo en muchos de los partidos de la primera vuelta. De hecho es él quien fabrica la miel en el panal de abejas ché. Y si bien es verdad que en algunos envites esas mismas abejas y su propia extenuación lo han dejado en un segundo plano, lo más importante ya lo ha conseguido. Se ha reinventado a sí mismo. Es más, ya es una realidad que tras una década encomendándose a Albelda y Baraja, la medular de Mestalla ha encontrado alternativa.
Mucho se habla en los foros futboleros de la necesidad de copar el mediocampo de contundencia. Pero más allá de algunas excepciones como Guti, Xavi, De la Peña o Iniesta, lo que se constata con el paso de los tiempos es que todos los equipos deberían poner en su vida a un jugador como Ever. Por supuesto que está muy bien eso de la presencia física. Todo el mundo tiene en su equipo a un Gattusso, a un Essien o a un Eguren. ¿Pero cuantos tienen a uno como Banega? Hay plantillas que no tienen ninguno. Otras, como la del Barça, tienen dos. Y esos son los futbolistas que quiere un espectador en la sala de máquinas. Los que añaden quilates al espectáculo y que mancomunan todas esas características tan impagables en una sola silueta: ante todo, buen manejo de balón, y por ende, verticalidad para hacer avanzar la transición ofensiva, prestaciones tanto para llevar la batuta cuando el equipo lleva la iniciativa como para dirigir un contragolpe, buenos tributos a la hora de abrir el juego hacia las bandas, precisión de bisturí tanto en largo como en corto, ese extra del último pase… y ahora, parece que también llegada desde atrás y gol. El que regaló ante el Villarreal es de esos que únicamente están al alcance de los empeines de mermelada. El de este sábado frente al Valladolid es más de potrero. Hallar el resquicio y zas. Es eso lo más curioso del juego de Ever. Ver como alterna detalles de academia con arrebatos callejeros.
Por el bien del fútbol, el chaval se está consolidando en el once titular. Del Valencia, claro. Quien sabe si también debería hacerlo en el de Argentina. Él, Perotti o la vuelta de Gaby Milito le pueden dar un aire nuevo a una formación que seguiría contando con Messi, Agüero, Diego Milito y Mascherano. No está mal, la verdad. Pero antes, habrá que preguntarle al Diego…
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